“México, que ha hecho dos o tres revoluciones en un siglo, no tiene por qué temer una más; y es seguro que la próxima, si la hay, revestirá un carácter de gravedad excepcional, pues esta vez tendrá que resolver problemas fundamentales”.

Antonin Artaud

Hace algunos años, en el marco de las actividades del coloquio que el IPN organizó a propósito de los cien años de la muerte de Nietzsche, me consternó el llanto de un académico mexicano al evocar el drama de la vida y obra de Antonin Artaud a mitad de una conferencia; entonces confirmé que algo de lo profundo que intuía en aproximaciones confusas a esos textos aún más intrincados algo tendría de real, pues no cualquier día acudes a un acto académico y sales de ahí sorbiendo mocos y secando lágrimas. Pero, sobre todo, ese día reafirmé que la vida y obra de Artaud no sólo se lee sino sacude lo más profundo del alma y que, así como nosotros otros habrían preferido la paz y salud del autor que cualquiera de sus mejores versos o pensamientos.

Antonin Artaud fue un hombre de teatro y cine, actor y escritor, poeta más no a la concepción de Aristotéles (“el poeta debe ser más artífice de historias que de versos, ya que por la ficción es poeta y lo que finge son acciones”). A lo largo de toda su obra la de Artaud es una poesía dura, instantánea, grosera, dolorosa, hiriente y herida pero muy inteligente y honda que busca en pensamientos y pulsiones vitales trozos de la integridad que en el interior de su cuerpo no puede tener: consumido por los dolores físicos y los pensamientos alterados ocasionados por los lastres de una enfermedad infantil pero también por esa manera oscura de concebir la realidad, al mismo tiempo los pensamientos de Artaud poseen una tremenda lucidez, que enferma a la más sana de las conciencias pero no por presenciar un patetismo expuesto sino por lo propio que pueda encontrar el lector en toda esas costras, gases, podredumbre y enfermedad.

Artaud, poeta negro del primer surrealismo, su orféica inmersión cada vez más profunda en el lado oscuro de la conciencia asombra y conmueve, pero sobre todo deslumbra pues, como en los antiguos mitos mexicanos el poeta nos trajo de aquél inframundo llamas únicas de conciencia instantáneas, que ya no dejan paso a colores absolutos. Una locura demasiado lúcida, de destellos fulgurantes y palabras crudas, reflejada desde los primeros trabajos y sus concepciones sobre el teatro, el arte y la revolución hasta sus últimos versos entrecortados y salpicados de glosolalias realizados desde una conciencia desolada por la enfermedad y agresivos tratamientos psquiátricos que lejos de mitigarla acrecentaron aún más.

La exposición multidisciplinaria “Artaud 1936”, que conmemora la presencia del poeta francés en México, se exhibe en el Museo Tamayo hasta mayo 20. Está integrada por un autorretrado perteneciente al Centro Pompidou y realizado un año antes de su muerte, algunos cuadernos de apuntes y otros dibujos, las primeras ediciones de sus textos editados tanto en Francia como en México, videos y periódicos así como la máscara mortuoria del autor hecha en bronce; se complementa con obras de otros artistas a manera de “diálogo”, de las cuales destacan un par de máscaras del estridetista mexicano Germán Cueto.

Antonin Artaud visitó México en 1936, movido por el decadentismo europeo y el espíritu de una raza primigenia, pura y repleta de símbolos mágicos que el autor intuía en este país. Una visión ciertamente idealizada, y en la cual se reflejan las búsquedas propias del autor; los principales rastros de su estadía se encuentran en los textos de las conferencias que dio en la Universidad, así como los textos propios de su viaje a la sierra con los tarahumaras, la cultura roja como él los llamaba.

“La sangre india de México guarda un secreto antiguo de raza, y antes de que la raza se pierda pienso que hay que preguntarle por la fuerza de este antiguo secreto. La cultura racionalista de Europa ha fallado, y yo he venido a la tierra de México a buscar las bases de una cultura mágica, que puede aún resurgir de las fuerzas del suelo indio”, afirmaba por entonces.

Aquí Artaud probó el peyote y conoció sus ritos, enteógeno empleado por las culturas del norte del país y en el cual depositó sus esperanzas de salud y renacimiento espiritual, que pusieran fin a su enfermedad angustiosa y esos males corporales atizados por una conciencia oscura y totalizadora, “yo no quería entrar cuando fui al peyote en un mundo nuevo, sino salir de uno falso”.

