Por: Leonel Serrato. Los políticos son víctimas de su ego, ese que les impulsó en su oportunidad, que les sirvió de motor para no rendirse y conquistar las más altas esferas del poder público, se les revierte cuando su yo es más grande y poderoso que sus virtudes.

En un sistema electoral como el nuestro se convierte en Presidente de la República, Gobernador, Senador, Diputado o Presidente Municipal el que obtiene la mayor cantidad de votos, aún fuera uno, es decir que resulta electo el más querido, o el menos despreciado.

En la pasada elección presidencial resultó triunfador Enrique Peña Nieto, pero con apenas un poco más de un tercio de los votos totales emitidos, porque quedó muy cerca Andrés Manuel López Obrador y poco detrás Josefina Vázquez Mota, con los tercios restantes.

En regímenes electorales como el español, que ahora vive su prueba de fuego con la división entre cuatro partidos fuertes y no han podido formar gobierno, las alianzas en el parlamento dilucidan esas mayorías tan precarias.

La fórmula de la mayoría, aún siendo relativa, soluciona en algo el problema de designar a los titulares de los órganos del Estado, pero plantea un tremendo problema cuando de gobernar se trata, y peor aún cuando el electorado le pierde la confianza a un gobernante.

En los sistemas parlamentarios eso no tiene problema alguno, pues la moción de censura o pérdida de confianza se vota y se conforma una nueva mayoría en torno a un nuevo líder; pero en los regímenes presidencialistas eso es un inconveniente mayúsculo, y puede llevar a la parálisis del Estado, como ocurre en Brasil o Venezuela (con todo y que en la República Bolivariana existe la Revocación de Mandato).

En México estamos viviendo la peor mezcla de todos los problemas que se presentan en los diversos regímenes: Enrique Peña Nieto fue electo por una mayoría relativa muy precaria, y durante su gobierno ha tomado decisiones acompañado de una mayoría parlamentaria apenas suficiente, haciendo que tales medidas sean absolutamente impopulares, como las llamadas reformas laboral, educativa, fiscal y energética.

Esas decisiones, que para muchos son indispensables, han lastrado la popularidad del titular del Poder Ejecutivo a límites nunca vistos en la historia política de nuestro país, aunque no se deben sólo a su ejercicio de gobierno.

El Presidente Peña es, con mucho, el líder político de América más impopular, de hecho la suspendida Presidenta Dilma Rousseff tenía más positivos cuando dejó el poder que los que tiene Peña Nieto, y aún el Presidente Nicolás Maduro es más aprobado por sus conciudadanos que él.

¿Qué inconvenientes tiene esa bajísima aprobación ciudadana a la gestión de un político ejecutivo?

Recién lo vimos en las pasadas elecciones, Peña jala hacia lo hondo a su partido y a sus aliados, por muy buenos que sean sus candidatos, como ocurrió en Aguascalientes y Veracruz, por ejemplo.

Las decisiones económicas y fiscales, aunque sean las correctas, son observadas con un profundo recelo de parte de los contribuyentes, y el peso de la severa crisis que agobia al país porque el mundo está de cabeza, se le achaca, quizás sin razón, al Presidente.

Las medidas en contra de la corrupción, por las que clama el país entero y que exigen los organismos internacionales y nuestros socios económicos, se toman con desdén e incluso se reprueban, forzando al líder político a ceder ante la más mínima presión, como la que ocurrió cuando los empresarios hicieron su primera manifestación de protesta en la historia.

Evaluar a los maestros y premiar el trabajo es inadmisible para el magisterio no afiliado al sindicato oficial, y para millones de mexicanos nos es absolutamente repugnante por su emisor, aún cuando el sentido común nos indique que lo que se mide se mejora.

Llamar a la inversión privada en áreas otrora estratégicas, como la petrolera, es una traición a la Patria si la medida la firma Enrique Peña Nieto, por más que a pesar de la apertura todos sabemos que vendrán pocos inversionistas por los precios absurdamente bajos de los hidrocarburos.

Lo que usted guste, de la vida pública nacional, se ve dañado por el hecho de que el impulsor de los cambios sea odioso a los ojos del pueblo, aunque sea bueno lo que entrañan esas reformas.

En contrapartida Enrique Peña es tremendamente popular entre los columnistas –para criticarlo–, entre los caricaturistas y moneros, entre los jóvenes que se solazan haciendo memes, a cual más hilarante por lo ingenioso, y entre los publicistas, porque los contrata al por mayor, con la ingenua esperanza de que algo podrán hacer por él.

Tanto choca a la gente Enrique Peña que incluso ha “contaminado” a su esposa, que de ser la queridísima “Gaviota”, estrella fulgurante y señera para el pueblo telenovelero de México, ahora es el culmen de la deshonestidad y el arribismo, vean si no el caso de la Casa Blanca de Enrique Peña, cuando en realidad es de Angélica Rivera, pero… ¿Alguien le cree a la “Gaviota” que compró la casa con su indemnización al dejar Televisa?

Lo peor de todo es que nada indica que Peña vaya a recuperar la estima de la gente, ni aunque se muriera súbitamente; Felipe Calderón, de quien yo mismo alguna vez escribí que era un criminal que había bañado en sangre al país, o Ernesto Zedillo, la eminencia gris, incapaz hasta de sonreír, fueron presidentes más populares que el elegante, guapo e impecablemente peinado Enrique Peña, y eso no puede ser creíble, porque Calderón no ganó las elecciones, y Zedillo se encumbró sobre el cadáver de un político muy querido por la mayoría.

A estas alturas podrá usted pensar, ¿y Miguel Ángel Mancera a cómo da el kilo de piñas?

¿Cuál es la receta para ser popular? ¿Cómo lograr que el Pueblo ame a un político? No lo sé, pero creo encontrar un tónico que quizás ayude a que por lo menos no se les malquiera más: Que hagan lo que sea bueno para el Pueblo, aunque sea malo para ellos, para sus socios, para sus amigos, y para sus partidos.

 

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