Por: Javier Díaz Brassetti | @Javierexpresion | FB/Javier Díaz Brassetti

No tener raíz, no tener nada enterrado: una tierra, una casa, un hogar, una familia, un panteón, una creencia, un idioma, un lugar que se añora a la distancia, unos brazos que se extrañan… No tener un himno que cantar, una bandera que honrar, un verso que recitar, una oración para pedir, es la cuna de la indiferencia, de la violencia, del olvido fácil, es no tener patria ni familia ni lealtad ni compromiso, no saber ¿de dónde?

El poeta argentino Francisco Luis Bernárdez, escribió en un poema: que lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado. Así hay personas, algunas con y otras sin raíz. De las que crecen sin raíz son pocas, muy pocas que tienen vidas destacadas, ejemplares, útiles.

 

Podemos suponer, por ejemplo, que los asesinos de un promedio de 26 mil personas por año, en México, crecieron seguramente en entornos sin raíz y que no pueden dar respuesta a dos preguntas que le dan sentido a la vida: ¿De dónde? Y ¿A dónde?

 

No tener raíz, no tener nada enterrado: una tierra, una casa, un hogar, una familia, un panteón, una creencia, un idioma, un lugar que se añora a la distancia, unos brazos que se extrañan… No tener un himno que cantar, una bandera que honrar, un verso que recitar, una oración para pedir, es la cuna de la indiferencia, de la violencia, del olvido fácil, es no tener patria ni familia ni lealtad ni compromiso, no saber ¿de dónde?

 

El sobrevivir buscando fama y dinero, el ejercer sin freno el poder de la revancha; el encontrar inútil el pasado y lejano el futuro; el hacer el menor esfuerzo y estar sometidos a una pantalla, es no saber ¿a dónde?

 

Mucha ignorancia, mucha flojera, mucha confianza en la intuición, poco estudio, un afán por inventar, poco aprecio por la vida humana y por las instituciones humanas, eso es no saber de dónde ni a dónde.

 

Sí, el tener raíz hace a los árboles más fuertes, pero también a los seres humanos, a los Estadios y a las Naciones; sí, el imaginar el futuro, pensarlo, planearlo, también hace seres, Estados y Naciones más sólidos, pero, ay, pero, aquí estamos a meses de un cambio de sexenio en el que tradicionalmente se trastoca la cotidianidad política, económica y social del país.

 

 

 

 

 

Ya nos ha tocado, y a las renuncias y despidos propios de un nuevo gobierno se le suman, a veces, ideas sin pasado, ideas sin futuro. No raíz, no flores.

 

¿Qué ocurrencias pueden ir atravesando los sinuosos, pero avezados cerebros de quienes el primero de diciembre tomarán las riendas del país?, ¿Serán como Zedillo que, por nombrar a un panista en la PGR, decía que un empleado suyo ya gozaba de independencia?, ¿o como Fox que hasta rediseñó el escudo nacional que aparecía en toda la papelería de la Federación?

 

Hay quienes crearon o cambiaron de nombre a las Secretarías, quienes cambiaron el nombre de las calles, el color de los taxis; quienes movieron a la Diana cazadora, al Caballito, quienes cambiaron a los héroes de lugar y hasta de esqueleto, y estos nuevos, ¿respetarán el pasado, conservarán instituciones como Correos, el Monte de Piedad, la Lotería Nacional, el Hospital de Jesús?

 

Híjole, qué difícil, eso no pasa en las naciones fuertes, a menos, que como en Rusia, se dé una revolución. Es de país bananero el que cada sexenio se intente diluir un pasado con nombre e historia.

 

Que Los Pinos podría dejar de ser la residencia del Presidente de la República, imagínese usted, como si la Casa Blanca, el 10 de Downing Street, La Moncloa, el Elíseo o la Cancillería alemana en donde no vive Angela Merkel, pero tiene a dónde llegar, fueran entregados en renta o en venta a otros inquilinos.

 

¿Qué el himno nacional les parezca anacrónico y hagan un concurso como el de La Voz México?, ¿Que, así como acabaron con el Informe de Gobierno, los desfiles del día del trabajo y la conmemoración de la Revolución acaben con el Servicio militar, los homenajes a la bandera de los lunes, las manifestaciones públicas en favor de la Virgen de Guadalupe, los nombres que todavía quedan de las Secretarías?… Cuidado con las instituciones, que no son edificios ni coches ni guaridas de criminales, son historias y anclajes que hacen fuerte a una nación.

 

Ni atípico, ni conservador. Que mejoren, modernicen, hagan inteligentes a las instituciones, que consigan que den un mejor servicio al pueblo; tal vez el cambio puede estar allí, pero no en la destrucción, en el aniquilamiento de usos, costumbres y tradiciones. Que, algunas por siglos, dan orientación y sentido a nuestra mexicanidad.

 

La gente llena de complejos minimiza el trabajo de otros, quita importancia al pasado, se establece en un mundo de conspiraciones y como en la novela Gatopardo de Giuseppe de Lampedusa: hacen un tremendo revoltijo para que las cosas sigan igual que antes.

 

Ganar, escribió Churchill, es una responsabilidad, ¿Quiénes tienen que saberlo, lo sabrán?

 

 

 

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