Por: Enrique Guillén Mondragón

En fechas recientes, el modelo económico de nuestro país ha sido cuestionado por propios y extraños, desde sus niveles de productividad hasta su capacidad para sobrevivir sin su principal socio comercial, Estados Unidos. A partir de esto, se ha dado la oportunidad de analizar las fortalezas y las debilidades para debatir las posibles estrategias. Es momento de dejar de ver lo que podríamos perder y empezar a ver lo que podemos construir.

De las economías de Latinoamérica, la mexicana es la más conectada con el mundo -con todo y que la  más grande es la de Brasil- y esto es debido a las plataformas de exportación en las que participamos a partir de la firma del TLCAN y los posteriores instrumentos económicos que hemos signado con 46 países; a diferencia de otras economías que han basado su desarrollo esencialmente en la producción de materias primas sin valor agregado.

En materia de intercambio comercial e inversiones, México está mucho más cerca de América del Norte que de América Latina. Asimismo, México no contiende con otros países de su región sino que los verdaderos competidores comerciales están en el sudeste asiático. Entonces, tenemos una gran oportunidad de vender más productos mexicanos en nuestro propio continente,  a consumidores con quienes tenemos mayor afinidad y donde existe un mercado de consumo que se ha expandido de forma interesante como en Perú, Colombia o Guatemala.

De acuerdo con ProMéxico, actualmente somos el principal exportador de electrodomésticos, insumos médicos, algunos textiles, bebidas y alimentos procesados hacia América Latina. Hay condiciones para seguir colocando más productos y, con ello, enfrentar el gran reto de redirigir una parte de ese 82% de nuestras exportaciones que hoy colocamos en Estados Unidos. Si bien las estrategias de nuestro modelo económico están enfocadas primordialmente al mercado del norte, no nos excluyen del resto del mundo.

Otro de los retos más importantes que se han planteado a propósito de los debates sobre nuestro modelo económico, consiste en consolidar nuestra industria para aumentar el contenido nacional de lo que producimos; esto incluye disminuir la cantidad de insumos importados usados en los procesos productivos e integrar más cadenas productivas a lo largo  y ancho de nuestro territorio.

Actualmente, la solidez económica de los países ya no se basa únicamente en su capacidad de participar en las cadenas globales de producción, sino que también está ligada a su capacidad de producir al interior, tanto para su mercado nacional como para exportar, y esto se ve reflejado en indicadores como sus balanzas comerciales -que buscan reducir el déficit- y sus tasas de empleo. Al respecto, las y los Industriales de Transformación hemos insistido en que la innovación, la productividad, la eficiencia y la competitividad  necesitan inversiones –tanto pública como privada-, capacitación, mejores condiciones crediticias, así como mejora regulatoria. Pero de este último requerimiento, hablaremos en la próxima oportunidad.

Nuestra economía crece en un mundo donde la tendencia global es decrecer, como lo han confirmado datos de instituciones como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial; sin embargo, no estamos creciendo lo suficiente –menos de 2.5% a tasa anual- y para crecer, hay que producir. Es decir,  necesitamos hacer más sólida nuestra economía a partir de producir más pero con un alto contenido nacional e incorporando a la pequeña y mediana industria.

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