Por: Juan Torres Velázquez| Escritor Mexicano con formación en la UNAM | @yotencatl

Durante el pasado enero se reinauguró el mural La Invención Destructiva, del maestro zacatecano Manuel Felguérez, que forma parte del acervo de la Confederación de Cámaras Industriales; esta obra, así como otras de la misma época, sobrevive como una de las insignias de la denominada Generación de la Ruptura, aquella que se caracterizó por romper con temas y materiales del Muralismo abriendo la puerta al arte moderno mexicano, pero también es muestra de la reafirmación del autor en un arte menos formalista y más abstracto constructivo, que al mismo tiempo refleja una de las posturas más críticas y preocupaciones de Felguérez: la del avance de la modernidad a costa de la destrucción de la naturaleza.

Las obras de la Generación de la Ruptura representan hitos de la cultura mexicana, que plantearon una nueva corriente en la creación plástica nacional a partir de la década de los cincuenta del siglo XX. Reflejo del pensamiento de la época supone un cambio sustancial en el arte mexicano: de perspectivas y objetivos, propuestas temáticas, tratamientos, materiales y discursos. Es la gran y última transformación estructural del arte nacional visto en su conjunto ya que después, o precisamente por ella, éste dejó de ser visto como identidad monolítica.

Al igual que en otros ámbitos de la vida nacional, la pintura mexicana de los cuarenta y cincuenta (un par de décadas después que en Europa o EU) se abrió al mundo, experimentando y adaptando otras corrientes plásticas para ser incorporadas en sus obras. La Revolución Mexicana y los primeros años de un desarrollo productivo prometedor dieron confianza a la sociedad y también se traslada esa búsqueda de identidad nacional a las expresiones artísticas, propias e independientes; la intensidad del flujo cultural entre México y el exterior provocó que nuestros creadores ya no buscaran imitar a los europeos sino, bien o mal, comenzar a dialogar con las corrientes y planteamientos provenientes del viejo continente.

El Muralismo y la Escuela Mexicana de Pintura, que dieron identidad a la expresión mexicana de la primera parte del siglo pasado y cumplieron su cometido histórico con grandes expresiones como las populares de Orozco, Siqueiros y Rivera, pero también del Dr. Atl o Juan O´Gorman prácticamente monopolizaron lo que en el extranjero se sabía del arte nacional, y hasta lo que los mismos mexicanos debían entender como tal.
Así, impulsada por José Luis Cuevas y acusada en muchas ocasiones como una ventana para la difusión personal de su obra, la Generación de la Ruptura ha quedado en la historia del arte mexicano como una de sus grandes transformaciones. Otros artistas relacionados con esta corriente son Vicente Rojo, Roger von Gunten, Alberto Gironella y el propio Manuel Felguérez, quienes junto a Cuevas de alguna manera formaban un grupo. Sin ser señalados directamente a ellos, algunos trabajos de Juan Soriano y Rufino Tamayo también son considerado como signo de aquellos tiempos.

La Invención Destructiva está compuesta por materiales poco ortodoxos para una representación plástica hasta ese momento tales como palancas, tornillos, tornos, ejes, poleas y demás partes de la mecánica industrial, hallados por el autor en tiraderos de basura y unidos con hilos de nylon, descontextualizados ya de su utilidad material y distribuidos espacialmente de manera armónica; al otorgar el título referido, el autor cuestiona al hombre sobre la transformación permanente que hace de la naturaleza, y al mismo tiempo establece la posibilidad de ubicar a la producción industrial como factor de aprecio estético.

Los conceptos de industria y arte, aunque parezcan lejanos, tienen muchas características en común: ambas disciplinas alteran los elementos que el hombre halla en su contexto, y buscan como principio y fin último la superación humana. Por medio de la producción del bienestar material (industria), y de objetos estéticos que contribuyen a la transformación del pensamiento (arte), las dos actividades tienen el potencial para hacer más habitable nuestro entorno y optimizar las relaciones entre los hombres.

La Invención Destructiva desde hace más de cuarenta años permanece fuera del auditorio de CONCAMIN. Por encargo del entonces Presidente de la Confederación Juan Sánchez Navarro, gran conocedor y aficionado al arte, el maestro Manuel Felguérez da forma en 1964 a este mural, de 5.92 x 3.09 metros, destruyendo a la máquina de su objetivo material y productivo para reinventarla y dirigirla hacia uno más subjetivo y abierto al diálogo con el espectador; de ahí el nombre de esta obra, que puede considerarse también sucesora de los ready made de Marcel Duchamp (objetos utilitarios del hombre que asumen una función artística).

La interpretación de una obra de arte siempre será subjetiva, y sujeta a diversos enfoques; sin embargo, es ineludible pensar que esta obra reviste valores simbólicos, sociales y éticos, en espera de ser revelados por el observador. La distribución cromática, sus medidas, formas, texturas y estructuras basadas en las líneas verticales que inciden en la mirada del espectador, remiten a una cuestión que en estos tiempos resulta más que vigente necesaria: ¿cuál es el lugar de la modernidad en el desarrollo integral de una sociedad?, ¿modificar el entorno con objetivos pragmáticos ofrece un mejor nivel de vida hoy y, sobre todo, para las próximas generaciones? Al privar a sus partes del sentido utilitario, la obra de Felguérez inquiere al espectador y lo lleva a un replanteamiento de los objetivos del progreso mismo.

Este mural, estático y dinámico a la vez, señala al hombre engranado en la actividad productiva y lo detiene un instante para meditar sobre su función en la sociedad: al unir elementos en apariencia distintos, como son el arte y la industria, Felguérez nos recuerda nuestra capacidad para transformar el entorno, pero a la vez también sugiere que esta transformación material debe sustentarse en un objetivo permanente por mejorar a la sociedad de maner integral, a través de invenciones constructivas.

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