Cabe destacar que el México de Artaud es muy distinto al de la libertad creativa y social del fundacional D.H. Lawrence; diametralmente opuesto al idílico que buscaron los beatniks encabezados por Kerouac, ese outsider iluminado de lo terrenal o el de su patrono Burroughs de experiencias vitales y criminales; tampoco es la búsqueda de lo extraño y natural que, años después y movidos por el periplo del propio Artaud emprendieran en medio de la Segunda Guerra algunos surrealistas como André Breton y Benjamín Péret y que tras de sí dejó una larga estela de pintores y escritores europeos en nuestro país; si acaso, el México de Artaud y acaso por sus propias circunstancias es sólo comparable con el colapso alcohólico que trajo a Malcom Lowry y escribir, desde aquí, Bajo el Volcán, una obra inmortal de la literatura.

Durante sus nueve meses en México a Artaud no gustaba de frecuentar círculos literarios, no se interesó por la literatura mexicana ni entablar relaciones con la élite cultural; prefirió ir a la sierra en la búsqueda de verdades fundamenales, y previo a ello sus relaciones iban desde delincuentes en su búsqueda de opio por las calles de la ciudad hasta relaciones diplomáticas para obtener alojamiento y recursos para emprender su viaje con los tarahumaras, siempre con una visión positiva y un tanto cándida hacia lo mexicano, “la verdadera poética mexicana, que no consiste sólo en escribir poemas sino que afirma las relaciones del ritmo poético con el aliento del hombre, y por medio del aliento, con los movimientos puros del espacio, el agua, del aire, de la luz, del viento”.

El guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, acaso uno de los más lúcidos a la hora de entender al poeta y quien lo conoció en su visita a México, nos ofrece en “Artaud en México” un cuadro no ya de precisión sino de lo difuso que resultaría intentar explicar al poeta como un intelectual con búsquedas antropólogicas, un escritor común o un pre beatnik iluminado en la droga y el delirio: “Ningún testimonio superior a los textos. Todo lo que se dice de un poeta está alterado. Por su misma ambición, la escritura más pobre es la poética. Artaud escribía incesantemente, estando harto de la cosa escrita.”

Lo cierto es que Artaud, como tantos otros artistas atraídos por las noticias de un México imaginario posrevolucionario que les llegaban distorsionadas a Europa, quisieron ver en nuestro país una cultura natural, en su gente pureza y en sus ancestros claves perdidas para un rumbo humanístico desde entonces ya dado por perdido en el viejo continente, escenario idílico e ideal para sus creaciones.

Después de su viaje a México Antonin Artaud regresaría a Francia por algunos meses, en un estado mental aún más deteriorado, que lo llevó poco después a embarcarse a Irlanda convencido de poseer el bastón de San Patricio, y en un intento por devolverlo fue detenido y llevado de regreso a Francia donde pasó los siguientes 10 años de su vida en hospitales psiquiátricos con algunas ocasionales salidas, convertido ya en una celebridad del mundillo cultural parisino al tiempo que escribía los versos más absolutos, rotos y catárticos que pueda conocer la literatura, hasta el día de su muerte en el hospital de Ivry en el año de 1948.

Más que la huella dejada en el teatro o en sus deslumbrantes participaciones en el cine, más que leer sus consideraciones sobre el surrealismo, la revolución, y los grandes temas que lo atañeron, uno de los principales legados de Antonin Artaud en el arte es la huella, instantánea y permanente, que hoy continúa dejando su lectura a quien se acerca.

Por ello, más que saber sobre Artaud hay que leerlo, más que buscar datos y relaciones es menester sentirlo, más que interpretarlo hay que sentirlo. Y, al hacerlo, nadie saldrá incólume de la experiencia de esa lucidez enferma, de esa luz tan fuerte y vital que enceguece, esa eterna caída que nos deja abortos y sin aliento, esa fuerza creadora que se impone al dolor y la enfermedad.

Cardoza y Aragón sostiene “A veces, me digo: fue, sencillamente, un loco drogado y nebuloso. La simplificación se me propone sin convencimiento, como mentido alivio ante su complejidad”.

 

  • “Artaud 1936”, se exhibe hasta el 20 de mayo en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo. Av. Paseo de la Reforma # 51.

 

Bibliografía

Artaud, Antonin. Mensajes Revolucionarios. Selección de artículos periodísticos aparecidos en México en el año 1936. México: Editorial Letras Vivas, 2006.

Artaud, Antonin. México y Viaje al país de los tarahumaras. México: FCE, 1984.

Bradu, Fabienne. Artaud, todavía. México: FCE, 2008.

Cardoza y Aragón, Luis. El río: novelas de caballería. México: CFE, 1986.

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