Por: Leonel Serrato Sánchez

La señora Hillary Clinton compitió por la nominación presidencial del Partido Demócrata en 2008, primarias en las que se impuso por una sólida mayoría el actual Jefe de la Casa Blanca, Barack Obama.

Durante el primer mandato de Obama la señora Clinton sirvió como Secretaria de Estado, es decir el equivalente en nuestro país a la mezcla de un secretario de Gobernación y uno de Relaciones Exteriores, se trata del funcionario por designación más importante del gabinete presidencial de los Estados Unidos.

La labor de Rodham Clinton fue buena, incluso se hizo notar que era “algo dura” en el manejo de las relaciones diplomáticas, siempre delicadas, pero que permitió una revaloración del gobierno estadounidese ante el concierto de las naciones del mundo.

La fuerza y vigor de la exprimera dama posicionó bien a Obama en el mundo, y a ella misma frente a la nominación para sucederle; Obama fue reelecto en 2012 y el relevo en la Secretaría de Estado se volvió inminente para dar cauce a las aspiraciones presidenciales de la señora Clinton.

En 2008 fue una buena precandidata, incluso audaz y estuvo cuerpo a cuerpo con el carismático Barack Obama hasta casi el final de la contienda interna, de modo que generó grandes espectativas para este 2016, pero esas espectativas fueron tan efímeras que a unas semanas de iniciado el proceso interno de los demócratas se le vio enfrentada con un adversario imposible, el Senador por Vermont Bernard Sanders; un hombre menudo, judío de 75 años, ya en plena ancianidad, y ordinariamente lejano de los círculos del poder por sus posiciones radicales sobre muchos temas, así como por su permanente confrontación con el “establishment”.

Sorprendentemente Sanders empezó a competirle a Clinton con éxito, su discurso liberal y contestario se diferenció de inmediato del medianamente conservador de Hillary, y la rebasó por la izquierda, generando un entusiasmo entre sectores tradicionalmente apáticos; me pregunté de dónde sacaba “Bernie” Sanders la propuesta seductora, y caí en cuenta que no eran las ideas del Senador socialista las que agradaban, sino que era la señora Clinton la que desagradaba.

A tumbos, aún con sospechas de maniobras ilegales para sabotear a Sanders, Clinton se impuso en las primarias y se convirtió en la primera mujer nominada por un partido grande a la presidencia de los Estados Unidos de América, y ni siquiera eso logró generar entusiasmo entre los electores.

Sin ángel, sin carisma alguna, dura y pragmática, Hillary se presenta frente a una estrella mediática, Donald J. Trump, y lo impesable está ocurriendo, que el desacreditado empresario neoyorkino le esté pisando los talones.

Pero no es Trump el que está logrando aceptación, es la exprimera dama la que concita la antipatía de propios y extraños, y eso no logro explicármelo.

El drama de los correos electrónicos alojados en un servidor privado y luego borrados más de 30 mil de ellos, la verdad no es para tanto; el FBI ya indicó que sólo era descuidada, pero no traidora a los intereses de los Estados Unidos.

Su cercanía, al fin es una exitosa abogada, con los círculos más altos del poder financiero de todo el mundo, y particularmente con los magnates más representativos de los Estados Unidos, pues eso parecería una virtud, pero en ella es un defecto abominable, está distante, lejísimos de la gente ordinaria que le votará.

Su papel junto a Bill Clinton y Barack Omaba no fue malo, todo lo contrario, a ambos logró hacerles destacar en el plano internacional y prestigiar su presidencia.

¿Dónde está la atractiva personalidad de la que fue primera dama en 1993?

¿Qué le pasó a su deslumbrante caridad, esa virtud que le hizo perdonar a su esposo por el caso Lewinsky y que admiró el mundo entero?

Algo ocurrió que hizo a Hillary una candidata muy difícil, muy compleja, muy poco atractiva, rayando casi en ser una pésima candidata según se acerca el día 8 de noviembre.

A estas alturas de la campaña electoral en los Estados Unidos cualquier adversario medianamente competitivo de Donald J. Trump iría arrasando como nunca en la historia electoral de esa democracia, pero siendo Hillary eso no está pasando, como si la ciudadanía estadounidense prefiriera el opio de un demagogo, los peligros de un demente o la temeridad de un enajenado a las buenas maneras y experiencia enorme de una señora con buena historia política y mejores resultados en sus encomiendas políticas.

Hillary es un desastre que no logra mover el ánimo de los millones de seres humanos a los que Trump aterroriza; parece que se siente culpable de algo terrible y oscuro que nadie conoce, en el mejor de los casos da la impresión de que no tiene la más mínima gana de ser la líder del mundo libre.

Trump puede bravuconear con el muro, insultar a los musulmanes, a los judíos, a los católicos, a los latinos, a las mujeres, a la comunidad LGBTTTI, y a naciones enteras, como la nuestra o China, y reclamar airado que los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte son unos aprovechados que no pagan los esfuerzos defensivos de los Estados Unidos.

Trump puede abusar del lenguaje y de las mentiras, violar con sus palabras a millones de mujeres norteamericanas y el resultado es la caída de apenas unos cuantos puntos en las encuestas.

Si Hillary se enferma de neumonía, inicia la deblacle; un tosido, un estornudo de la candidata demócrata y todos parecen imaginar que muere al día siguiente de prestar juramento como sucesora de Obama.

Usa un servidor privado para el correo oficial, y luego borra unos correos electrónicos y el mundo entero la considera una mentirosa contumaz; su cortesía frente a las ofensas se consideran un signo inequívoco de debilidad.

¿Qué nos llevó a esta estupidez colectiva?

Lo mismo que hizo que el Reino Unido de la Gran Bretaña se autoexpulsara de la Unión Europea, la misma conducta enferma e incomprensible que hizo que la mayoría de los colombianos votaran contra la paz, lo mismo que hace que la mayoría de los mexicanos voten por el PRI.

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