Por: Leonel Serrato Sánchez | |Analísta Político

Es largo el derrotero que han seguido las democracias latinoamericanas, erráticas y disfuncionales en sus sistemas electorales y de transición; tiene muchos ejemplos rupturistas, ese afán de reinventar el gobierno para diferenciar es una especie de tentación que nadie resiste.

Si bien han sido más los regímenes continuistas, los de cambio han estado presentes sin que sigan la lógica pendular de las democracias avanzadas, pero sí que los hay.

En nuestro país el cambio de régimen se ha producido dos veces, de ida y de regreso; en el año 2000 el candidato del Partido Acción Nacional, Vicente Fox Quesada logró la hazaña política de derrotar al Partido Revolucionario Institucional PRI y ponerle fin a más de 80 años de sucesión ininterrumpida de presidentes de ese signo, sin embargo pocas personas, han de recordar ese largo periodo de tiempo entre la elección y la toma de posesión a la que se le llama “transición”, porque lo que tuvo lugar fue un cambio de presidente y de sus funcionarios del Poder Ejecutivo Federal, pero no de modelo administrativo, ni tampoco de usos en el ejercicio del poder político.

Tras ese periodo siguió un turbulento sexenio también en manos de panistas, y a su término el péndulo político regresó al PRI, en ese caso tampoco se produjeron modificaciones a las estructuras del poder público, ni tampoco de la política, sólo una alternancia partidista.

Así, los cambios políticos fueron meramente cosméticos, superficiales, no tocaron al sistema ni siquiera para revisar su funcionalidad, mucho menos para desmantelar su cara más odiada, que es esa en la que fomenta la corrupción.

El 1 de julio pasado, el electorado mexicano fue tan preciso como masivo al escoger una opción cuyo compromiso central era justamente el cambio absoluto de paradigmas; del discurso del Presidente Andrés Manuel López Obrador pueden desprenderse varias rutas claramente diferenciadoras de lo que nuestro país ha sido hasta la fecha, aún cuando no podamos ver con claridad el resultado final, ni tampoco su provecho o eficacia.

A López Obrador se le mandató a acabar con la corrupción, no se le ordenó electoralmente abatirla, controlarla, castigarla, remediarla, sino acabarla.

También se le instruyó concreta e ineludiblemente para solucionar el gravísimo problema de inseguridad que abate a toda la ciudadanía, sin distingo de credo, posición económica o social, ni tampoco geografía; solucionar esa asignatura es conducir un sistema de seguridad que garantice la paz, que construya sociedad, que restaure el gravísimo daño que viven nuestra comunidad nacional.

Y finalmente, al Presidente de la República se le eligió para reestructurar completamente el modelo administrativo, porque el existente es un caldo de cultivo formidable para la corrupción, amén de profundamente ineficiente, y para muestra un botón, las delegaciones de las dependencias federales en los estados de la República, casi todas completamente inútiles, pero muy costosas.

Así, tres cambios, sólo tres, pero serían suficientes para cambiar a México para siempre; si el Presidente tiene éxito, como seguramente todas las personas de buena fe lo deseamos, esos cambios transformarán no sólo al Estado Mexicano, sino sobre todo a la sociedad, la retornarán en comunidad solidaria, y devolverán la paz a nuestras calles, hogares y espíritus.

Acabar con la corrupción es en sí misma, la tarea más imponente que le fue instruida al nuevo Primer Mandatario, pero yo encuentro que es el origen de todos los males nacionales, y el obstáculo para la renovación moral de la sociedad.

El secreto mejor guardado del licenciado Andrés Manuel López Obrador AMLO es justamente su estrategia puntual para erradicar la corrupción, y aunque muchos pensamos que pasa por una implacable persecución de los factores y agentes de la putrefacción, casi creo que él la hará girar en torno de la recuperación de los valores históricos de la sociedad mexicana, y el surgimiento de nuevos, más universales, más propios de la nueva configuración de ciudadanos del mundo que tienen nuestros jóvenes; AMLO apelará a la esperanza de la juventud, a su obsesión por estar informados, a su inmensa capacidad de compasión y solidaridad, a su entusiasmo por vivir en paz y armonía no sólo con sus semejantes, sino también y sobre todo, con la naturaleza; buscará basarse en la tolerancia y en el perdón, porque si no, ¿a dónde nos conduce una Constitución Moral?

Al no haber corrupción cualquier mecanismo de administración funcionará, incluso los muy malos o notoriamente ineficientes; al no haber corrupción alcanzará el dinero, porque siendo tan rico este país, no se entiende la pobreza sin la miserable intermediación de los podridos.

La duda que asalta a los conservadores que se oponen a los cambios es personal; cifran el fracaso de la transformación nacional en el fracaso del liderazgo político, ético y social de la persona del Presidente.

La encarnizada crítica que han vertido los grupos de intereses durante todos estos meses de la transición se verá mermada cuando, con fidelidad histórica, la Presidencia ejerza el poder constitucional, y AMLO no dude en echar mano de todas las facultades que van más allá de las constitucionales.

¿Diga Usted si no es un paradigma nuevo el que los cientos de delegados que tenían las dependencias federales dejen de existir, y que en su lugar fuera nombrado una persona que se encargue de coordinar los trabajo federales en cada entidad?

¿Y el modelo de seguridad pública que sin hipocresías moviliza al Ejército Nacional, a la Marina Armada de México y a la Policía Federal bajo un solo mando, no para enredar al país en una espiral de violencia militar, sino para tornar en legal, civil y posible a esa fuerza bajo la denominación de Guardia Nacional?

Los cerca de siete mil quinientos Centros Integrales para el Desarrollo llevan la mirada del Presidente y de sus funcionarios a todo el territorio nacional, prestan servicios directos a la población, pero también instauran una nueva forma de ejercer el poder político, se llama cercanía.

La austeridad no es bandera de campaña, es definición personal del tabasqueño que hoy despacha en Palacio Nacional, no es una pose, es una característica inmanente, y la llevará a los límites que la sociedad mexicana ordenó el día de las elecciones, aunque para ello sea necesario enfrentar resistencias poderosas, como la de los gobernadores, los jueces y magistrados, y la más recia, sus propios correligionarios de Morena.

Porque sí, esa, la de los morenos y morenas, sí es resistencia y oposición, verá Usted que de ahí dimanará la más terca, después de todo llegará un momento en que se pregunten ¿De qué nos sirvió ganar con AMLO si no nos van a repartir poder, dinero o impunidad?

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