Por: Juan Torres Velázquez | @yotencatl

Hace un par de años el extinto CONACULTA realizó un estudio sobre lectura y escritura donde los resultados arrojaron que el mexicano mayor de doce años lee, en promedio, poco más de 5 libros al año, sólo por debajo de Chile en Latinoamérica; la comprensión lectora es otro de los elementos a considerar, la cual dudo se fortalezca haciendo largas filas y escuchando a otros sobre lo que uno debería estar haciendo en una afición lectora: leer. Habría que ver.

Para promover la lectura y escritura entre los mexicanos, su comprensión y debate de ideas, hace falta mucho más. Pareciera que existe toda una corriente interesada en difundir la lectura, pero sólo como consumo y de manera superficial; que los mexicanos compremos libros y no leamos su contenido, no los comprendamos y mucho menos cuestionemos o poeticemos a partir de la experiencia de la lectura nuestra propia realidad, para generar pensamiento o buscar la transformación de nuestro entorno. 

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de acudir a una feria internacional del libro, que en esencia y concepto no dista mucho de la gran oferta de este tipo que existe en todas partes de la República, pero que durante los últimos años ha tenido una promoción e inversión importante, hasta convertirla en uno de los principales referentes de su tipo.

Desde tiempos universitarios no considero necesario acudir a ferias, congresos y tertulias literarias; con sus notables excepciones, en mi opinión poco de lo que ahí se comenta otorga al lector nuevos elementos para formarse un criterio en torno a alguna obra o autor, y estos eventos me parecen más la ocasión gregaria de asistentes para comprobar elocuencia al enumerar títulos y corrientes, ver de lejos o tomarse la foto con el autor a quien todos conocemos pero nadie ha leído, difundir la asistencia en redes sociales o con un poco de suerte terminar colado en alguna tertulia de ego y alcohol donde lo menos importante sea el pensamiento, la materia de los objetos que ahí supuestamente reúnen.

Por el contrario, y a la par de algunos cuantos autores pienso que en un mundo ideal el amante de las letras escritas debe dedicarse a escribir y leer, y no privilegiar una imagen de socialité cultural. Existen quienes lo consideran fundamental, incluso más importante que la calidad de sus propias obras o lecturas, y destinan impresionantes cantidades de tiempo y esfuerzos a estar presente en cada evento, la mayor parte de las veces de manera pasiva aunque siempre con el objetivo de ganar cierta notoriedad, como si la lectura y escritura no fueran uno de los placeres solitarios más importantes de la conciencia humana.

Me pregunto si a alguien interesa generar o analizar indicadores que validen la efectividad de estos eventos: no monetaria por supuesto, aunque el arte representa un negocio sobre todo para editores y organizadores, ni en el número de asistentes o la cantidad de actividades programadas.

Hace un par de años el extinto CONACULTA realizó un estudio sobre lectura y escritura donde los resultados arrojaron que el mexicano mayor de doce años lee, en promedio, poco más de 5 libros al año, sólo por debajo de Chile en Latinoamérica; la comprensión lectora es otro de los elementos a considerar, la cual dudo se fortalezca haciendo largas filas y escuchando a otros sobre lo que uno debería estar haciendo en una afición lectora: leer. Habría que ver.

Pero no. Parece que, como en las artes plásticas, los grandes empresarios y grupos financieros están ocupando el espacio, a su manera y con su visión de mercado, que es responsabilidad de las autoridades en la materia; no olvidemos que vivimos en la época donde una obra artística, Salvator Mundi de Leonardo da Vinci, alcanzó la grosera cifra de 450 millones de dólares, mientras miles de creadores actuales están condenados a labores de subsistencia, a rentar su creatividad o inhibir su capacidad por sobrevivir en el salvaje mundo del capital.

La Secretaría de Cultura del Gobierno de la República acusa su primer sexenio perdido entre la vergonzante y auto plagiaria presentación de su ley, el deceso de su titular y una gris sucesión; claro, que comparado con el terrible estancamiento nacional en materia económica, de justicia o combate a la corrupción de los últimos seis años este tema pareciera, sólo si es visto de manera parcial y exclusivo, una nimiedad.

Así, la presentación de libro por la cual acudí a la mencionada feria resultó un lleno total aunque, hay que decirlo, en su gran mayoría por alumnos de alguna escuela privada, a quienes no les interesó en lo absoluto ni el tema ni los autores ni la presentación misma y sólo estuvieron a la espera que terminara el evento para poder contar con sus puntos adicionales para la evaluación semestral, congraciarse con sus profesores para que ellos se congraciaran con alguien más, y seguirse de largo hacia sus propias actividades e intereses. Al final fueron adquiridos apenas unos cuantos ejemplares de la obra, y entre decenas de actividades simultáneas en el recinto de la feria el evento sólo fue una excelente ocasión para reunir a los mismos amigos de siempre, pero en un contexto diferente, cultural pues.

Para culminar mi fallida incursión en el ambiente literario de actualidad, las obras que esperaba encontrar con infundada esperanza (Obras Completas de Juan Carlos Onetti editada por Galaxia Gutenberg y distribuida por Colofón, así como la edición conmemorativa por los cincuenta años del Farabeuf de Salvador Elizondo editada por el Colegio Nacional) en los respectivos stands de las editoriales fueron reportadas como agotadas, lo cual es una mentira: a los pocos días adquirí el primer libro a través de conocida plataforma de comercio electrónico y el segundo en una de las más sonadas librerías con apellido de político pacifista hindú.

En resumen, estos eventos son buenos en el aspecto social y de negocio: con suerte uno puede conocer a sus autores preferidos, llevarse un autógrafo o cruzar algunas impresiones con él, reencontrarse con amistades y conocidos así como crear nuevas relaciones, como sucede en cualquier grupo social. Ojalá todos esos ejemplares adquiridos, a estas alturas, ya hayan sido devorados o al menos abiertos en las primeras páginas por sus consumidores.

Para promover la lectura y escritura entre los mexicanos, su comprensión y debate de ideas, hace falta mucho más. Pareciera que existe toda una corriente interesada en difundir la lectura, pero sólo como consumo y de manera superficial; que los mexicanos compremos libros y no leamos su contenido, no los comprendamos y mucho menos cuestionemos o poeticemos a partir de la experiencia de la lectura nuestra propia realidad, para generar pensamiento o buscar la transformación de nuestro entorno.

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