Esperar 4 años para volver a vivir la magia del futbol, no es algo fácil. Miles de personas, empiezan a ahorrar, a planificar, a reservar vuelos y hoteles en un país que, seguramente, está muy lejano al propio. Hay personas que es el único viaje que realizan y se preparan económicamente para ello, durante cuatro años.

Y cuando llega la fecha, la emoción, la pasión, por ir tan lejos a apoyar al equipo de casa, es sin lugar a dudas, algo indescriptible. Desde el momento que toman su vuelo y se encuentras a otros, que como ellos, se dirigen a vivir su sueño más anhelado. Claro que, también hay personas que se avientan a la aventura y viajan, como coloquialmente le dicen, de mochilazo, sin un peso en la bolsa y con la esperanza de que todo se resolverá al llegar a su destino. Sea cual sea la manera de llegar, el objetivo es el mismo, apoyar al equipo nacional.

Llegas a un país, con una cultura muy diferente a la tuya, con un idioma que no conoces, sin embargo, el gusto por este deporte logra una hermandad universal.

Haces nuevos amigos, aprendes de cómo viven y no se diga de los paisanos que te encuentras por allá, se vuelven tus hermanos, tus “compas”, tus parientes, se crea un lazo de fraternidad, pocas veces visto.

Cuando te encuentras lejos de tu país, todo se vuelve añoranza, si un extranjero se acerca y te dice algo en tu idioma, si en un restaurante ves un platillo de tu tierra (aunque no se acerque al original), al escuchar el Himno Nacional de tu país, son cosas que estrujan el alma cuando estás lejos de casa. Pero la alegría de esta fiesta futbolera hace que todo se borre y sea un mar de algarabía.

Llega un punto, en donde no existen banderas, son los colores del gusto por el futbol, los que consiguen esa alianza inquebrantable, que se obtiene con el resto del mundo.

Y los que lo viven desde casa, no es menos bullicioso; hay todo un ritual previo al partido, la botana, la casa del compadre, la playera y las ganas de gritar desde el sillón, dando instrucciones a los jugadores como si pudieran escuchar. Festejar un gol y gritar a lo grande, es inevitable, no importa que te vean raro ni que te escuchen a la lejanía, no se puede contener el entusiasmo de un placentero goooool.

Vivir un mundial es genuinamente, algo excepcional.

Vivamos esa pasión como hermanos.

Vivamos el futbol gritando: ¡Vamos México

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