Por: Leonel Serrato Sánchez

Analista Político

Vivir en México es un reto gigantesco para la mayoría de la población, no sólo por la pobreza, que es ya es el elemento más poderoso para mal vivir, sino sobre todo por la violencia y todos los males que acarrea.

Nos hemos ido acostumbrando a vivir en la violencia de los criminales y la del Estado, y nos parece normal sobrevivir.

Que nuestras casas, oficinas y negocios sean fortalezas rodeadas de muros altos, rejas, alarmas, cercas electrificadas, es tan cotidiano como respirar, aunque sepamos bien que nada de eso funciona, y cuesta mucho dinero; pero pagamos por miedo, y eso es un absurdo; la razón de existir del Estado moderno es dar a la ciudadanía protección, mediante leyes, tribunales y fuerza.

En las democracias sólo el Estado debe tener el monopolio de la violencia, cualquier signo de que algún factor real de poder está ejerciendo o amagando con la violencia, implica que el Gobierno le reprima en forma ejemplar, mediante fuertes sanciones en tribunales, multas multimillonarias, prohibiciones de hacer, cárcel o muerte.

El simple ejercicio de verificar si el Estado, a través del Gobierno, tiene la fuerza necesaria para cumplir con sus fines, nos indica si funciona o no; desde luego que el nuestro no funciona. En nuestro país hace muchos años que el Estado dejó de tener el monopolio de la fuerza y de la violencia; y nos parece natural y correcto que tengamos gobiernos incompetentes, blandos –o excesivamente duros–, distantes o torpes para lidiar con los miles de factores que diariamente lo retan, y lo derrotan.

El Estado Mexicano hoy día es un ente debilitado, postrado, y esencialmente incapaz de revertir esa situación; le han dañado poderosamente los golpes que diariamente le infringen sus propios ciudadanos, o peor, sus propios órganos institucionales y sus titulares. El origen de la violencia es, muy en el fondo, la pobreza; el origen de la pobreza es indudablemente la corrupción, porque con ella se impide el ejercicio de todas las libertades, señaladamente el libre acceso a la Justicia. Corrupción, pobreza y violencia: un eje del mal que tiene como columna vertebral al miedo.

Miedo a denunciar los actos de podredumbre pública y privada, miedo a enfrentar los monopolios y las prácticas infames contra la libertad comercial; miedo a conformar una mayoría de buenas personas, para enfrentar a los malos, los que asesinan, los que torturan, los que lastiman, los que trafican con la esperanza; para enfrentar a los gobernantes corruptos, los funcionarios y empleados públicos ineptos, flojos, ladrones o abusivos.

Ese miedo lleva hoy día a miles de nuestros jóvenes a convertirse en el combustible de la violencia criminal, sea porque son víctimas inocentes o ingenuas herramientas.

El miedo postra a los gobernantes, le tienen miedo a sus subalternos, los empleados públicos a los que durante décadas llenaron de privilegios, horarios cómodos, altos salarios y prestaciones imposibles, para tenerlos enrolados en sindicatos que luego usaban como arietes contra otros trabajadores; hoy esos consentidos tienen sometido a cualquier gobierno, desde el más humilde municipio hasta a la Suprema Corte.

Los políticos, en el poder o suspirando llegar a él, están aterrorizados con esa nueva forma de expresión que son las llamadas redes sociales, vanidosos y torpes creen que obsequiando todo y eludiendo la toma de decisiones serán aprobados, o al menos que lograrán pasar desapercibidos; no le entienden a las formas de participación que surgieron con la era de Internet, y les tienen mucho miedo.

Los mortales tenemos miedo de salir de nuestras casas y no regresar porque nos asaltaron y el delincuente lleno de miedo no supo qué hacer y disparó; vivimos con la esperanza de que nuestro auto esté donde lo dejamos, de que nadie haya saqueado nuestra casa; que nuestras hijas e hijos regresen a salvo de una fiesta; que el cajero automático no nos de un billete falso; vaya, tenemos un miedo terrible hasta de perder el celular o que no tenga señal. Los malos, los corruptos y los tontos con cargo público tienen miedo a una sola cosa: el que un día sus víctimas se harten, se pongan de pie, y les planten cara.

Ellos tienen miedo a que seamos una sociedad genuina, de personas libres; les asusta sobremanera que en lugar de objetos y masa, exista ciudadanía. Sus peores pesadillas giran en torno, no a la prisión, ni siquiera a ser abatidos, sino a perder el inmenso poder que les genera la industria y el comercio del miedo.

La llamada Primavera Árabe no hizo otra cosa que sacudir y desterrar el miedo; los Indignados se pusieron de pie y tienen hoy a prueba de fuego a todo el sistema democrático espa- ñol, incluso su unidad territorial; los liberales del Partido Demócrata de los Estados Unidos pondrán las condiciones a la candidata Hillary Clinton, porque el Senador Sanders les hizo perder el miedo; por la razón correcta o no, los seguidores de Trump han llevado al orate hasta donde está porque perdieron el miedo a expresar su irracionalidad; los argentinos le perdieron el miedo al chantaje sindicalista, eligieron recuperar el control de su economía y caminar lo más lejos posible del populismo; los venezolanos ya no le tienen miedo al fantasma del Coronel, como los chilenos no temen a sus soldados, y en Brasil a sus contradicciones.

¿Sabe usted cuánto le cuesta a México el tener miedo? Le cuesta perder a decenas de miles de sus ciudadanos cada año, asesinados, desparecidos, o emigrados; le cuesta seguir sumido en la desesperanza y en la pobreza; le cuesta dilapidar sus recursos naturales, y cancelar su viabilidad nacional; le cuesta verse al espejo de la historia e indultarse por tantos siglos de sumisión.

Doce elecciones generales en otros tantos estados están en curso, los temas brotan incontenibles: corrupción sin límites, pobreza no disimulada por las obras faraónicas, y violencia brutal; en todas, el miedo, la angustia por el futuro. Usted ya sabe cuánto cuesta el miedo ¿Seguirá pagando?

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