Por: Vanessa Guerrero Belmont | @Vannbelmont | vanessagbelmont@gmail.com

Todos estamos familiarizados con el reciente incidente hacia los estudiantes del CCH que fueron atacados por el grupo de estudiantes denominados “porros” al intentar manifestarse pacíficamente en las instalaciones de CU.

Los alumnos que realizaban el meeting, tenían el propósito de exigir mejores medidas de seguridad por inconformidades sucedidas en el CCH Azcapotzalco, cuando un grupo estudiantil porril, que confirmados por el rector eran de diferentes escuelas, intervinieron con violencia a sacarlos de las instalaciones.

De acuerdo con el doctor Hugo Sánchez Gudiño, catedrático de la UNAM, los grupos porriles iniciaron hace casi 80 años, “se formaron grupos de animación en ese entonces para apoyar a los equipos deportivos, usaban cachiporras para golpear a estudiantes o grupos rivales y de ahí salió el nombre de porros; después algún grupo político vio que
podía utilizarlos para su beneficio y los empezó a financiar”.

Lo que quiero rescatar sobre esta declaración, es que en efecto, los grupos porriles son financiados por grupos políticos. Personas que continúan creyendo que pueden reprimir la fuerza inevitable de estudiantes inconformes.

Consecuentemente, las personas que integran estos grupos son jóvenes de bajos recursos y poca educación que se hacen pasar por estudiantes. A ellos los mantienen presentes en los campus sin obligación de tomar clases, y cada que los necesitan acuden sin preguntar el por qué, a generar conflictos.

Pero esta vez, los líderes de estos grupos de choque (y sí, me refiero a los políticos) cometieron varios errores. El primer error, quedarse en el pasado y creer que pueden seguir usando estos grupos y pasar desapercibidos. Quizá en generaciones pasadas les funcionó pues que no había quién los evidenciara en tiempo real, pero esta vez subestimaron las redes sociales.

No tuvo que pasar ni una hora para que en Twitter ya fuera tendencia “UNAM”. Los estudiantes inmediatamente se movieron para publicar las fotos que habían sido tomadas y así encontrar la identidad de los atacantes. Para antes de que terminara el día, ya conocían a 18 de los participantes de la trifulca.

A estas alturas, la sociedad joven está consciente de que se haría lo que fuera para evitar una anarquía. Pero esto ya no es 1968, no es posible llevar acabo una matanza masiva y no culpar a alguien. Los estudiantes no tienen miedo de volver a levantarse en masas y lograr que se les escuche a pesar de las posibles amenazas que existen.

Así que si las autoridades deciden seguir utilizando estos recursos para reprimir en las
escuelas.

Más de uno saldrá con las manos manchadas.

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