El pasado primero de julio habrá cambiado para siempre el rumbo de la sociedad mexicana de tantas y tales maneras que necesitaremos tiempo, tal vez lustros para lograr cierto rigor histórico. Hoy no sabríamos si la de por sí exprimida clase media y quienes aspiran a ella fueron superados por el grueso de la raza, los más de 53 millones de pobres y otros tantos que ya no entran en esa métrica porque durante este sexenio cambiaron los criterios para definirlos y por gracia de la estadística oficial están en otro nivel; tampoco es claro si mero arriba surge un real cisma, como tímida grieta que termina partiendo en dos cualquier columna o simplemente esta vez no se pusieron de acuerdo. . . o tal vez sí y el resultado sea un pivote bien planteado que aminore presión social acumulada y revelada en gran media por las redes sociales y las nuevas maneras de comunicar que hacen público de manera impresionante todo lo habido.

 

Para bien o para mal y eso está por verse durante las pasadas elecciones ocurrió un gran cambio en lo político, y en lo que a algunos respecta el hecho de que una fuerza partidista y candidatos que se asumen de izquierda y reivindican la igualdad social lograra el triunfo en las urnas y vayan a ocupar la Presidencia de la República hace apenas algunos años era “utópica desmesura, un disparate de rojillos revolucionarios, ideales de lucha encarnados por rebeldes izquierdosos, resentidos y necios sediciosos” desde huelgas de tiempos revolucionarios, los movimientos estudiantiles y sociales, el 88 o el 94 .

 

Al mismo tiempo puede parecer, a menos en este inicio una nulidad de objetivos, alegre sin razón de ser y una vacuidad de motivos de lucha y resistencia al caer no sólo el partido hegemónico de siempre, tal vez esta vez para siempre, sino hoy también y al menos en apariencia todo un modelo político – económico sostenido por “esbirros del sistema neoliberal capitalista que mantenían sometido al pueblo a instancia de los grandes oligarcas” (permítame resaltar comillas).

 

Será derivado de esa contradicción, o fieles a la tradición agria del contestatario pero la noche del primero de julio la gran mayoría de la gente de izquierda que un día conocí no celebraron ni expresaron beneplácito por la llegada de AMLO al gobierno: como si fuera necesario para el rebelde ser oposición, años de esfuerzo y lucha, resistencia ante del poder traducida en injusticias, muertos y desaparecidos que al final de cuentas se convierte en la fuerza misma para seguir, o será mera desconfianza por los “amigos del peje” que van desde el artífice del fraude del 88 hasta no pocos personajes de dudoso historial que nada tienen que envidiar a los priístas ni mucho menos que ver con los ideales de “primero los pobres” o “acabar con la corrupción”, que nos recetaron durante la campaña electoral más larga de la historia. Y el discurso de odio y el peligro para México quién sabe en qué punto de esta historia se convirtió en una fiesta democrática, de tal suerte que habría comenzar a analizar si debemos celebrar, desconfiar o de plano asustarnos ante una septicemia generalizada en todos los niveles de nuestra sociedad.

 

Los activos y activistas políticos de paliacates rojos y palestinas alrededor del cuello se mantuvieron callados; los otrora tímidos izquierdistas, abúlicos ante lo político y hasta conservadores esta vez se convirtieron en feroces defensores del candidato y sus propuestas que no fueron muy distintas a las que ningunearon hace seis o doce años (si acaso más pausadas), y en diversos sectores desde hace más de un año se fue suplantando la idea del loco peligroso por una aceptación generalizada.

 

¿México ha cambiado, caducó ese enfoque y polarización de quienes se asumen con una orientación política de izquierda, por erradicar una insana y persistente desigualdad de clases? No lo creo, será hasta el momento en que los ricos tengan un poco menos de lo que ya no necesitan, los pobres algo más de lo que sí necesitan para sobrevivir y las oportunidades sean parejas para ambos; será hasta el momento en que sólo el esfuerzo y la  dedicación diaria sean parámetros para determinar el valor de las personas; será cuando, entonces si, podamos decir que esa visión “radical” ya no tiene razón de ser (permítame, querido lector, resaltar de nuevo el entrecomillado pues radicales no son las personas sino la realidad ante la cual se inconforman).

 

Quién sabe por qué pero desde el primero de julio, e incluso meses antes de la elección se escucha menos eso de chairos, desapareció el miedo a los pejezombies y se ven unas muestras de compromiso social quién sabe de dónde y uno piensa: si eso fuera el país hubiera cambiado desde cuándo.

 

Así, volteada la realidad de nuestro querido y surrealista país (egoístas hablando de unión, rebeldes callados y los de siempre convertidos en agentes del cambio) días después y ante provocación directa, con su necia o resistente acritud hacia todo lo político e institucional llegaron los zapatistas, eperristas y algunas cuantas otras voces otra vez a aguar la fiesta, a rasguñarle la victoria a nuestro Benito Juárez del siglo XXI y decir que no, en realidad nada ha cambiado hasta el momento, seguramente porque en todo este tiempo los indios han aprendido y reaprendido a desconfiar, como si no supieran que esos diques de desigualdad no se van a romper tan fácilmente, con esa desconfianza atávica y hasta genética que no por nada.

 

Mientras tanto, y conste que aún faltan cuatro largos meses para la llegada del nuevo gobierno comienzan a acumularse las expectativas, la incertidumbre por saber si efectivamente es distinto ser oposición a estar en el gobierno, las preguntas dominan el ambiente y las respuestas de quienes desde ahora ocupan casi por completo la agenda pública mexicana y definen los conceptos de la mentada cuarta transformación nacional parecen insuficientes.

 

Por supuesto todos queremos que le vaya bien a México con el próximo gobierno, las esperanzas están renovadas y será muy complicado revertir décadas de mentira, saqueo y corrupción; sin embargo, y ante temas como el del fideicomiso para los damnificados de los sismos y el probable mal uso de recursos por parte de la estructura morenista que pondrían en serios problemas de credibilidad al próximo gobierno desde el principio y sus fundamentos, o el rumbo tan inquietante que vayan a tomar las renegociaciones del TLCAN entre ríos revueltos de cada lado, parece que la incertidumbre crecerá.

 

A ver cómo va esta experiencia mexicana ciertamente inédita, esperamos que bien. Es cierto que hoy parecería un disparate plantear como solución nacional la abolición del Estado o la propiedad privada, la autogestión, el autogobierno y los conceptos del anarquismo (más aplicables a espíritus libres e independientes que a sociedades enteras); pero, también es cierto, que los ideales de igualdad social, el beneficio común por encima del personal, cuidado de los recursos por encima de un progreso que a veces más parece capricho o comodidad y otros tantos conceptos y motivos de la orientación política de izquierda hoy son más que convenientes muy necesarios, indispensables como fiel de balanza desinteresada y crítica, pues los mexicanos corremos el riesgo de perder la perspectiva y comenzar a ver como una cuestión de grado todo aquello que ha demostrado ser opuesto feroz y, hay que decirlo, ha dejado muchos muertos e historias de injusticia en el camino.

 

Espora. Según reportó uno de los principales medios nacionales impresos de comunicación, en algún foro latinoamericano de izquierda realizado por sus gobiernos hace unas semanas no se habló de México como un triunfo de los principios. Las utopías caen, eso está muy bien, sólo si se llevan consigo los motivos para alzar la voz y protestar.

 

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