Por: Juan Torres Velázquez| Escritor Mexicano con formación en la UNAM | @yotencatl

En mi caso lo bello no es un concepto que se restrinja a los valores maternos, sino a otra mirada capaz de percibir en lo terrible la belleza, esa que nos develan Goya, Lucien Freud, Francis Bacon, el propio Velázquez, que es también capaz de representar lo apolíneo y lo monstruoso en un equilibrio pictórico. Arturo Rivera

En el Claustro de Sor Juana (Izazaga 92, Centro Histórico) se exhibe hasta finales del mes de noviembre la muestra Autofagia, del pintor mexicano Arturo Rivera, integrada por cuatro esculturas y 45 pinturas al óleo, acrílico y grafito, algunas de ellas ya clásicas de su repertorio que ha sido llevadas a exposiciones individuales en Nueva York o París, y otras cuantas de reciente manufactura.

Visitar la obra de Arturo Rivera es exponerse ante un espejo despiadado que revela la crueldad de nuestro propio inconsciente; la combinación de un estilo realista de trazos académicos con sus temas recurrentes de corte psicológico, cuyo objetivo no es impresionar sino conmover, crean en el espectador una sensación permanente de desnudez propia ante la obra: esos desgarramientos corporales y expresiones de la muerte y la locura ya no son sino elementos del diálogo directo provocado entre los pensamientos del espectador y los propios personajes, quienes resurgen como alegorías del patetismo y la fatalidad de uno mismo, y esa carne abierta que trasciende el espacio de la obra (La Herida, 2009) rompe, hiere, sangra al lienzo y salpica al espectador.

Una de las características más sobresalientes de la obra de Rivera, y acaso materia para estudios más formales, el confrontamiento provocado a través de las miradas de sus personajes, que al observar de manera directa al público logran romper el espacio físico de la obra e involucrarlo en las escenas y lo que ahí sucede; entonces, al mirar esos personajes descarnados o fantásticos de expresiones extrañas y convulsas se producen en el espectador consternación y dolor propios, al estar indagando en sí mismo lo que hay de afín a esos personajes y su autor.

Rivera retrata la belleza del sufrimiento, el erotismo de la desesperación y está habitada por personajes atormentados, sangrantes y dolientes; seres que develan un encierro físico o de la conciencia, conciencias rozadas por la locura, la toxicología sensual, soledad y angustia; hombres vacilantes o sobrepasados por el dolor, mujeres intoxicadas de sangre, desnudez, dolor y locura, estos personajes mantienen encuentros causales con animales alegóricos, ya en el encierro o en paisajes fantásticos, influencia onírica de la oscuridad romántica y el surrealismo. Tal como han apuntado algunos autores con Arturo Rivera estamos ante un artista de grandes vuelos, quien gracias a su talento y conocimientos establece un diálogo temático y formal con grandes barrocos y tenebristas italianos y holandeses, ya sea por el orden en sus composiciones, el empleo de la luz para dar perspectiva y dramatismo a las obras o la temática mencionada.

Nacido en 1945, después de estudiar en la Academia de San Carlos Arturo Rivera se traslada a Europa y Nueva York a inicios de la década de los setenta hasta instalarse en Munich a invitación Mac Zimmerman, considerado como uno de los últimos surrealistas, para laborar como su asistente. Gran dibujante, su obra va adquiriendo con el paso de los años personalidad propia en sus óleos oscuros de mediano y gran formato hasta lograr un estilo enteramente propio de vastas posibilidades. Dice Andrés de Luna, a propósito de la obra de Rivera, que “nadie es tan fabuloso como aquel que se empeña en encarnar sus sueños, en ser deidad en medio de las sombras de su propia existencia”.

“El desnudo es, para mí, la dignificación de la belleza corporal. Cada uno de esos cuerpos que pinto soy yo, salen de mí mismo, son mi cuerpo, mi ser más profundo”

Lo mismo en un cráneo pintado al óleo y servido sobre un plato, cuyos tonos azules y rojizos le dan cierto animismo, en los autorretratos de miradas insidiosas y provocadoras que son al tiempo y ya sin reservas un claro espejo del espectador, en los pliegues de una anatomía de sensualidad enferma Rivera y su obra son groseros, descarnados, insolentes, directos y puros.

Iconoclasta, controvertido, apolítico, marihuano, seductor de mujeres, crítico de las instituciones y corrientes culturales, afamado por su acritud y leguaje directo que cierran el círculo de su personalidad artística, Arturo Rivera es reconocido en México y diversas partes del mundo como uno de los mejores pintores vivos de la actualidad y uno de los grandes artistas mexicanos del siglo XX, cuya obra trascenderá al tiempo y quedará como testigo de unos tiempos convulsos y una conciencia particular, oscura e iluminada, gracias a un estilo realista y original, en el sentido de ir a los orígenes de uno mismo y develar misterios propios.

Después de 20 años de la última vez que expuso en México, Autofagia no pudo ocupar un sitio más idóneo para su exhibición, La Celda Contemporánea del Claustro de Sor Juana, un espacio íntimo y oscuro que permite un contacto cercanísimo entre obra y espectador, ideal para la dialéctica más misteriosa pero que no dejará espacio al vacío interpretativo de cada espectador que decida asumir su propio compromiso ante la obra.

 

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