Por: Erick Guerrero Rosas | @ericktvazteca  | Presidente de Consejo Editorial y Director General

Cuando Andrés Manuel López Obrador y sus colaboradores más cercanos aseguran que las élites son insensibles, que no comprenden las necesidades del hombre común, de la calle y que para entender muchas de las propuestas el Presidente que tanto desprecian o critican, bien les haría darse un “baño de pueblo”, tienen razón.

Esas élites, esos hombres y mujeres poderosos, adinerados, salvo honrosas excepciones, subestimaron la llegada de AMLO al poder. Dieron por hecho que eso no era posible. Aún hoy todavía no se explican cómo fue posible que alcanzara la votación más alta de la historia democrática del país. Esa incomprensión refleja el desconocimiento tan grande que tienen respecto a las necesidades de las masas.

Es verdad. Pero también es cierto lo contrario: a AMLO y a varios de sus colaboradores más cercanos también les hace falta “darse un baño de élite”, porque salvo honrosas excepciones (como la de Marcelo Ebrard, Secretario de Relaciones Exteriores, la del Dr. Urzúa, Secretario de Hacienda y algunos otros), la mayoría tienen un gran desconocimiento respecto a cómo funcionan los mercados. No entienden la lógica de la inversión y del mundo de los negocios. No tienen ni idea pues. Tampoco experiencia. No comprenden un mundo con el cuál ni siquiera han tenido muy poco roce.

Dicen que para muestra basta un botón: el pasado mes de julio asistí a un seminario sobre cómo mantener la gobernabilidad democrática ante un cambio de régimen. Un tema crucial para lo que está sucediendo en México, impartido en la Escuela de Graduados en Gerencia Política de la Universidad de Washington, en Washington DC, EU.

Di por hecho que llegarían al curso varios morenistas, pero sólo asistió uno. Cuando le pregunté la razón, me dijo que varios de sus compañeros estaban muy entusiasmados y que tenían planeado asistir un grupo de alrededor de 20 o 25 personas que ahora ya ocupan cargos importantes dentro del partido, el Congreso y la administración.

“¿Entonces?”, le dije intrigado…” ¿Qué pasó?…”Es que yo era el único que tenía visa y pasaporte”, fue lo que me contestó. El propio AMLO hasta antes de arrancar su campaña presidencial, viajó en una sola ocasión como turista a los EU con su anterior esposa. Y ese desconocimiento salió a flote tanto en el discurso de toma de protesta como Presidente de la República ante el Congreso, como en el pronunciado en la plancha del zócalo frente a Palacio Nacional el pasado 01 de diciembre.

Por el lado de las masas, AMLO levantó entusiasmo. Aumentó la esperanza de los ciudadanos. Se mostró como lo que es en la plaza pública: como un auténtico maestro en el manejo de las emociones de los votantes para conectarse con la multitud. Dardos certeros y bien dirigidos al corazón para explotar miedos; al estómago para explotar necesidades y al hígado para manejar odios y resentimientos.

El público escuchó todo lo que anhelaba escuchar: que se acabará con la corrupción, que se duplicarán las pensiones para adultos mayores, que se darán becas mensuales para jóvenes desempleados y para personas con capacidades diferentes; que aumentará el gasto en salud, que bajarán los sueldos a altos funcionarios y subirán los de mandos medios; que se acabarán los privilegios y que por el bien del país “primero los pobres”…en fin. No en balde al ahora Presidente inicia su gestión con una alta credibilidad y niveles de aprobación sin precedente en la etapa democrática del país.

Desde esta perspectiva, genial los discursos. Fue miel para el oído de los votantes. Como decía Georgias el sofista griego y uno de los grandes oradores en la historia de la humanidad: “La palabra es como un veneno, con la cual se puede hacer de todo: dominar y embelesar; hacer esclavos a los hombres”.

