Por: Armando Guzmán | @Armandoreporta | guzmanmediagroup@aol.com

En Washington mucha gente está sorprendida de que un populista de izquierda le haya caído tan bien a un populista de extrema derecha. Imagínense las enormes diferencias ideológicas que parecen haber entre Andrés Manuel López Obrador el nuevo presidente de México y el hombre que hizo del materialismo el centro de su manera de ser y pensar.

Es cierto que hay coincidencias muy grandes entre los dos, la principal que ambos serían capaces de cualquier cosa con tal de asegurar que sus seguidores nunca los abandonen. Aun así, lo que usted leerá de aquí en adelante le va a sorprender, lo sé porque a mí casi me hizo caer de la silla.

Resulta que las relaciones de Estados Unidos con México que no avanzaron tanto como el gobierno mexicano anterior quiso, ahora con el nuevo gobierno mexicano, están caminando… “de maravilla”.

Ahora resulta que el Presidente López Obrador, no solo ha sido amable y tolerante con el gobierno de Trump, sino que, en lugar de mostrarle un lado duro e intransigente, ha sido francamente encantador. Solo escuche las alabanzas que el mismo Trump ha hecho del nuevo presidente mexicano.

¿Qué ocurrió? En realidad, muy poco, lo único distinto que hizo López Obrador fue simplemente darle al gobierno de Estados Unidos, todo lo que en Washington le piden. La situación es tan única que en Washington le llaman: “La muy extraña gran relación del Presidente Donald Trump con el izquierdista presidente de México”.

Y usted ha sido testigo, ambos, tanto Trump y López Obrador se deshacen en cumplidos de uno para el otro. Y cada vez que han hablado por teléfono de ambos lados se subraya “la gran cordialidad y coincidencia de los presidentes”.
Imagínese usted lo imposible que era anticipar que la relación entre los dos países iba a estar en estos buenos términos después de los insultos de Trump hacia México, hacia los mexicanos y hacia sus gobiernos.

Solo acuérdese de como el Presidente de Estados Unidos llamo a México “un país totalmente corrupto” recuerde como innumerables veces dijo que “el crimen masivo en México” se convertiría en una amenaza a la seguridad nacional estadounidense.

El más reciente insulto fue culpar a México por “no hacer nada” para detener a la invasión de centroamericanos a Estados Unidos. Antes de que le hierva la sangre y lo lleve a querer envolverse en la bandera, respire profundo, cuente hasta 10 y analice el aparente movimiento estratégico de López Obrador.

En la relación agridulce de los llamados “vecinos, socios y amigos distantes”, la historia y la cercanía los forzó a jugar juntos. En Washington los que conocen sobre estos asuntos dicen que la diferencia principal entre los dos presidentes es que en cuanto a la relación de México con Estados Unidos Trump está jugando al póker, mientras López Obrador está jugando una muy metódica partida de ajedrez. Un jugador es impulsivo, el otro es muy medido. Uno tiene objetivos muy claros y metas que sacarle a la relación, el otro la usa solamente para reafirmar que sus seguidores votaran por el aun en las malas.

Cuando usted lea esto, habrán pasado ya algunos días desde que Martha Bárcena Coquí la nueva embajadora mexicana empezara a despachar en la embajada mexicana en Washington. Los objetivos de la embajadora son muchos, pero sin duda hay dos principales, el primero mantener cerca a los dos presidentes, el segundo es explicar claramente en Washington las nuevas prioridades mexicanas de la relación.

La intención del nuevo gobierno mexicano es cambiar los temas eternos de la relación, la seguridad, el combate a las drogas y la inmigración, por los del desarrollo económico mexicano. Antes ha dicho la nueva embajadora se trataba de “poner por delante la seguridad hoy, lo más importante es el desarrollo” y cuando habla de desarrollo usted tiene que entender que se trata del desarrollo económico de México.

La ecuación que la nueva embajadora trae en el portafolio es para hacer que Trump a cambio de qué México le ayude deteniendo a la migración centroamericana se haga socio del desarrollo mexicano del sureste la razón ha dicho ya la embajadora es que “sin desarrollo no habrá forma de enfrentar los temas de violencia y de inseguridad”, que tanto le preocupan a Trump.

La meta inmediata por parte de México es alentar a que los dos países sigan manteniendo una relación mucho más cordial que la que hubo con el gobierno anterior, esa relación se malogró con los discursos de campaña de Trump sobre el muro, por eso el actual gobierno de AMLO no ha dejado de repetir que el muro es asunto interno de políticas interna de los Estados Unidos, el muro no es asunto que forme parte de la relación entre los dos países. Y hay otra diferencia entre los nuevos objetivos que tiene México con el gobierno en Washington, es buscar que la relación sea más institucional, porque eso la hace más firme. Recuerde usted que el gobierno anterior baso su relación con Estados Unidos en la simple relación personal de su Secretario de Relaciones Exteriores con Jared Kushner el yerno de Donald Trump. El cambio es claramente más práctico y para evitar poner todos los huevos en una sola canasta.

