Por: Eduardo Sadot-Morales Figueroa

LA MUERTE: en palabras de Carlos Fuentes, dice de ella “Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte, que no nos mata a nosotros sino a los que amamos”. Epicúreo se refiere a ella diciendo que “Así que el más espantoso de los males nada es para nosotros, puesto que mientras somos la muerte no está presente, y cuando la muerte se presenta ya no existimos” (sic). En nada afecta, pues, ni a los vivos ni a los muertos, porque para aquellos no está y estos ya no son” en síntesis no le preocupa, ni debe preocuparle, porque mientras estés, ella no está y cuando ella esté tu te habrás ido, la incoincidencia temporal con la muerte es motivo para no pensar en ella.

En nuestra cultura mexicana, la muerte esta presente de diversas maneras, desde la óptica de otros pueblos, dicen de nosotros, que somos necrófilos porque convivimos con ella, la vestimos como a nosotros – la aprendimos de nuestros mayores, nos la confirman Posadas y Rivera – nos reímos de ella en las calaveritas del día de muertos, la hacemos dulce y chocolate, nos la comemos, simbólicamente la asimilamos y cumplimos el concepto dialéctico ambivalente de vivir y morir al mismo tiempo, quizá porque en el fondo sabemos que desde que nacemos al vivir morimos cada instante, en nuestro organismo conviven ambas, durante la vida en la reproducción permanente de nuestras células y su consecuente muerte cada día, pero la vida es el intermedio existencial, entre el nacer y morir, ese intervalo mágico que nos permite disfrutar y sufrir la vida, según quiera verse.

Lo mas importante es el periodo entre ese espacio de existencia y lo que hagamos en él. El COVID19 nos hace – admitámoslo o no – reflexionar sobre la vida y la muerte, nuestra vida y nuestra muerte, nos remite también a recordar a los que han partido antes, nos obliga a echar un vistazo al frente y con recelo, de reojo, atisbar al oscuro túnel desde donde nos acecha y espera, unos, no quieren ni pensarlo, otros, se envalentonan mirando de frente, , los que están no pueden salir y los que pasan no quieren entrar, a ese  lugar, que como dice una pared de Tampico, visto desde la famosa cantina “El Porvenir” – de elocuente nombre – frente al cementerio municipal, en un imaginario debate de paredes, en la cantina reza “Aquí se está mejor que enfrente” y la respuesta desde el panteón “Aquí están los que estaban enfrente”.

El COVID19, está haciendo historia y provocando histeria, habrá de cambiar al mundo y a sus habitantes, nada será otra vez igual, lo dicen y lo sabemos o al menos lo intuimos, es en las aglomeraciones, sumergirse en donde se agolpan los seres humanos, en las plazas, los espectáculos, hasta en las universidades no podrá ser igual – o no al menos, mientras no se encuentre una cura – el temor es, tener que salir a los espacios abiertos, cubiertos como astronautas, y aún así, no tendríamos la certeza de estar a salvo, despreciamos a la naturaleza en el trono ficticio que construimos, como seres humanos, dueños y señores del mundo, los triunfadores sobre los demás seres vivos, hubo de llegar “algo” invisible, diminuto, tan diminuto e imperceptible frente a la grandeza humana, que puso en jaque las costumbres y valores, que considerábamos sublimes, cotidianos, un saludo, un abrazo, un beso señal de amor y fraternidad humana, los cambió, se metió en medio, tan insignificante como mortal, nos replanteó la vida, o quizá la muerte.

Los tiempos de cuarentena, nos permiten sustraernos del mundo, de la vorágine con que nos conducíamos en la vida, como decían los mayores, “para qué tanta prisa, si todos vamos al mismo lugar” nunca como ahora, cobraron sentido esas palabras. Nos hemos dado tiempo para poner en orden nuestras casas, papeles, archivos, cajones, recuerdos y nuestras vidas, ante la incertidumbre de lo que nos quede de ellas. Y mientras lo hacemos nos asaltan y entran por la memoria, remembranzas de amores perdidos en el correr del destino, nos damos tiempo para voltear al camino, que nos enseñó Machado para “ver la senda que nunca se ha de volver a pisar” surgen los rostros de tiempos idos, errores y aciertos, propósitos repetidos en las noches de San Silvestre cada año, que creíamos olvidados.

