Por: Leonel Serrato Sánchez

Cuando la señora María Guadalupe Vargas Baños, en Pachuca, Hidalgo, cayó de rodillas ante el Secretario de Gobernación para pedirle con gritos de angustia que ordenara la búsqueda de su hija desaparecida, pudimos ver una imagen medieval, y que como era de esperarse se replicó, porque el precandidato Osorio se siente muy bien y ufano cuando observa signos de que la gente reconoce que tiene poder y que sabe usarlo.

No quiero imaginar cómo se comportará si alguna vez llega a ser Presidente de la República, faltará incienso en todo el orbe para honrarlo.

De suyo los secretarios de Gobernación, al ser encargados del gobierno interior del país, tienen facultades muy amplias, pero hay de secretarios a secretarios, algunos meramente decorativos y otros, como Osorio Chong, que tienen un colmillo tan grande y retorcido que si se agachan se hacen el harakiri.

El deterioro de la imagen pública del Presidente Enrique Peña Nieto ha dado espacio al crecimiento del hidalguense, y los yerros, novatadas y excesos de sus compañeros de gabinete le han colocado en la primera posición de los tapados del PRI, aunque con poco gusto de Los Pinos.

En las encuestas –si bien poco o nada confiables, sí sirven de termómetro– el Secretario Osorio es el priista mejor colocado, incluso a niveles de dar la pelea al puntero Andrés Manuel López Obrador.

Por esa razón, la de ser presidenciable con posibilidades reales, Miguel Ángel Osorio Chong parece pato de feria o tótem sagrado, le sirve de blanco a cualquiera que quiera disparar, y para los fines que sean, o se le arrodillan en espera de que los favores divinos fluyan hacia los pobres mortales.

El monumental fracaso de la llamada Reforma Educativa destruyó al secretario del ramo, pero eso no es grave, él ya era minúsculo y lerdo, por mucho que lo aprecie el Presidente Peña; y el que debió plantar cara para intentar sosegar a la Coordinadora de Trabajadores de la Educación (CNTE) fue Osorio, aunque la responsabilidad del levantamiento magisterial no es de él, sino de una serie infortunada de decisiones tomadas de forma autoritaria y sin medir las repercusiones.

Lo ocurrido en Nochixtlán sí es responsabilidad de los funcionarios del Palacio de Cobián; las muertes pesan sobre los hombros de Osorio y sobre los de uno de sus colaboradores más cercanos, el Comisionado de la Policía Federal Enrique Galindo Ceballos, pero no por una orden asesina, sino por una falla garrafal en los servicios de inteligencia.

Los bloqueos de carreteras federales, de vías férreas, de aeropuertos y de instalaciones fronterizas también son responsabilidad del presidenciable, pero la decisión de no romper los bloqueos y evitar hechos trágicos como los de Oaxaca es una decisión correcta que tomó Chong por prudencia política y no por convicción democrática, pero a toro pasado.

En el staff de Osorio andan todos ocupados, como están en la precampaña, se les olvidó hacer bien su trabajo y pusieron en la picota a su jefe.

Las negociaciones con la CNTE lentamente están revirtiendo la fallida reforma laboral del magisterio, y aunque desde el Gobierno Federal insisten en que no se echará marcha atrás, es evidente que así lo pactará Gobernación; varias señales lo indican a las claras: el desbloqueo de las cuentas bancarias inmovilizadas a la coordinadora, la liberación de los líderes sindicales presos, con excepción de Rubén Núñez Ginés, para mantener cierto control, la tolerancia a las marchas, plantones y bloqueos que poco a poco también van distendiendo los maestros, y la suspensión de hecho de todas las evaluaciones al magisterio.

Si el Secretario Osorio tiene éxito, como parece que ocurrirá, será candidato del PRI a Presidente de la República en 2018, y si su red de dominio político incluye al magisterio oficialista y al disidente, será el sucesor del Presidente Peña.

Así que detener a Miguel Ángel Osorio Chong le interesa no sólo a sus compañeros de gabinete y de partido, también a los panistas Margarita Zavala y Ricardo Anaya, y muchísimo más al líder de Morena, Andrés Manuel López Obrador.

Por eso todos hacen que sus aliados se muevan y agiten, incluso cuando no hace falta más agitación, suficiente con los problemas reales habidos en todo el país.

En este momento parece que hay un concierto bien dirigido para hacer aparecer al titular de Gobernación como el culpable de todo, descontando que lo es de mucho, pero ya apuntamos que no por maldad, sino por descuido de sus obligaciones en la integración de un equipo de inteligencia solvente y dedicado, ajeno a las grillas y a los suspiros de encumbrarse con el jefe.

Por eso el Secretario Osorio luce ridículo, como tlatoani de caricatura, cuando se le arrodillan para clamar justicia, y su equipo no logra siquiera prevenir que las personas desesperadas se le arremolinen bañadas en llanto.

Las grandes tragedias por las que están pasando millones de mexicanos no tienen solución en las manos de una persona, ni aún siendo Secretario de Gobernación, y la desesperación de las millones de víctimas de la inseguridad desatada, usada con fines aviesos, es una felonía.

Debería cuidar mucho el exgobernador hidalguense los excesos y dislates en los que incurren sus corifeos, porque no le ayuda en sus aspiraciones el lucir como héroe o triunfador de una batalla cuando el único sobreviviente es él mismo.

Un camino más terso, rápido y elegante hacia Los Pinos es el que puede construir si cumple sus obligaciones legales sin aspavientos, con mesura, comedimiento y discreción.

La consolidación de Francia como una nación sólida, bajo un gobierno monárquico poderoso no ocurrió por el genio y fortaleza de Luis XIII, sino por la moderación y sosiego de Richelieu.

Debe Osorio Chong recordar que por esa oficina que hoy ocupa han pasado mexicanos cuyo buen nombre quedó demolido por el peso de las responsabilidades no enfrentadas, que no es sencillo ser ministro del interior de un Presidente ausente, débil y repudiado, y lo más importante quizás, que House of Cards es una novela.

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