Pero desde el punto de vista de las élites, los inversionistas, los mercados financieros, esos discursos levantaron más temor e incertidumbre. Fueron incapaces de hacer bajar el dólar o las tasas de interés como esperaban ingenuamente los que no conocen el funcionamiento de los mercados. Los discursos tampoco funcionaron para mantener estables los niveles de riesgo para invertir en el país que aun cuando afortunadamente todavía se mantienen en niveles relativamente bajos, han repuntado en fecha reciente.

La preocupación es grande entre poderosos hombres de negocios.

La gran incógnita es saber cómo le van a hacer AMLO y su equipo para cumplir con las costosas promesas de campaña sin necesidad de subir los impuestos o contratar más deuda que eleven las tasas de interés y le den al traste al ahora raquítico crecimiento económico; sin necesidad de aumentar las pérdidas o déficit en el presupuesto que genere presiones inflacionarias y por lo tanto, mayor volatilidad, “rebotes” más pronunciados en el tipo de cambio, en la cotización peso-dólar. Para no poner en riesgo una estabilidad macroeconómica que tanto trabajo costó conseguir.

Por eso ahora toda la atención de los inversionistas está concentrada en el paquete económico 2019 que deberá presentar a más tardar AMLO el 15 de diciembre. Si el presupuesto viene “bien cuadrado” (y por “bien cuadrado” entiendo una cirugía mayor al gasto público, un recorte importante a gasto corriente, improductivo, que genere ahorros suficientes para financiar sanamente la expansión del gasto público y no tener que aumentar la deuda ni los impuestos ni tampoco generar inflación), entonces la presión sobre el tipo de cambio no será tan grande.

En este caso la volatilidad, las fluctuaciones, no serán alimentadas por factores de carácter interno. Pero si por el contrario, el Presupuesto 2019 viene “mal cuadrado” (y por “mal cuadrado” entiendo que los recortes al gasto corriente no sean suficientes para cubrir la expansión del gasto público), entonces aumentará el déficit, la deuda, la inflación, y en algún momento, más adelante, también los impuestos.

Los mercados podrían pasar la factura de un gasto desordenado. No exagero si le digo amigo lector que se sembrarían las semillas para generar una crisis económica a futuro de carácter interno. Y en este sentido no ayudan en nada propuestas absurdas que reflejan una profunda ignorancia por parte de algunos legisladores de MORENA y los partidos en coalición que lo apoyan como la de usar las reservas del Banco de México para financiar el aumento del gasto público, desaparecer las AFORES para regresar la administración de los fondos para el retiro del público en manos de políticos corruptos o resucitar el reparto agrario, entre otras.

A los inversionistas lo que les preocupa es el dinero, esa es su prioridad. No les entusiasman las arengas o discursos encendidos en la plaza pública. No son tan vulnerables a las promesas de un líder por popular que éste sea.
Ellos, sus asesores, sus afamados despachos de consultoría, analizan cifras, números, datos duros. Con una frialdad impresionante sacarán su dinero del país si se pierde o hay peligro de perder la estabilidad macroeconómica. Ya lo han dicho importantes calificadoras a nivel mundial como Moody´s o Standard & Poor´s: mantienen en observación con lupa las acciones del nuevo gobierno porque ante una posible descomposición de las finanzas públicas reaccionarían de inmediato, rebajando la calidad crediticia del país.

Eso es lo que en verdad les importa, no las promesas. Por eso, a mi parecer, amigo lector, para evitar que el Presupuesto 2019 de AMLO y el dólar se conviertan en la “tormenta perfecta”, el reto es triple:

Primero, “cuadrar bien el presupuesto”; segundo, actuar con cautela en el cumplimiento de las promesas de campaña, avanzando en la medida que lo permita el crecimiento económico, la recaudación de impuestos y por lo tanto, la disponibilidad de recursos.

Y tercero (el más importante para mí amigo lector), que el ala conocedora, profesional, experta, racional de MORENA y el equipo de AMLO, sean capaces de contener las pasiones y los ímpetus del ala radical, extrema de ese partido y su coalición para impedir que sus iniciativas se conviertan en ley. Ése es el reto.

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