Por: Leonel Serrato Sánchez

sí existe una razón, común a todos estos espacios en donde parece haberse impuesto la locura en agravio de lo mínimamente razonable

 Cuando a finales de 2015 el entonces primer ministro del Reino Unido, David Cameron convocó a un referéndum para decidir si Gran Bretaña se quedaba o salía de la Unión Europea el mundo observó fascinado como se desarrolló ese despropósito, pero nadie lo vió con preocupación, porque estaba tan lejos de todo lo racional el divorciarse de Europa, que nadie le dio importancia.

Y de pronto el mundo del revés se hizo realidad. La mayoría de los británicos votaron por irse de Europa, el ahora tristemente célebre “Brexit”.

En el otro lado del mundo, décadas de un conflicto armado que le costó la vida a millones de personas inocentes trocó a su fin, la paz estaba a un paso en Colombia, bastaba que se aprobaran en un referéndum los términos y condiciones pactadas por el presidente Juan Manuel Santos; el mundo saltó jubiloso y quedó claro que el sacrificio de millones de colombianos tendría un final feliz.

Pero las sombras de esa maldición que hizo posible el “Brexit” también cayeron sobre el proceso de paz colombiano, y ante el estupor mundial se reveló el resultado contrario; sólo en las mentes más enfermas cabía que la ciudadanía rechazara la paz, pero así fue, la mayoría se opuso.

Iguales situaciones se fueron sucediendo en otros paises, tales como Francia, en donde se empezó a empoderar la ultra derecha; en Alemania en donde perdieron las elecciones regionales los demócratas cristianos que sustentan a la actual Canciller Federal Angela Merkel; Italia, en donde sorpresivamente cobró mayoría una rara expresión de populismo mezcla de izquierdas y radicales de todo; España, que duró casi un año sin gobierno por la emergencia de corrientes de izquierda y de derecha fanáticamente confrontadas que pulverizó el voto; Filipinas, en donde fue electo presidente un político cuya demagogia tiene fascinados a los más extremos, sin que se tenga clara alguna tendencia hacia izquierda o derecha, sólo contestataria e impaciente; o Guatemala donde un comediante es trágicamente electo Presidente.

Y es en ese pesado ambiente global en el que tuvieron lugar las elecciones generales en los Estados Unidos, que como ya había comentado en una colaboración del mes de octubre, estuvieron polarizadas desde las internas o primarias, y alcanzaron su clímax, no porque los partidos estuvieran confrontando sus propuestas, sino porque se convirtieron en un lodazal escandaloso.

Escribí que Hillary Clinton era la peor candidata demócrata de la historia, y que estaba en peligro su triunfo no porque el candidato republicano fuera la mejor propuesta, sino porque ella era pésima, incapaz de animar a los millones que sí estimuló Barack Obama; imaginemos el extravío entre los demócratas estadounidenses que hasta el veterano radical, el Senador por Vermont Bernard Sanders, se percibió como una bocanada de aire fresco frente al “establishment”.

Los estadounidenses votaron mayoritariamente, como en el “Brexit” los británicos, o en el proceso de paz los colombianos, por dar un paso al vacío y esperar a ver qué pasaba.

Pareciera imposible explicar el voto de los norteamericanos, vea si no, hoy día aún no tenemos idea de lo que verdaderamente provocó el batacazo británico, pero sí existe una razón, común a todos estos espacios en donde parece haberse impuesto la locura en agravio de lo mínimamente razonable: el hartazgo.

La gente se hartó de sus propios sistemas democráticos, y su voto es una clara repulsa a todos ellos, es una franca consideración a que son esencialmente inútiles para los fines que impulsan hoy en día a la mayoría de las personas.

Tome usted la causa que sea en cada país, o en cada espacio de decisión mundial de estos últimos meses, y con apenas dificultad verá usted que el voto es la voluntaria sangría de las personas, es una autoinmolación, es un acto de contricción tan profundamente dramático con el que se quiere expiar el pecado de estar sostendiendo a sistemas caros, inútiles, corruptos y mentirosos, que se han ido convirtiendo en una espiral descedente del que las personas exigen salir, sin importar qué o quién les sirve de escalera o punto de apoyo.

Las personas que han sacado a Gran Bretaña de Europa, los que impiden la conclusión del proceso de paz colombiano, los que hicieron nuevamente presidente a Mariano Rajoy en España, los millones de votos que empoderaron al insano Rodrigo Roa Duterte en Filipinas o los que entregaron Roma a Virginia Raggi, candidata de un partido fundado por un cómico, aunque ella misma no es cómica como sí lo es Jimmy Morales en Guatemala, todos esos votantes sabían a las claras que lo que estaban haciendo era no decidir, sino gritar con un tono desesperado, no sólo en forma de quejido, tampoco como una dolencia más, sino como un acto de protesta, que pareciera más un berrinche infantil.

Las personas que han votado así en todo el mundo saben que su decisión es dañina, y aún así acuden a otorgarla para expresar con ella un reclamo, aunque el reclamo cueste quizás más que aquello de lo que se duelen.

No es la generación de los Millenials a quienes debería echárseles la culpa de ese voto como clamor enloquecido, sino a la de los que les precedimos, y aún a nuestros padres, a quienes sí se nos puede culpar de varias cosas trascendentalmente graves, pero la más, el suprimir la esperanza de los que nos suceden.

Son las llamadas generaciones “Y” o “Generación MTV” y la anterior, de los “Baby boomer” las que llenas de miedo ante las decisiones rupturistas y de cambio de los Millenials, jóvenes hiperinformados, y liberales, metieron reversa y aplastaron el auto contra la cochera de su propia casa.

Este voto enloquecido en todo el mundo es el estertor final de una humanidad vieja, incapaz de percibir la necesidad e inminencia de una nueva organización social, deseosa de retrasar el cambio que viene; no en balde el próximo presidente de los Estados Unidos es un hombre de 70 años. Esos aterrorizados padres y abuelos han ganado, por ahora.

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