Por: Mauricio Farías Hodges| Poeta residente de Tijuana, Baja California

El poeta es un árbol de hojas secas,
pierde una a una al escribir un verso,
dejan de ser suyas al alejase
cuando el viento las toma de la mano.

El poeta vive con fantasmas,
en su doliente soledad lo invaden,
son como sombras que no lo sueltan,
lo persiguen y a veces llora, a veces ríe
junto a ellos, los hace sus amigos.

El poeta no sabe si en la pérdida
de esas letras que desangran su alma,
muere poco a poco, por eso no deja la pluma,
lo mantiene vivo, no sabe si imprime
en este paso la muerte o la vida.

El poeta se confunde con cualquiera,
camina simple, anda entre las tinieblas,
entre un mundo paralelo y entre lo cotidiano,
no alcanza a percibir lo que es y lo que no.

El poeta no sabe a qué viene,
si a vivir o a desafiarse a sí mismo,
no entiende nada, sólo anda como las nubes
que se forman y aparecen sólo por instantes.

El poeta es un alma en pena que extraña
la soledad que lo hiere tanto
porque no sabe cómo estar con él,
no se soporta a sí mismo, se cuestiona.

El poeta es un ser muy extraño
que carga sobre sus hombros el ver
de otra manera todo, lo siente, lo siente tanto,
que pareciera haber nacido de la tierra,
el poeta es como un árbol de hojas secas
que se niega una y otra vez a morir.

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