Por: Javier Díaz Brassetti | @Javierexpresion | FB/Javier Díaz Brassetti

De la declaración en video: que nuestras madres nos lloren si no logramos ayudar a nuestro Profeta, Mark Thompson rescata estas palabras de Osama Bim Laden: “…Si no ponen coto a la libertad de sus palabras, abran sus corazones a la libertad de nuestras acciones…”

Si un gobernante es capaz de azuzar al pueblo en contra de otros, tiene entonces que ser capaz de aceptar que el pueblo responda alguna vez con las mismas palabras, exigiendo imposibles, despreciando, denostando, hiriendo, actuando.

Expresado de una manera más vernácula y coloquial: El que se ríe, se lleva.
Con sobrada ligereza se están pronunciando palabras, oraciones, frases, que desconocen un principio: el respeto por el oído, la inteligencia y la conciencia de los demás.

“El lenguaje crea en el interior de quienes lo oyen y lo leen, es una ejecución interior”. Gadamer, cita a Goethe, y aclara, el lenguaje hace actuar. La acción de una palabra no se detiene en el tiempo que ocupa, en el oído o en la inteligencia, sino que puede tener la fuerza de apelar a la conciencia y conseguir que ésta se reforme, que se transforme.

Sus propias lenguas mataron a Georges Danton y al incorruptible Maximilien Robespierre; los mismos revolucionarios a quienes habían adiestrado, los llevaron el 5 de abril y el 28 de julio de 1794 a la guillotina. Los dos y sus lenguas se excedieron en faltar al respeto del oído, la inteligencia y la conciencia de los demás.

Un perro vive tranquilo hasta que su amo le grita: ¡Ataca!, en esto los seres humanos no somos muy distintos y menos cuando los resentimientos se han ido acumulando; pero cuidado, nosotros atacamos a quien nos conviene.

Si una voz con autoridad dice que los UBLACS (Universitario, blanco, católico) son fifís y ya se ha dicho que los fifís son la desgracia de la nación, los corruptos, pues los fifís ya se amolaron porque a donde vayan se van a burlar de ellos y serán objeto de la desatada FIFIfobia.

Si esa misma voz dice a los ancianos: ustedes tienen derecho, ya podemos ver a la viejita deteniendo el tráfico, ya tiene el permiso a pasar en el momento que le parezca conveniente, es su derecho.

La niña le grita a su madre: a mí nadie me saca sangre te voy a denunciar porque vas contra mi derecho a elegir; el adolescente le responde a su padre: yo llego a la hora que me de la gana, es mi derecho; el vecino contesta: yo pongo mi coche donde me parezca; el franelero exige: de aquí nadie me mueve, tengo derecho a trabajar donde sea, es trabajo…

Esto del derecho a decir tengo derecho, ha ido mucho más allá, ¿sabe usted que en los colegios oficiales hay un curso para niñas y niños que se llama Deconstrucción de género y que tiene por objeto que cada niño elija su género, no digamos su nombre, su religión, su nacionalidad, no, su género. Es sin duda un asunto muy delicado, no tardaremos en saber de alguien que se cortó el pene porque ya no quiere ser niño.

Cuidado con lo que se anda diciendo, la autoridad está despertando con sus discursos, demonios que serán difíciles de contener, voluntades de quienes no somos mascotas.

La autoridad dice al Senado: se las metimos doblada…, para quienes lo entienden y para quienes no, se trata de una baja vulgaridad, de una analogía misógina y perversa. Si así habla quien manda ¿cómo piensan ustedes entonces que dialogarán los huelguistas de la frontera, los maestros de Michoacán discutirán como fifís?

El anciano, la niña, el adolescente, el vecino, el franelero, el Senado…, tienen un derecho acotado por la existencia de otros. No detener a tiempo lo que la autoridad dice con mucha ligereza, tarde o temprano la convertirá en víctima de su propia lengua.

Es comprensible que los mejor educados ayuden al resto a ir logrando derechos que por ignorancia, marginación y atropellos no han ganado o ha ido perdiendo o les han ido quitando; es casi una obligación hacerlo, pero cuidado porque muy poca gente entiende que todos los derechos exigen obligaciones y que todos los derechos tienen como tope el bien común.

Dar voz, no es sólo dar voz, es también implicar, y Osama no estaba equivocado. Al pueblo no lo eligen ni le pagan para que tome decisiones, consultarlo es concederle una facultad para la que no está preparado. El riesgo es claro: o comienzan a guardar silencio o se atienen a las consecuencias.

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