Por: Erick Guerrero Rosas | Presidente de Consejo Editorial y Director General | @ericktvazteca

“La democracia llegó para quedarse”, era una de las frases favoritas de Vicente Fox que soltaba para engrandecer el triunfo que consiguió el 1 de julio del año 2000 que hizo perder al PRI la Presidencia de la República por primera vez en su historia y que puso fin a 71 años de régimen autoritario en México. Sin embargo, eso es una falacia. Una gran mentira.

Dar por válida la frase lo único que demuestra es ignorancia, porque si algo demuestra la historia política de la humanidad es que las democracias son frágiles, inestables. Que es muy difícil consolidarlas; que pueden caer en cualquier momento y resurgir regímenes autoritarios.

Si cree que exagero amigo lector, tome en cuente este dato: únicamente dos democracias, sólo dos han logrado sobrevivir por más de 150 años de manera ininterrumpida. Una fue la democracia de la antigua Grecia clásica y la otra la actual democracia de los Estados Unidos. Ninguna otra. En todos los demás casos han caído.

En la actualidad la principal amenaza para la democracia no proviene ya de las revoluciones armadas, ni de los gorilas militares con sus clásicos Golpes de Estado, ni tampoco el Comunismo que perdió millones de adeptos a nivel mundial y cayó en desprestigio tras la desaparición de la Unión Soviética… no… la principal amenaza ahora se llama demagogia.

“El populismo es una degeneración de la democracia que puede acabar con ella desde dentro”, advierte el escritor peruano Mario Vargas Llosa. Vamos, no en balde Joshep Goebbels, el Jefe de Propaganda del Partido Nazi, cuando ganó en las elecciones de 1930 limpiamente, a través de la votación un escaño en el Congreso que le permitió tener fuero y obtener un ingreso para sobrevivir a su difícil situación económica, advirtió: “La mayor broma de la democracia es que está siendo destruida por las armas que otorga a sus enemigos”.

El problema es que muchos no se dan cuenta del peligro ni advierten las señales de la muerte lenta de una democracia porque la demagogia es disfrazada hábilmente. Tan hábilmente que cuesta trabajo reconocerla.

Y una de esas amenazas ya se hizo presente en México, por primera vez, a finales del pasado mes de octubre: la Consulta Popular.

“¡Cómo que la Consulta Popular! ¡Nadie puede estar en contra de la participación ciudadana en los asuntos públicos! ¡Por favor, si ése es uno de los grandes pilares de la vida democrática!” Quizá me podrá reclamar airadamente alguien al leer esas líneas, pero permítame decirle que hay de consultas a consultas. Que las democracias no son perfectas; que debemos evitar los excesos porque toda democracia tiene sus límites.

Mire usted: cuando la Consulta Popular se realiza a través de canales institucionales, cuando está bien regulada para evitar los caprichos del gobernante en turno, puede ser de gran utilidad; convertirse en un ejercicio sano y además, muy conveniente para la democracia.

En este sentido puedo decirle que le tengo una buena y una mala noticia. La buena noticia es que la Consulta Popular en México está bien regulada.

El artículo 35 de la Constitución (fracción VIII) dispone que la Consulta debe ser convocada por el Congreso de la Unión y deben participar tanto la Suprema Corte de Justicia para revisar su constitucionalidad, ser organizada por el Instituto Nacional Electoral (INE) para garantizar que esté metodológicamente bien hecha, sea representativa y cumpla con todos los requisitos que marca la ley para evitar fraudes.

El Tribunal Electoral recibirá impugnaciones para evitar irregularidades. La Consulta Popular también está reglamentada por la Ley Federal de Consulta Popular que entró en vigor el 14 de marzo de 2014.

La mala noticia es que cuando una consulta se brinca la ley o no está bien reglamentada, cuando no hay equilibrio de poderes y puede ser realizada a capricho del gobernante en turno, se convierte en una vacilada, en un acto de demagogia que puede darle vuelo al autoritarismo y ser totalmente contraproducente.

