Por: Javier Díaz Brassetti | @Javierexpresion | FB/Javier Díaz Brassetti

El Presidente de la República de Ecuador desde el 10 de agosto de 1996 hasta el 6 de febrero de 1997, Abdala Bucaram Ortiz fue destituido por el Congreso Nacional alegando incapacidad mental para gobernar.

Extravagante y populista, manirroto con los recursos de la presidencia, enemigo de la corrupción de otros, acabó exiliado en Panamá. El ejército no intervino, se excusó aduciendo que se trataba de un asunto político y no militar.

Ahora que está a punto de regresar Bucaram a su tierra, perdonado por la oligarquía, representa un ejemplo de aquello que sí ha pasado en Latinoamérica.

Los países en nuestro tiempo pueden tener un corazón nacionalista, pero ya no existen las economías nacionalistas, hay tal dependencia del exterior que un excesivo proteccionismo empobrece a un pueblo de alimentos, medicinas, nuevas tecnologías y recursos para el desarrollo.

Bucaram estaba lejos de entenderlo y de comprender que para acabar con la corrupción no era necesario acabar con los capitalistas sino sólo quitarles lo corrupto.

El ejemplo de Bucaram no debe ser descuidado y menos por una nación como la nuestra que comienza a molestarse con una política de cuello de botella.

Viene el flujo y de pronto se reduce, como en una botella, en lugar de salir completo, a plenitud, el cuello angosta la salida y lo que debiera a su natural trayecto salir sin interrupción, sin selección, se va deteniendo, entorpeciendo.

Ya tuvimos evidencia de esta manera de hacer las cosas, conocemos a los que se llamaron segundos pisos del periférico. Amplias, generosas carreteras, pero todas terminaban, terminan, en salidas de cuello de botella generando tremendos caos viales.

Ya llevamos seis meses padeciendo ideas fantásticas que de pronto se ven envueltas en contradicciones, en riesgos no considerados, en ilusiones de chamaco que son imposibles hacer realidad para un adulto.

Hasta hoy con el nuevo gobierno que promueve una cuarta transformación, no hay nada bueno. El panorama es fatal, los augurios son desalentadores y cuesta mucho trabajo leer, ver o escuchar un pronóstico favorable a la gestión ejecutiva o legislativa de Morena.

No es un cuello de botella, son los cuellos de botella provocados por la desconfianza y después por los desatinos y las peculiares extravagancias. En México el dicho, el rumor, el chisme, la fake news es mucho más influyente que la realidad y todavía más si se salpica con algo de verdad.

Desde hace muchos años hay desabasto de medicamentos, pero por falta de cálculo y acabar con la corrupción, ahora no hubo medicamentos que abastecer. Preocupados por si los niños pueden usar falda, han olvidado que hay muchas escuelas que no tienen agua y corriente.

Despiden a cientos de empleados y a los que se quedan les aumentan hasta 250 pesos al mes de sueldo; cierran guarderías, centros de investigación, y permitieron, porque ya se los prohíben, la entrada a México de miles de migrantes a los que hay que proveer con servicios, que no hay, de salud y de alimentación.

Estimulan huelgas, aceptan que los policías de Alvarado, Veracruz se defiendan de la delincuencia con resorteras… felicitan a un cuerpo del ejército por doblegarse frente a sus agresores… azuzan diariamente con modificar reglamentos que priven al casero de desalojar a quien no le paga la renta… ¿Más extravagancias que derivan en indispensables cuellos de botella?

En el mundo nos comienzan a ver como chiflados; aquí, los inversionistas van tomando sus ganancias y en lugar de reinvertirlas, se las llevan a otra parte… Ay, qué situación.

Parece que solo ninis y viejitos reciben la gracia y el beneficio, pero es tan poco en relación con los 6880 dólares que recibe un becario de Google que, no terminan de entender para qué les pueden servir sus casi 200 dólares mensuales.

Nadie puede oponerse a dar fin a la pobreza, a que se acabe con cochupos, influyentísimo, chayotes, compra de la verdad, nadie. Pero la falta de planeación, la poca previsión de las consecuencias, las extravagancias y los insultos a individuos y organizaciones, han creado el cuello de botella perfecto para que, si algo sale bien, sea sólo en pedacitos que no consuelan a nadie.

Para que no nos ocurra lo mismo que a otros países, es ya el momento de dar orden a las ideas, reaccionar, reintegrarnos con el mundo, comenzar a cumplir con la ley, todo esto para que no nos vayan a imponer la etiqueta de: incapacidad mental para gobernar.

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