Por: Leonel Serrato.

Murió el icónico líder del comunismo mundial; el hombre que encabezó la Revolución Cubana, y que motivó el alzamiento de decenas de pueblos en todo el mundo para conseguir mejores condiciones de vida y acabar con la opresión que los países desarrollados u otrora colonialistas les impusieron.

Su figura no está excenta de controversias, y serán muchos los que festejen el deceso de Castro Ruz al mismo tiempo que le llora una parte importante de la humanidad, porque su ausencia significa el inevitable cierre de un ciclo mundial tremendamente doloroso, y esencialmente infructuoso para los pueblos que lucharon, pero benéfico e irreversible para toda la humanidad.

Cuba se ha erigido durante más de seis décadas como un muro indestructible frente a los excesos, sobre todo económicos y militares, de los Estados Unidos de América; mientras que toda América fue avasallada, y los territorios de todos nuestros países se convirtieron en reservorios de injusticia y en sangrientos campos de batalla, Cuba resitió.

Una isla pequeña, pero con un pueblo gigantesco y un líder incansable, que ha sido un faro mundial de ética política durante todo este tiempo; la enorme dignidad del pueblo cubano le ha permitido sobrevivir a una de las peores prácticas segregacionistas de la historia de la humanidad, el bloqueo económico impuesto por Estados Unidos y sus aliados.

Muerto Fidel Castro Ruz no ha muerto un demócrata, ni siquiera un liberal, vaya, tampoco un comunista, lo que sí murió fue una leyenda cultivada meticulosamente por él mismo, y por todo el aparato que creó al triunfar la revolución en 1959.

Los revolucionarios encabezados por los dos Castro, Guevara, Cienfuegos y Almeida, a quienes se les llamó “los barbudos”, personificaron a los próceres de un cambio en el que el pueblo pobre saldría ganando, pero estuvieron muy lejos de esa espectativa, quizás no por desearlo, sino por sus flaquezas, y por el feroz, criminal e inhumano bloqueo estadounidense, que les azuzó a ensimismarse, y a ver al mundo entero como enemigo.

El bloqueo lo ordenó Estados Unidos, pero quien más lo fomentó fue el propio gobierno cubano, que lejos de consensuar su posición de defensa de los intereses nacionales cubanos, se confrontó con todos, insisto, al ser brutalmente acorralado y perseguido.

Fidel Castro y sus lugartenientes derrocaron a una dictadura infame, que explotó los recursos naturales de la isla o los entregó a los voraces empresarios norteamericanos; Cuba era el prostíbulo estadounidense, el casino, el picadero y el patio trasero para los desechos; lo más podrido de los intereses empresariales, y lo más granado de los de la mafia se dieron cita en Cuba, y durante décadas expoliaron no sólo los activos nacionales, sino a la gente, esclavizándola y humillándola de tal manera que la revolución fue una alternativa  válida y deseada por la gente.

Fueron los propios cubanos los que servían de regentes al opresor extranjero, y Fulgencio Batista, el último, fue especialmente sanguinario.

La Revolución Cubana, que no era en absoluto una revolución comunista, sino social y nacionalista, cual fiera herida y amenazada de muerte por los intereses comerciales y políticos de los Estados Unidos se refugió en el polo opuesto, entregándose en brazos de otro régimen opresivo como fue el comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

El pueblo cubano fue, durante todo este tiempo, rehén de los intereses más extraños y ajenos a la aspiración que encarnó José Martí cuando procuró la independencia de la isla; nunca se le ha permitido a los cubanos decidir libremente sobre su propio destino, siempre han sido el objeto de deseo de unos y otros, y al final sólo eso, un objeto y no un pueblo digno.

A los cubanos les han martirizado todo el tiempo, primero los españoles, más tarde los estadounidenses y al final los protohombros que deberían haberlos liberado.

El de Cuba es un régimen dictatorial, opresivo y sistemático violador de los derechos más elementales del ser humano, al mismo tiempo que un régimen que ha ejercido con ejemplaridad el destino soberano, aún a costa de su mínimo bienestar.

En alguna ocasión Fidel Castro dijo que al final sería absuelto por la historia, lo que creo que finalmente ocurrirá, pero tras un juicio durísimo de parte de sus connacionales, de parte de sus vecinos, de parte de sus enemigos, y de parte de sus admiradores ideológicos.

Sí creo en un Fidel que no quiso dañar a su pueblo, tampoco violar los derechos humanos, ni suprimir las libertades; creo en un Fidel determinado a evitar el sufrimiento de la gente en Cuba, y promotor férreo de la autodeterminación; pero también estoy absolutamente seguro de que hubo un Fidel injusto, obsecado, cegado y ensoberbecido, que en lugar de una república construyó una burda imitación para proteger sus obsesiones y limpiar sus gravísimos pecados.

Al morir Fidel Cuba no accede a la libertad, porque en teoría nunca la ha perdido, luego entonces la esperanza de un amanecer luminoso para el humanismo es vana. A Fidel le sobrevive todo el aparato del Estado que hizo posible la tragedia cubana; tras Fidel subsisten las peores energías en contra de la gente, y quizás ahora con mayor ahínco, puesto que encontraron los líderes de la senil revolución una receta más efectiva para continuar en el poder, que es el modelo chino.

El Presidente Electo de los Estados Unidos, Donald Trump, ha reiniciado las amenazas en contra de Cuba, y es posible que las cumpla.

Lo que viene para América es imposible de predecir, porque ahora ni siquiera hay un faro que pueda guiar a los obcecados o avergonzar a los demagogos; ya no está Fidel, lo que para unos es una bendición, y para otros, entre los que me cuento, una ausencia irreparable, para bien, y para mal, y todo ello en el peor momento de nuestra historia continental.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.