Sin querer llegan oleadas de recuerdos, como viento intermitente que sopla y, se desvanece dejando las imágenes como fotos amarillentas y desgastadas de nuestros seres queridos, que se fueron antes – y otros no tan queridos – pero todos están, se agolpan en nuestro corazón y mente poetas y poesías, Nervo “vida nada me debes, vida estamos en Paz” o el poeta de Xochimilco, Fernando Celada y nos reprochamos que “es que el ingrato corazón olvida, cuando está en los deleites de la vida, que los sepulcros necesitan flores” cuánto hace que no les llevamos flores, hay quienes nunca lo han hecho, con el pretexto de que el duelo se lleva en el alma, y el recuerdo borra hasta el camino que lleva a donde reposan nuestros muertos, las personas viven, mientras los vivos conserven su recuerdo, luego nosotros mismos los matamos con el olvido o mueren con nosotros.

En México no tenemos la cultura de la prevención así, ni nos preparamos para la muerte ni preparamos a los que amamos para ese momento, no obstante que para morir solo se necesita estar vivo.

La muerte, sorpresa fatal, no se previene pero puede minimizarse el daño en la medida que se haga lo que puede hacerse, desde el funeral hasta preparar a los deudos, en otros países, donde las familias acostumbran sus vidas independientes, inconscientemente practican la muerte de sus seres queridos en el día a día, porque la ausencia es presagio de muerte, en tanto  ausencia permanente, los hijos se independizan, hacen sus vidas solos, desarrollan nuevas relaciones, construyen su entorno, cultivan nuevas amistades y viven el hoy ahora y sus circunstancias, en una sociedad de consumo y desechable.

Desechan su pasado incluida la familia, se renuevan y un día se enteran que los padres o parientes mueren, les regresan los recuerdos, les lloran y ya, no más, continúan su vida. Preparar la ausencia permanente y preparase, es prevenir un porvenir cierto e ineludible, pero eso cada quien, como el duelo que significa partir, cada quien lo vive, lo muere, lo sufre o lo supera a su modo, en eso no hay regla.

El COVID19 descarnadamente adelantó las costumbres y creencias de un solo golpe, enfermarse y entrar a una sala de terapia intensiva se volvió un camino sin regreso, es como en la película  “Cuando el destino nos alcance” cuyo título original en inglés fue “Soylent Green no hay funerales, ni ceremonias religiosas, adiós a los velorios, que en las clases adineradas ya están perdiendo sentido, que se vislumbra en el cierre de capillas por las noches en agencias funerarias, quizá llegará el día que renten las capillas por ratos y no 24 horas, para rentar más a más personas.

El mundo cambiará, no más clases presenciales, ahora todo por internet, es el fin de la prensa escrita, de los eventos multitudinarios, quizá el fin de los estadios, teatros, de grandes aglomeraciones, tal vez los conciertos sinfónicos se salven, quizá se vuelvan mas elitistas, más caros, pocos espectáculos multitudinarios sobrevivan o precipiten su extinción, las playas públicas y lugares de aglutinamientos, multitudes, hacinamientos colectivos en días de asueto llegaron a su fin, serán solo recuerdos que contarán a los nietos de lo que fue el mundo antes del COVID19, habrá de verse.

Es como si de pronto, todos los escritores de ciencia ficción se volvieran cronistas del siglo XXI, nos invaden, como si se agolparan escribiendo en los diarios, arrebatándose las palabras Huxley, Toffler, Matheson, Bradbury y Ballard, y la enorme fila siguen, todos a una junto con la no menos numerosa de los directores de películas famosas, también de ciencia ficción.

Las palabras escritas en el Cantar del Mío Cid resuenan en nuestros oídos “Cosas veredes Mío Cid, que faran fablar las piedras”.

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