Por: Javier Díaz Brassetti.

Está más que demostrado que las gestiones de gobierno que a lo largo de la Historia han estado al cargo de mujeres son y fueron tan buenas o mejores como las de los hombres. Dos de los Estados más poderosos y cultos del mundo están gobernados, uno por Theresa May, otro por Angela Merkel. Sin duda entonces, una mujer como presidente de la nación más poderosa de la Tierra podría garantizar un mandato sólido de grandes beneficios.

Nada más que de llegar Hilary Clinton a la presidencia de los Estados Unidos estaríamos presenciando otra vez el flagrante atentado en contra de uno de los principios de la democracia moderna: La Igualdad.

Por supuesto que de convertirse en la 45ª presidente de la Unión Americana habrá evidencia que allí no hay igualdad, pero tampoco la hubo en 1824 cuando fue electo John Quincy Adams, hijo del segundo presidente de aquella nación y tampoco en 2001 cuando George W, Bush, hijo del presidente George H.W, Bush, llegó a la Casa Blanca.

La igualdad de oportunidades, el fin de los privilegios dinásticos y la erradicación del nepotismo han sido, aún antes de la Revolución Francesa uno de los más fiables argumentos que sostienen los principios democráticos.

En Arabia Saudita, Brunéi, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Suazilandia…, por su condición histórica, todavía hoy las esposas, los hijos, los parientes del monarca tienen plena certeza de aspirar a la sucesión o siquiera a un hueso. Pero ni en Escandinavia, España, el Reino Unido, los Países Bajos, Japón, Tailandia…, las dinastías pueden gobernar. Sí, reinan, pero no gobiernan.

¿Cómo es entonces posible que en América, ya en la segunda década del Siglo XXI, hijos, sobrinos, esposas y parientes de un mandatario, que han estado cerca de información secreta, confidencial, clasificada; que han tenido acceso a contactos, relaciones, acuerdos, cuenten con la posibilidad de aspirar a suceder en el puesto a sus padres, sus cónyuges, sus tíos…?

¿De qué clase de Democracia estamos hablando?, ¿piso parejo? Ya en Canadá gobierna el niño Trudeau, en Panamá ya gobernó el niño Torrijos; en Argentina, Cristina Fernández, esposa del ex presidente Kirchner, en Cuba, el hermano de Fidel…

Está bueno que en países tan atrasados como Corea del Norte todavía gobierne Kim Jong Un, conocido como el hijo de su papá, pero ya hasta en Haití huyeron las esposas, los hijos y los parientes de los Duvalier.

Para una empresa privada y familiar, pasa, pero ¿para un Estado libre y soberano?, ¿dinastía, sucesión, nepotismo, el poder del apellido? Los Moreira en Coahuila, los Torre en Tamaulipas, los Monreal en Zacatecas, los Yunes en Veracruz, los Murat en Oaxaca, ¿qué pasó?, ¿Democracia?

Frente a la pulsión de la sangre perdemos todos los demás. Es el más competente, pero nadie pensará que su papá, el presidente de la República,  lo eligió por su capacidad, parafraseando a Mauricio González De La Garza que en su libro La última llamada, publicado en 1980, denunció  la designación de José Ramón López Portillo como Subsecretario de Programación y Presupuesto, presumiéndolo como el orgullo de su nepotismo.

Es inequitativo que Hilary sea presidente de los Estados Unidos porque ella ha tenido a su alcance oportunidades que dejan fuera a cualquier otro, así también resulta falto a la igualdad democrática que los Del Mazo en el Estado de México, los Madrazo en Tabasco, los Velasco en Chiapas, los Moreno Valle en Puebla, apoyados en sus derechos dinásticos, exijan oportunidades para gobernar.

No a la Dinastía Democrática, no a un principio de inequidad, aunque se trate de personalidades tan competentes y carismáticas como Cuauhtémoc Cárdenas o como Miguel Alemán Velasco.

Es involución, anacronismo inaceptable. Puede tratarse de los más calificados, pues claro, mal si no lo fueran con un padrino como el papá, el tío o el esposo. Nadie duda de la inteligencia de personas como Margarita Zavala o Claudia Ruíz Massieu, una reina consorte y la otra infanta; nadie pone en tela de juicio los valores y la experiencia de Rafael Tovar y de Enrique De La Madrid, uno príncipe consorte y el otro príncipe, pero no se vale competir con ventaja porque es abuso.

El hijo de un herrero, de un abarrotero, de una financiera, de un médico, ¿a qué se van a dedicar sino seguramente a la profesión de sus padres?, esta lógica nos lleva a suponer que así puede ser en la cosa pública.

Corrijo, pudo ser, pero ya no puede ser porque nepotismo y derechos dinásticos dieron prueba suficiente de impunidad; porque privilegian estirpe, raza, pulsión de la sangre, predominio de unos genes sobre otros, intercambio de feromonas a la misión objetiva de un estadista.

Una mujer en la Casa Blanca ofrecería un gran ejemplo y provocaría, como nunca, la tan ansiada por todos, igualdad de los sexos, pero no la ex esposa de un presidente porque el mensaje nos quedaría claro también a todos: hay equidad de género, pero no de oportunidad.

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