Margarita Ester Zavala Gómez del Campo casó con un joven y prometedor abogado en el año de 1993, y aunque su carrera partidista despegó en ese año, ahí no nació esa inteligente abogada, ella ya era alguien hacia el interior del Partido Acción Nacional PAN, quizás con mayor proyección que su esposo, aunque su propia condición femenina en un ambiente muy machista la retuvo.

 

Su marido, Felipe Calderón, a quien la historia registra ya como el Presidente de la Guerra fallida contra el narco, obtuvo de Margarita Zavala una compañía discreta, serena, distante de las estridencias de Martha Sahagún, quien como esposa de Vicente Fox no sólo era un factor de poder al interior de la presidencia, sino muchas veces un fuerte dolor de cabeza para el ya de por sí sedado jefe de estado.

 

Calderón fue no sólo un presidente que se caracterizó por la violencia desbordada que provocó su estrategia de combate al crimen organizado, sino también por su parquedad política, pero ahora como expresidente ha hecho todo lo contrario: cero prudencia, permanente enfrentamiento hacia el interior y hacia fuera del PAN.

 

El michoacano ha terminado por granjearse los odios que eran incipientes cuando ejercía la presidencia, y ha logrado coordinar con eficiencia, seguramente no deseada, a todos sus enemigos.

 

El problema fundamental no lo enfrenta él, ni padecerá sus consecuencias, sino su esposa, de la que no queda hoy día para nada claro si desea ser candidata presidencial para ser presidenta, o sólo para mantener una basa de poder en el PAN.

 

Si Margarita Zavala tiene aspiraciones reales, muy pronto se dio cuenta que los adversarios a los que debe vencer para lograr sus metas no son los partidos opositores, en este caso el Partido Revolucionario Institucional PRI, o el Movimiento de Regeneración Nacional MORENA, ni mucho menos el Partido de la Revolución Democrática PRD; tampoco debe buscar a sus más letales enemigos entre los demás que pudieran aspirar a la candidatura presidencial del PAN, tales como el exgobernador poblano Rafael Moreno Valle, el ex canciller foxista Luis Ernesto Derbez Bautista, ni siquiera Ricardo Anaya Cortés, el líder nacional blanquiazul, sino que el peor enemigo en la carrera, prácticamente imbatible, es Felipe Calderón Hinojosa.

 

Quien se le ha puesto enfrente a la señora Zavala Gómez del Campo es su propio marido, y aunque pareciera que ha sido de forma inopinada, en realidad sí lo es, porque el expresidente obedece sólo a sus propios mandatos, por muy obcecados que parezcan, es su naturaleza “desobediente” la que lo trae en pleno activismo en contra de su propia esposa.

 

Si Felipe Calderón no logra entender el enorme daño que está causando a las aspiraciones, por lo demás legítimas y hasta comprensibles, de su consorte, las consecuencias son fácilmente predecibles: Zavala no será candidata panista, y si lo es independiente será punto menos que testimonial.

 

Arrastra Margarita Zavala toda la animadversión nacional que un expresidente odioso y odiado puede concitar; pero además sintetiza todas las reyertas internas en el PAN, lo quiera o no, porque no parece poderse desligar de su esposo.

 

Para muestra un botón, en su naciente gira nacional a bordo de un autobús morado, tocó turno a San Luis Potosí; a su equipo le pareció del todo natural que la señora Zavala usara el legado democrático y cívico del doctor Salvador Nava Martínez, el héroe cívico potosino que transformó las instituciones electorales de México al encabezar una gesta épica sin precedentes, pacífica hasta el sacrificio personal e inmaculadamente honrada hasta no parecer mexicana.

 

Quiso Margarita colocar una ofrenda floral en la estatua que los potosinos le erigieron al galeno demócrata y al intentarlo se topó con el muro infranqueable de un grupo de navistas que se lo impidieron al tiempo que sostenían cartulinas reclamando explicaciones por la muerte de los niños de la guardería ABC y los miles de asesinados y desaparecidos en la guerra contra el narco.

 

Si bien podemos decir que gritarle “asesina” a la esposa del expresidente Calderón fue del todo injusto, en el fondo el grito no era para ella, sino para su activista y principal enemigo, su esposo.

 

Si Margarita sigue por los caminos de México a bordo de su autobús morado, ya probó en San Luis Potosí que enfrentará una permanente oposición, no a sus ideas, no a su persona, vaya, ni siquiera una oposición a su candidatura misma, sino al hombre con el que ha compartido su vida desde aquel lejano 1993.

 

Parece que lo sucedido en el territorio navista es un presagio de lo que le espera a Zavala de Calderón, y aún peor, porque lo que llevó a la gente esta semana pasada a increparla fue el civismo histórico y ejemplar, pero en otros lugares el agravio es directo, tienen nombre y apellido en las personas de los cientos de miles de víctimas de la violencia criminal que emprendió el gobierno calderonista, o los trabajadores despedidos, o los políticos lesionados por el actuar presidencial.

 

Definitivamente Margarita Zavala está en vías de convertirse en otra víctima de Felipe Calderón, y si se lo propone, en una intentona que ni rastros dejará.

 

Imagino que en el Comité Ejecutivo Nacional del PAN la felicidad desbordaba cuando vieron los videos de la recepción que un grupo respetado de ciudadanas y ciudadanos le tributó a la señora Zavala en San Luis, conscientes de ello, ahora parece confirmado que la viralización de los sucesos en la capital potosina no tuvo lugar por su propia significación, sino que recibió el empujón de la dirigencia nacional, para que finalmente ella mida el alcance de enfrentarse a Ricardo Anaya y a su exitosa gestión al frente del partido.

 

Pueden decir misa cantada en latín, pero Anaya lleva colgándose una medalla tras otra en su jefatura nacional, y aún a pesar de Margarita –boicoteada por Felipe Calderón y sus inexplicables yerros y falta de tacto– ya está en las calles reclamando un liderazgo opositor que pinta para enfrentar a Andrés Manuel López Obrador.

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