POR: Leonel Serrato

El caso de Guadalupe García de Rayos no es el caso de la inmensa mayoría de los inmigrantes indocumentados, ella es el ejemplo que sólo una minoría sigue, una minoría prácticamente insignificante, acostumbrada a no observar las leyes, y que cree que puede conducirse igual en todos lados.

Hace poco más de veinte años la señora Guadalupe García de Rayos decidió emigrar desde su natal Guanajuato a los Estados Unidos de América, muy probablemente movida por la necesidad y la idea de encontrar mejores espacios de bienestar en ese país.

Guadalupe escogió Arizona para irse a vivir, o quizás no pudo elegir por ignorancia juvenil, un estado tremendamente hostil con los inmigrantes, y más aún, una ciudad brutalmente severa con los ilegales, Phoenix, la sede del tristemente célebre Joe Arpaio, el sheriff del condado de Maricopa, cuya crueldad y excesos racistas le han hecho ser muy popular en su demarcación y un símbolo de la intolerancia entre los supremacistas blancos de todo ese país, por cierto que ha sido reelecto una y otra vez desde 1992 con una amplia mayoría.

García llegó de 14 años, y como es natural la vida transcurrió, se casó allá, con un latino también indocumentado, y procreó dos hijos que nacieron en suelo estadounidense y son ciudadanos de ese país; hoy esos jóvenes tienen 14 y 16 años, y prácticamente no hablan español, pues fueron criados intentando integrarlos a su nuevo país.

En 2008 Guadalupe fue detenida en su centro de trabajo durante una redada del sheriff Arpaio, muy probablemente la detención se debió al hecho de ser indocumentada, puesto que el sheriff prácticamente ha hecho de la persecución a los inmigrantes su labor favorita, pero algo más grave ocurrió: la señora García fue acusada de cargos criminales derivados de usar un número de seguro social falso; por la falsificación del documento y su uso a sabiendas fue declarada culpable y condenada, y como resultado de ese crimen se le inició un procedimiento para deportarla a su país de origen; el proceso fue largo, ya que hasta 2013 se dictó la orden de deportación, pero las múltiples revisiones a su caso pudieron prolongar su estadía en Estados Unidos porque no estaba considerada como peligrosa, tanto que acudía puntualmente a las vistas anuales de su caso, y tras un mero trámite sencillo se le permitía irse, hasta este año, en que fue detenida y la orden de deportación ejecutada.

Súbitamente Guadalupe García se convirtió en un símbolo de la persecución que ha iniciado el Presidente Donald Trump en contra de los inmigrantes; su caso ha sacudido a la sociedad en todo el mundo, y ha habido múltiples expresiones de apoyo popular, lo que convirtió su deportación en un evento televisado en vivo con escenas dramáticas y desgarradoras.

Guadalupe García fue sacada de suelo estadounidense por la garita de Nogales, Sonora, y albergada por unos días; sus abogados sabían que ella podía ser deportada, y le recomendaron no acudir a la vista anual de su caso hasta no tener certezas sobre su situación; no obstante ella no atendió las recomendaciones y fue a entregarse, y por eso simboliza hoy el reclamo de millones de indocumentados, pero ¿Sabe? Yo no estoy de acuerdo en que Guadalupe García de Rayos sea el símbolo adecuado para esta lucha humanitaria, mire Usted:

En los Estados Unidos de América viven cerca de 12 millones de personas indocumentadas, de muchos países de todo el mundo, entre ellas casi 6 millones de mexicanos; ellos trabajan honradamente y casi siempre con desempeños admirables por su dedicación y amor al trabajo; pagan sus impuestos; tienen sus familias; sus hijos van a la escuela; cumplen con las leyes, y son respetuosos del país que les acoge.

Una minoría insignificante no se porta así, sino que comete delitos, viola la ley, miente sobre su condición, engaña al sistema de seguridad social, descuida a sus hijos, no paga impuestos y reniega con todo ello de la comunidad en la que vive y en la que ha sido recibido.

Para muchos mexicanos violar la ley es normal, incluso justificado mientras no le haga daño a alguien; muchas personas tienen la convicción de que no hacen nada malo al violar reglamentos u ordenanzas, incluso piensan sinceramente que nadie sale perjudicado si falsifican documentos o le mienten a los agentes de la ley.

Guadalupe García de Reyes es de estos últimos, y quiero pensar que lo es por ignorancia, no por mala fe.

Me parece inaudito que en más de 20 años ella no hubiera hecho algo para legalizar su estancia y trabajo en los Estados Unidos, sobre todo porque en ese tiempo hubo varias amnistías a las personas indocumentadas, me consta que muchos paisanos ahora están en orden con las leyes de ese país por haber procurado ellos mismos ese orden.

Pero Guadalupe decidió violar las leyes, o por necesidad cometió ignorancia culpable sobre lo que las leyes le ordenaban hacer; también sobrepasó lo que el más mínimo sentido común y de integridad personal indicaban, que es no falsificar, no mentir, no engañar al sistema, y cumplir con los requisitos para vivir en un país extranjero.

Ella no fue arrancada arbitrariamente ni subrepticiamente de su hogar en el que vivía en armonía con la ley y con las buenas costumbres; si, es cierto, ella fue detenida por xenofobia, pero retenida al ser hallada infraganti cometiendo un delito en contra del Estado Federal nortemericano, juzgada y encontrada culpable, condenada y luego ordenada su deportación tras años de un proceso judicial y administrativo.

El caso de Guadalupe García de Rayos no es el caso de la inmensa mayoría de los inmigrantes indocumentados, ella es el ejemplo que sólo una minoría sigue, una minoría prácticamente insignificante, acostumbrada a no observar las leyes, y que cree que puede conducirse igual en todos lados; por eso no puede servir de símbolo al justo y humanitario reclamo de la gente que vive en Estados Unidos sin documentos.

Millones de personas han ido durante siglos a los Estados Unidos sin papeles, y se han portado ejemplarmente, con integridad y gratitud, como extraordinarios ciudadanos del mundo que ejercen su libertad con total responsabilidad y decencia. El sistema estadounidense reconoce esa realidad y les protege, aún en medio de la locura de Trump, vea si no la manera rápida y contundente en que el Poder Judicial suspendió el veto migratorio y racista en contra de los musulmanes. No busquemos símbolos en donde no los hay.

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