Por: Javier Díaz Brassetti.

De los discursos de Hillary Clinton o de Donald Trump lo que verdaderamente debería preocuparnos no son las propuestas, las promesas y los compromisos que encierran sino la molestia, el enojo y la indignación que pudiera provocar su incumplimiento.

Muy pocos políticos del Círculo Rojo escriben sus propios discursos; si, marcan ideas, líneas de pensamiento, corrigen, formulan preguntas en torno al texto, pero no tienen el tiempo, la paciencia y el esmero que requiere preparar un mensaje sustancioso.

Escritores fantasma y asesores, tejen en lo oscurito esa red invisible de términos, oraciones, frases que serán la carnada para que los medios piquen y analicen, resalten, interpreten, denosten, aplaudan.

Al final, la candidata, el mandatario, el funcionario en la cumbre se verán envueltos por discursos que, si bien reflejan su pensar y su sentir, no necesariamente manifiestan lo que son, lo que quieren o lo que pueden hacer.

Si antes la gente no perdonó, ahora menos lo hace. El pueblo se indignó cuando supo que María Antonieta de Austria respondió al comentario: se mueren de hambre con una sentencia ilusa: pues que coman pastel; lo defenderé como un perro fue la oración que usó José López Portillo para referirse a su conducta en relación con el peso, y la opinión pública después de la devaluación se burlaba llamándolo perro.

George Bush padre debe en mucho a su expresión: lean mis labios el no haber sido reelecto, no le perdonaron que los impuestos sí subieran a pesar de la promesa.

Las palabras que otros escriben han causado el fin de brillantes carreras políticas cuando los hechos consiguen desmentir a quien las leyó, a quien las repitió aceptándolas como suyas.

En el Reino Unido, víctima de un discurso sin convicción, pero lleno de complacencia, Cameron ofreció un referéndum para que los británicos escogieran quedarse o no en la Unión Europea. Al darse cuenta de la trascendencia de una promesa que tal vez ni se le ocurrió, intentó rectificar; muy tarde, la gente que vota impulsó el tan criticado Brexit.

En otro caso de víctima de sus palabras, Francois Hollande ha tenido que soportar en donde se para el grito de ciudadanos que lo llaman asesino porque prometió mano dura contra el terrorismo y las muertes de inocentes en Niza lo desmintieron.

Por estar en campaña, por salir al paso de una catástrofe, por intentar responder al disgusto popular, se dice lo esperado: ningún inmigrante más subirá a la bestia, habrá despidos para los maestros que no estén frente al grupo, con toda humildad les pido perdón…, bla, bla, bla.

Y zummm ahí está la realidad, la bestia sigue cargando inmigrantes, los maestros continúan en paro, y sucesivos escándalos demeritan la humildad del perdón.

Se repite: si antes la gente no perdonó, ahora menos lo hace, y aunque los humanos cada vez seamos más propensos a lo que Haruki Murakami llama en su libro El elefante desaparece, la nobleza de la imperfección -definición fantástica de aquellos pequeños perdones que vamos otorgando a los demás exonerándolos de sus también pequeños errores, siempre a condición, claro, de reciprocidad-, el estallido de la bomba es sólo un asunto de tiempo.

¿Cuál es entonces la solución?, ¿dejar de prometer?, ¿comenzar a cumplir?; ¿despedir a los asesores y a los escritores fantasma? ¿tener el valor de gobernar con más hechos que palabras?

Tal vez la bomba se desactive disminuyendo la brecha entre lo que se dice y lo que hay. Nuestra molestia inconsciente fruto del divorcio entre lo que se puede y lo que se quiere, se expresa, afirmó Freud, con síntomas neuróticos: obsesión, hostilidad, violencia.

Si la respuesta, la declaración, el discurso continúan por el camino de la evasión, de la omisión y de la farsa que solivianta espejismos; si el candidato, la mandataria, el funcionario en la cumbre no asumen y manifiestan haber asumido la verdad; si persisten en su descuido, su negligencia, la inmediatez y la falta de compromiso con sus palabras, será un hecho que  la peligrosa molestia inconsciente, acabará por estallar.

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