Lo verdaderamente importante es lo que le voy a contar ahora. En esta nueva relación México tiene la intención de establecer un programa muy importante de trueque, en el que México ayude a Estados Unidos, pero solo a cambio de que Estados Unidos ayude a México.

Cuando usted lea esto estarán por cumplirse dos meses del nuevo gobierno mexicano, apenas la nueva embajadora mexicana en Washington estará asentando los pies en la capital de Estados Unidos, y López Obrador ya podría estar avanzando en un plan ambicioso para que Trump ponga en México casi tanto dinero como el que sería necesario para construir todo el muro.

Y es que vea usted las cifras de crecimiento económico de México, algo pasa con este crecimiento que sigue estancado en un 2% anual, y si no se hace algo drástico ese mediocre 2% continuará siguiendo a los mexicanos como el fantasma del mundo en desarrollo.

La cuestión no es fácil de resolver porque usted se tiene que preguntar qué más drástico se puede hacer que lo que ya se ha hecho; abriendo la inversión extranjera hasta los altos niveles que tiene hoy, dejando que los capitales extranjeros expriman enormes ganancias del trabajo de los mexicanos.

¿Qué más se puede hacer? Qué tal desarrollar lo que no ha sido desarrollado nunca, el sureste de México. Esa tierra caliente en la que no es necesario sembrar organizadamente nada para que algo crezca.

¿Qué tal aprovechar el miedo que Trump le tiene a las migraciones de gente de piel café? hacia Estados Unidos, ¿qué tal ofrecer que esos migrantes se queden en México? y nunca siquiera se acerquen a Trump. Qué tal ponerle un precio a este favor de 20 mil millones de dólares. Con esa cifra hay tanto que podría desarrollarse en el sureste mexicano, incluido el tren maya, y veinte cosas más que además sirvan como un filtro natural que impida que la migración centroamericana que tantas agruras le causa a Trump se quede en México. Después de todo si el plan saliera como está diseñado, harían falta trabajadores en México.

¿Se da cuenta del juego de ajedrez de AMLO? La embajada mexicana en Washington, antes de que la embajadora Bárcena se hiciera cargo de ella, nos llamó una mañana a los periodistas mexicanos en la capital de Estados Unidos para explicarnos lo ventajoso que este nuevo plan seria no solo para México sino también para los países centroamericanos.

Pero dos días después se les bajo el entusiasmo y toda la alharaca se apagó porque a alguien se le ocurrió que parecería que México estaba poniendo en venta sus principios y que eso lo estaba haciendo ni más ni menos que ante Trump. Días después se dijo que el gobierno de Trump nunca había ofrecido seriamente ninguna inversión específica a cambio de que México conscientemente se convirtiera en su guardia de inmigración.

Como Estados Unidos había manifestado en público interés en invertir en el proyecto de López Obrador en el sureste surgieron análisis y comentarios en México y acá en Estados Unidos diciendo que más que inversión se trataba de créditos desventajosos que a nadie en México o en Centroamérica le interesarían.

Pero esto no debe cambiarnos la atención porque la idea de que Estados Unidos ayude a desarrollar al sureste mexicano a cambio de que México ayude contra la migración centroamericana no está grabada en piedra, pero le aseguro que está escrita ya en papel.

La meta del nuevo gobierno mexicano es tan firme que incluso Martha Bárcena Coquí la nueva embajadora de México ante la Casa Blanca dice que su agenda está en explicar al gobierno de Trump las nuevas prioridades de la relación, porque ha dicho la nueva embajadora “hoy lo más importante es el desarrollo por qué sin desarrollo no hay forma de tener una visión real de la inmigración y sin desarrollo no hay una forma de enfrentar los temas de violencia y de inseguridad”.
Dele vueltas en la cabeza, como idea y como meta no son malas. Y podría decirse incluso que podría ser hasta más ambiciosa si los americanos le siguen la corriente a AMLO. Lo curioso es que, hasta ahora, parecen estar haciéndolo.

Solo revise usted a la prensa estadounidense y a la prensa internacional, hay que reconocer que, hasta ahora, existe mucho menos turbulencia en la relación de AMLO con Trump, que la que ocurrió durante la Presidencia de Enrique Peña Nieto, y conste que al presidente mexicano anterior en Washington lo consideraban un político más conservador y más orientado al libre mercado.

Hoy los funcionarios de ambos gobiernos dicen que Trump y su contraparte mexicana se respetan mutuamente como nacionalistas, dicen también que con su manera franca, clara y realista de hablar y de negociar los dos presidentes fueron capaces de crear nuevos movimientos “anti-establishment” “antisistema” que los elevaron a la presidencia.

Se lo menciono porque este punto de vista a pesar de salir de lados opuestos de la visión ideológica podría explicarnos porque estos dos hombres tienen coincidencias que los unen más allá del simple populismo que los empujo a sus presidencias. Recuerde usted por favor que, en este tiempo de las comunicaciones por todos los medios y plataformas, las cosas ya no ocurren aisladas.