El ejemplo más contundente que aporta la historia en este sentido quizá sea el de Poncio Pilatos. Dice María de las Heras en su libro “Uso y abuso de las Encuestas” que: “El personaje público que sufrió las consecuencias de dejar una relevante decisión en manos de la opinión pública fue Poncio Pilatos: tomó una muestra aleatoria -los que estaban aquella tarde en el patio de su casa- y les preguntó…
…a quién querían que soltara: a Jesús o a Barrabás. La opinión pública decidió. Poncio Pilatos lleva 20 siglos queriendo recuperar su buena imagen. Y no puede”. Sócrates, uno de los grandes filósofos en la historia de la humanidad, de manera similar, también fue condenado a morir bebiendo cicuta por la opinión pública.

En este sentido la Consulta Popular organizada por el Presidente Electo Andrés Manuel López Obrador que dio marcha atrás en la construcción del nuevo aeropuerto de la CDMX (el “Texcocazo” como lo bautizaron los medios de comunicación), fue un ejercicio de demagogia y autoritarismo por varias razones.

La más importante es que se trató de una consulta inconstitucional, al margen de la ley (“al diablo con sus instituciones”) cuando en campaña una de sus grandes promesas había sido respetar el Estado de Derecho y poner el ejemplo.

Fue una votación ridícula, no representativa, donde menos del 1% del padrón electoral, una minoría (alrededor de 750 mil personas), decidieron sobre una de las obras de infraestructura de carácter técnico más importante de las últimas décadas, que pasó por encima de la opinión de destacados especialistas en la materia como MITRE la máxima autoridad en la materia a nivel mundial, IATA, Colegio de Ingenieros, Colegio de Pilotos de Aviadores, el de Controladores de Tráfico Aéreo, ASPA, entre otros.

Nada imparcial, totalmente partidista porque el color de las boletas usadas en la consulta fueron las de su partido MORENA y porque los que financiaron la consulta, los que plantearon las preguntas, los que vigilaron, los estuvieron a cargo de las urnas y contaron los votos, fueron todos de MORENA. Fue algo así como una “Elección de Estado” de las que por tantos años se quejó Andrés Manuel López Obrador.

Y la pregunta que varios analistas nos hacemos: ¿y qué hubiera pasado si hubiera sido el PRI, PAN o PRD quienes hubieran hecho una Consulta tan fraudulenta y manipulada? ¿Si sus simpatizantes hubieran podido votar varias veces o llenado las boletas para llevarse las urnas a su casa en la noche y rellenarlas? ¿Cómo habría reaccionado Andrés Manuel López Obrador? ¿Hubiera cerrado Paseo de la Reforma? ¿Hubiera bloqueado pozos petroleros? ¿Imputando la votación? ¿Pedir recuento voto por voto? ¿Le hubiera pedido a la sección 22 salir a protestar con fuerza a las calles?

Algunos creerán que el Presidente Electo quizá actúa así por ignorancia. “Que le pasen un libro de texto porque de Economía no sabe nada”, me decía un profesor universitario. Pero no amigo lector, nada de eso. No nos confundamos. El mensaje a mi parecer, es muy claro: “Nadie tendrá más poder que yo; nadie estará por encima de mí; las consultas las decido yo porque el pueblo…soy yo”.

Apenas se lo advertimos en el artículo anterior de Círculo Rojo del mes de octubre (“Soltar al tigre: el enfrentamiento que viene”): “A un líder populista es extremadamente difícil (sino es que prácticamente imposible) domarlo, domesticarlo. Las élites no pueden cantar victoria.

Y si lo dudan, que le pregunten a los poderosos que en determinado momento también se confiaron, tuvieron que lidiar y a final de cuentas doblaron las manos ante Evo Morales en Bolivia, Alberto Fujimori en Perú o Lula Da Sila en Brasil, tan sólo por mencionar algunos casos.

El presidente electo, Andrés Manuel López Obrador anda en tono tranquilo, conciliador, igual y me equivoco y no pasa nada, pero hay un pequeño detalle: aún no asume el poder. Así es que no se confíen demasiado Señores porque a partir del próximo 1 de diciembre, en cualquier momento de ahí en adelante les podrían “soltar al tigre. Que conste que sobre advertencia, no hay engaño…”

Así finalizamos el artículo del número anterior. Y esto, apenas empieza.

Como dicen en el teatro, en una obra que podríamos bautizar como “El sigiloso y extraño retorno al autoritarismo”: primera llamada amigo lector… primera…

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