Por: Javier Díaz Brassetti | @javierexpresion | fb/Javier Díaz Brassetti

Seis años enfundados en un chaleco antibalas, custodiados por un sinfín de desconocidos, expuestos con sus familias a toda clase de escándalos; asediados por cámaras, micrófonos visibles y ocultos. Arriesgando un sí, un no, tildados de tontos, mentirosos, ladrones, asesinos…

Y después, abucheados en un restaurante o recluidos en su casa o expulsados de algún sitio por los ladridos de un perro; y después, un puesto digno y una tumba en un lugar que sólo conoce la familia.

¿Por qué alguien quiere ser presidente?, ¿gana más de lo que sufre?, su poder dura seis años y antes y después tiene que arrastrarse. ¿Por qué?, hay un poder sin límites sobre casi 130 millones de personas y un reconocimiento diario de quienes lo ayudan, pero la presión de los deudos, de los pobres, de los damnificados por los huracanes y los temblores, de los empresarios, de los deudores del apoyo a la campaña…

La vida, el destino, el grupo, la mamá, el futuro de los hijos, pueden ser la causa de que ahora más que nunca haya tantas y tantos que quieren ser presidentes.

A Lázaro Cárdenas le fue muy bien; al terminar su mandato en 1940, a los 51 años, le quedaba ser Ministro de la defensa entre 1942 y 1945 y presidente administrativo de la Siderúrgica Las Truchas. Está enterrado en el Monumento a la Revolución.

Su hijo, Cuauhtémoc, ha gozado del prestigio de su padre, y su nieto, también. A Don Lázaro le funcionó ser presidente.

A Don Manuel Ávila Camacho, que descansa en el Panteón Francés, no le dieron nada. Pasó, después de ser el primer mandatario de 1940 a 1946. Murió en 1955 en su finca de la Herradura. Le quedó sólo una gran fortuna que tal vez disfrutan sus parientes.

El presidente Ruíz Cortínez murió en 1973, acompañado de un médico y de un amigo. Al terminar su mandato en 1958, recibió de su sucesor la encomienda de trabajar para Nacional Financiera sin cobrar por eso, un solo centavo.

Enterrado en la cripta familiar del Panteón de Dolores, nadie lo visita.

Durante los dos últimos años de su vida el tan querido López Mateos permaneció en estado vegetativo. Su mandato terminó en 1964, y el presidente Díaz Ordaz lo nombró como el encargado de organizar los juegos olímpicos de 1968, pero en 1965 tuvo que renunciar por cuestiones de salud. Murió en 1969, lo enterraron en el Panteón Jardín y 20 años después trasladaron sus restos a un mausoleo en Atizapán de Zaragoza. Nada se sabe de sus hijos.

¿En dónde está la magia de querer ser presidente?, ¿En vivir una persecución por seis años y morir dejando quién sabe qué recuerdos? Díaz Ordaz, acabó como Ex Embajador de México en España, renunció al cargo por las violentas críticas que lo acusaban de asesino.

Murió en 1979 y sus millonarios hijos, nietos y bisnietos aparecen en las revistas del jetset, nadie visita su tumba y pocos tienen buen recuerdo de él.

Con hijos y nietos sumidos en la abundancia y en títulos nobiliarios españoles, José López Portillo fue enterrado en el Panteón Militar en 2004. Los últimos 22 años de su vida fueron escandalosos.

Demandado por peculado, acusado por no ser el padre de sus hijos menores, perseguido por su esposa, no dejó un buen recuerdo.

Y el último de los que ya se fueron, Miguel de la Madrid que murió en 2012. Director del Fondo de Cultura Económica, fue, como su mandato, discreto. Salvo por alguna desafortunada entrevista murió en paz legando a sus hijos muy buenas oportunidades de desarrollo.

Echeverría, Salinas, Zedillo, Fox y Calderón, no son celebrados, sus enemigos son más que sus amigos y no esperemos tumultuosos funerales de Estado. Es muy difícil entender por qué hay tantos que quieren ser presidentes.

Salvo Cárdenas, las tribulaciones, las persecuciones, las preocupaciones y el futuro, no dan muestras de que la primera magistratura del país pueda ser envidiable. Imagine usted ser presidente, ¿estaría tranquila, estaría tranquilo?

 

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