Si bien las descripciones periodísticas de López Obrador como “el triunfo de México” están sobrevaloradas, es posible que al mismo tiempo fuera de México esto haya convertido a AMLO en un líder más respetado en el exterior. (No sabemos qué efecto tendrá la escasez de gasolina en la forma en la que AMLO será visto en el futuro en el extranjero) lo que le puedo decir es que, al menos hoy en los Estados Unidos, ciertamente lo siguen viendo como alguien enigmático.

En Washington han oído mucho sobre él, pero no lo conocen y eso hasta ahora eso ha favorecido a su imagen de líder nacional. Al Presidente de Estados Unidos le gusta que todos lo vean como a sus antecesores, como al principal líder mundial y es muy claro que a Trump le gusta pensar que ha creado un movimiento político más amplio que Estados Unidos, y que su inspiración es mundial.

Por eso hasta hace poco, era tan difícil imaginar a dos políticos más distintos, pero a la vez mas coincidentes y más unidos por su visión interna acerca de si mismos que los hiciera estar más reorientados a ser fácilmente incendiables. Y esto es curioso, solo recuerde usted como antes de postularse a la presidencia de México, AMLO criticó a Trump llamándole incluso “un matón irresponsable” y un “neofascista”. Recuerde usted cómo en junio de 2017, López Obrador publicó un libro de sus discursos en defensa de los derechos de los migrantes mexicanos llamado “Escucha, Trump” en el que lo comparó su actitud y su conducta hacia los mexicanos, con la forma en que Hitler actuaba hacia los judíos.

Pero siempre político, López Obrador cuando vio que había ganado las elecciones, su lenguaje se volvió cada vez más diplomático. Recuerde como también la nueva actitud mexicana sobre la relación con Estados Unidos no es nueva, de hecho, López Obrador se adelantó a Trump cuando inmediatamente después de ganar la presidencia le escribió una carta de siete páginas en la que le detalló su agenda interna y en la que también le propuso una “una nueva etapa en la relación” basada en el respeto y en los intereses comunes.

Esa carta hizo que a mucha gente en México se le pararan los pelos de punta por un pasaje en el que, López Obrador incluso comparó su triunfo electoral con el de Trump, diciendo que ambos lograron “desplazar al establecimiento político”.

López Obrador, una vez convertido en presidente electo cambio también en otros temas que acercan a México y a Estados Unidos y después de haber sido un ácido crítico del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, o NAFTA, demostró rápidamente su disposición a reevaluar su trabajo y sus críticas en una nueva relación comercial con la administración Trump. Claramente este nuevo criterio es el que tenía en mente cuando emplazo a Jesús Seade Kuri, de negociador del nuevo tratado comercial con Estados Unidos y Canadá, a la muy importante y crucial Subsecretaria de Relaciones Exteriores encargada de los Asuntos de Norteamérica.

Recuerde que gracias a la influencia del Subsecretario Seade Kuri, el Presidente electo incluso antes de asumir la presidencia, acepto todo lo negociado en el nuevo tratado comercial de Norteamérica por el gobierno mexicano saliente.

Recuerde también que entonces surgió otro tema importante que incluso dividió a la delegación mexicana: Cuanto debía consagrarse en las reformas petroleras de libre mercado de México en el tratado. López Obrador se jactó entonces de que Trump terminara de su lado, aceptando un lenguaje que enfatizaba la soberanía de México.

López Obrador recuerdo muy bien dijo en un mitin político en octubre; que, ante su posición en la negociación, el mismo Donald Trump había dicho entonces: “Vamos con lo que quiere el Presidente electo de México”. (La Oficina del Representante de Comercio de los Estados Unidos Bob Lighthizer nunca respondió a nuestras preguntas acerca de si esta cita mencionada por el presidente electo de México era cierta).

Ya hecho presidente los analistas y los funcionarios mexicanos en el nuevo gobierno dijeron que la actitud del nuevo presidente hacia el nuevo T-MEC o viejo TLCAN reflejaba su pragmatismo. Incluso llegaron a decir que la economía de México dependía en gran medida del comercio con su vecino del norte.

Con todo lo anterior lo que parece quedar muy claro es que López Obrador ve más ventajas en ser diplomático y político con Trump, que en tener desencuentros con él. Ahora cuidado, no hay que asumir que, si bien el nuevo líder mexicano está buscando buenas relaciones con Trump, eso va a impedir que Trump le dé la espalda o responda en las formas tan características de Trump.

Por ahora es muy claro que el nuevo gobierno de México está de acuerdo en mantener una actitud amistosa y dócil en su nueva relación con Estados Unidos. Pero no lo malinterprete, lo está haciendo, pero solo en lo que le conviene.

Tampoco olvide usted que en Estados Unidos se ve al presidente López Obrador con una popularidad, al menos por ahora, mucho mayor a la que Pena Nieto tuvo. Lo que también se ha cumplido es lo que López Obrador dijo tantas veces. Lo están respetando en Estados Unidos más por la impresión que existe al menos hasta hoy, de que el a diferencia de los anteriores, su misión es terminar con la corrupción.

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