Todo comenzó la noche del 26 de septiembre de 2014, en Ayotzinapa, Guerrero. Elementos de la policía municipal de Iguala y de la estatal atacaron y dieron muerte a 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Éste hecho trágico, aunque no imputable al gobierno federal encabezado por Enrique Peña Nieto, es considerado políticamente el comienzo de un espiral fatídico contra el gobierno peñista.

En la memoria de la colectividad una triste palabra definirá el sexenio de Enrique Peña Nieto: corrupción. Sin embargo, en mi mente agregaría una más: soberbia. El sexenio de Enrique Peña Nieto quedará sellado para la historia como el de un gobierno que fue carcomido por la corrupción, pero que en la soberbia encontró su acabose.

El que pintaba para haber sido como el sexenio de un “Nuevo PRI”, renovado en ánimos, en cuadros y en ideas, terminó implosionando en un desastre. Cuando Enrique Peña comenzó su presidencia aquel 1 de diciembre de 2012, lo hacía con la legitimidad de una elección democrática, ganada con una clara ventaja. Su frescura y conexión con el electorado le hacían parecer una especie de Kennedy a la mexicana. Con una sonrisa resolvía todo.

Tomó la presidencia de la República con la firmeza de un estadista y logró construir los suficientes amarres políticos para sacar adelante El Pacto Por México. Durante dos décadas se había criticado que los políticos no se ponían de acuerdo en el Congreso para concretar las así llamadas “reformas estructurales”, los cambios legislativos que México necesitaba para lograr la apertura energética, la modernización educativa y la certidumbre laboral. Peña y los suyos lograron el acuerdo político para empezar con el pie derecho el sexenio y conseguir que éstas reformas transitaran. Un año y tres meses después, Peña Nieto estaba en la portada de la revista TIME, el titular hablaba por sí mismo “SALVANDO A MÉXICO”, decía.

Michael Crowely corresponsal en jefe de asuntos internacionales para la publicación estadounidense, autor del artículo, describía a Enrique Peña: “Ahora, las alarmas (por la situación en México) se han remplazado con aplausos. Tras un año en el gobierno, Peña Nieto ha aprobado el más ambicioso paquete de reformas sociales, políticas y económicas en la historia. Las fuerzas de la economía global, también, han virado en la dirección del país”.

 Y sí, Crowely tenía razón, Peña Nieto estaba viviendo por aquellos días su luna de miel. Recién había llegado de Davos donde los capitanes del mundo hablaban del “MEMO”, el “mexican moment”. Aunque la inseguridad continuaba en el país, la estrategia del nuevo gobierno priísta parecía estar funcionando. El hecho de dejar de presentar ante las cámaras las capturas de grandes capos y los decomisos, había orientado a la opinión pública hacia otros temas.

En medio de todo éste escenario,  Andrés Manuel López Obrador parecía un político en su ocaso. Fuera ya del PRD, su partido que lo había llevado a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México en el 2000, López Obrador luchaba por construir su propio partido, hecho que se consumaría en julio de 2014 cuando logró su registro ante el INE. Sin embargo, parecía descabellada la idea de que un nuevo partido tuviera alguna oportunidad en las elecciones subsecuentes.

El corte del sexenio para el 1 de septiembre de 2014 parecía todo positivo. Y entonces se comenzó a escribir la tragedia.

Todo comenzó la noche del 26 de septiembre y la madrugada del 27 de septiembre del 2014, en Ayotzinapa, Guerrero. Elementos de la policía municipal de Iguala y de la estatal atacaron y dieron muerte a 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa (ésta es la llamada verdad histórica, para los padres de los estudiantes éstos siguen “desaparecidos”).

Éste hecho trágico, aunque no imputable al gobierno federal encabezado por Enrique Peña Nieto, es considerado políticamente el comienzo de un espiral fatídico contra el gobierno peñista.

La sociedad enardecida conforme crecía la noticia de éste hecho, hizo responsable al Estado mexicano, encabezado por su Presidente, Enrique Peña Nieto.  No bastó que fueran detenidos los autores intelectuales y varios de los materiales. Para la gente: había sido el Estado.

Y en medio de éste caldo de cultivo infestado, dos meses después, la periodista Carmen Aristegui presentaba un reportaje periodístico publicado el 9 de noviembre de 2014, en el que se denunciaba la compra de una casa de siete millones de dólares por parte de Angélica Rivera, esposa del presidente a una empresa propiedad de Grupo HIGA, a su vez, proveedor de obra pública Estado de México entre los años 2005 y 2011, cuando Peña era gobernador de ése Estado y tenía en ése momento contratos con el gobierno federal.

El escándalo creció a tal grado que la Primera Dama tuvo que aparecer en un mensaje videograbado justificando la compra de ésta casa, al amparo de su patrimonio personal.

Pero el golpe estaba dado, el gobierno de Enrique Peña Nieto empezaba a sangrar por un escándalo que, si bien en el mejor de los casos podía no ser llamado de corrupción, sí lo era de conflicto de intereses.

Llegaba diciembre de 2014 el diario The Wall Street Journal publicaba un reportaje​ que vinculaba a Luis Videgaray, secretario de Hacienda y Crédito Público del gobierno de Peña Nieto, con la adquisición de otra casa propiedad de Juan Armando Hinojosa, dueño del Grupo Higa.

Así terminaba el año que comenzó con la portada de TIME y acabó con los escándalos de corrupción. Pero a esto hay que agregarle el ingrediente que fue letal: la soberbia.

Un año y tres meses después de tomar posesión (Marzo de 2014), Enrique Peña Nieto era admirado y se hablaba el MEMO, el Mexican Moment. Un año después (Abril 2015) su gobierno estaba sumido en escándalos de corrupción, el más importante: LA CASA BLANCA. Aquí los dos contrastes como los retrataron TIME y NEWSWEEK.

Contrario a lo que muchos hubieran hecho, el gobierno federal, en su conjunto y la clase política gobernante, en su conjunto, en lugar de ser sensibles al sentimiento social, se pertrecharon. Actuaron como si la verdad absoluta estuviera de su lado. Se comportaron con poco o nulo sentimiento solidario ante los escándalos. Y así, el espiral comenzó a crecer.

Las redes sociales se empezaron a llenar de memes que hacían burla de las tristes noticias de corrupción e impunidad. Los escándalos siguieron creciendo y durante todo el año 2015 la crisis iba de mal el peor para Enrique Peña y su partido, el PRI. Llegando al año 2016 debilitados, el golpe de las elecciones de junio de ése año fue un anticipo de lo que venía. El PRI perdía ante la alianza del PAN-PRD-MC algunas gubernaturas clave como Chihuahua, Veracruz y Quintana Roo. Pero además de ello, sus ex gobernadores al salir terminaban con escándalos de corrupción estratosféricos. César Duarte acusado de desviar recursos hacia un banco de su propiedad, Javier Duarte exhibido como un vil ampón del gobierno y así sucesivamente. La sociedad exigía ya no justicia, quería verlos sufrir.

Llegado el 2018 y los momentos de las definiciones para las candidaturas presidenciales, el PRI, naturalmente comandado desde Los Pinos, no pudo más que incrustar como candidato a un no priísta: José Antonio Meade. Mientras que el PAN era arrebatado por Ricardo Anaya, dividido con la salida de Margarita Zavala se iba fragmentando. Y la historia se escribió sola.

Andrés Manuel López Obrador centró su discurso sobre un solo eje: ACABAR CON LA CORRUPCIÓN. Ni siquiera tenía que citar los casos, ni mencionar a La Casa Blanca o La Estafa Maestra, la sociedad ya los conocía todos. El cáncer de México a los ojos de todos era uno: la corrupción y Andrés Manuel era quien garantizaba la oferta de ésa solución.

La noche del 1 de julio de 2018, 53% de los electores votaron por Andrés Manuel López Obrador para la presidencia de la República. Ni siquiera Vicente Fox en el año 2000 había logrado un resultado tan holgado (42%). El reto enorme ahora es cumplir la expectativa generada, atacar de fondo la corrupción, con un país que exige resultados y cambios de fondo, pues ya se vio que la factura por los errores, se cobra con intereses. Al tiempo.

Andrés Manuel López Obrador centró su discurso sobre un solo eje: ACABAR CON LA CORRUPCIÓN. Ni siquiera tenía que citar los casos, ni mencionar a La Casa Blanca o La Estafa Maestra, la sociedad ya los conocía todos. El cáncer de México a los ojos de todos era uno: la corrupción y Andrés Manuel era quien garantizaba la oferta de ésa solución.

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