Por: Eduardo Sadot Morales Figueroa| @eduardosadot| sadot16@hotmail.com

Para el 2058 lo que es seguro para mí, es que no estaré vivo, no aspiro a cumplir 103 años entonces, pero muchos que esto leen, seguramente que si vivirán en ese año, lo que hace interesante soñar o imaginar cómo será el México del 2058, el tema puede abordarse con pesimismo y con optimismo, hacerlo con pesimismo no conduce a nada, nadie con dos dedos de frente piensa en un futuro sombrío, pensar así, perdería la esencia misma de la naturaleza humana.

Jugar al Aldo Huxley y su obra “Un Mundo Feliz”, a Alvin Toffler con el “Shock del Futuro”, a Giovanni Papini en “Gog” o su “Libro Negro”, a incendiar el papel como Ray Bradbury en “Fahrenheit 451” con modesta pretensión, frente a esos grandes literatos de lectura obligada o mínima, apenas para una ínfima formación cultural.

Para el 2058 faltan cuarenta años, puede parecer estéril para algunos, imaginar al México de ese año, como dijeran los escépticos – me refiero a los filósofos de esa corriente de pensamiento – que sostienen frente al tema de la muerte, que no les interesa porque “mientras yo esté ella no está y cuando ella esté yo ya no estaré”.

Pero si consideramos que un sexenio en la vida de un país no es nada y que seis años en la vida de una persona tampoco son nada, entonces pensar, y sobre todo planear para los próximos cuarenta años en México, no solo no es descabellado – es decir jalado de los pelos – sino además es necesario, indispensable, pensar generosa y filantrópicamente o al menos manifestar como debiera ser el México dentro de cuarenta años.

Para empezar, mis lectores ya no serán los mismos, seguramente habrán tomado las riendas de los destinos del mundo los Millennials y harían las cosas como las habrán hecho siempre, con el uso de las nuevas tecnologías, me pregunto si para entonces habrá todavía vendedores ambulantes, si la explosión demográfica que representa desde tiempos de Malthus, una amenaza a la economía se habría reducido. Nada más de pensar en la cantidad de niños que llegarán al mundo para entonces, pensar primero si habrá espacio, que llegarán demandando alimento, educación y escuelas, salud, espacios laborales, en una palabra, oportunidades para vivir, desarrollarse y sobre todo destacar en alguna materia, para trascender.

Cuantas cosas novedosas habrían de haberse inventado para entonces, suponiendo que no nos acabáramos el planeta antes, que tampoco nos hubiese alcanzado algún meteorito o estrella fugaz, que fuera de órbita, se cruce en nuestro camino planetario o hasta que el mismo sol, no fuera tragado por algún agujero negro vagando por el universo.

Se habrá despejado la duda del ambicioso, novedoso y moderno Nuevo Aeropuerto Internacional de México, (NAIM) para entonces también sabremos si la decisión de construir refinerías, fue buena, cuando los hidrocarburos como fuente de energía se hayan agotado o estén a punto de agotarse.

Sabríamos si para entonces, las instalaciones de Pemex son museos o parques ecológicos, como hoy en Monterrey la famosa y emblemática Fundidora de la capital de Nuevo León, esa misma, que detonara el desarrollo en aquel Estado, ahora es centro de convenciones y recreo.

Para entonces, México habrá logrado el desarrollo ferroviario que estuvo estancado y aniquilado por los transportistas durante más de cien años, tanto de pasajeros como de carga. Habrán desaparecido para entonces los riesgos de toparse en carretera con un tráiler doble remolque con sus 38 llantas desgastándose diariamente con la fricción contra la cinta asfáltica transformada en hollín, contaminara la atmósfera o las emisiones a la atmósfera de diésel de un motor por cada dos vagones, para solo dos contenedores. Esas cajas de metal en los que transportan por barco toda clase de productos, los mismos que una sola locomotora transporta cien.

Si tuviéramos infraestructura férrea nos ahorraríamos tanta contaminación, pero claro, ya no sería negocio para el transporte de pasajeros, para todas aquellas famosas flechas rojas, cuyo lema popular era “primero muertos que llegar tarde”.

Se habría consolidado la infraestructura ferroviaria, uniendo al sureste de México con Panamá incluidos todos los países de Centroamérica. Se habría terminado el tren Tijuana-Los Cabos y detonado el desarrollo de la península de Baja California, sin el recelo de que nuestros primos los gringos, se apoderaran de ella.

Habría hecho realidad el túnel que atraviesa perforando el Ajusco, para comunicar a la ciudad de México con el valle de Cuernavaca en un viaje por ferrocarril de solo quince minutos. Seguramente para entonces ya sería algo común hacer el recorrido de Guadalajara a la Ciudad de México en poco menos de una hora mediante el sistema de viajar por un tren entubado a casi novecientos kilómetros por hora y en cuyo trayecto, en solo minutos estarían en León Guanajuato y Querétaro.

Nuestros jóvenes hablarían finalmente varios idiomas, con la facilidad y dominio de su lengua madre, serían competitivos frente a la población de todo el mundo y más por la cercanía con los Estados Unidos. Siempre que nuestros vecinos lograran sobrevivir a Trump. Quizá para ese entonces, la humanidad haya evolucionado y con ella la sociedad norteamericana y quizá se haya hecho una ceremonia como la de la demolición del Muro de Berlín y en un gran evento se demoliera el Muro de Trump, en caso de que haya terminado su periodo de gobierno si no es que el escándalo de su relación con Rusia le haya provocado su caída como a Nixon.

Para entonces México sería ya una potencia mundial, porque haya diversificado su mercado, se consolidara como importante productor y distribuidor alimentario y para entonces México, contaría con varios premios Nobel entre otros el de Economía ganado por José Antonio Meade.

Finalmente, el Presidente Andrés Manuel López Obrador, contra todos los pronósticos, cumplió su promesa de respetar la Constitución y no obstante pudiendo perpetuarse en el poder, permitió una transición pacífica, a pesar de haberse declarado admirador de Juárez, a diferencia de él, no siguió sus pasos gobernando hasta su muerte, y dejó un país en paz y modernizado.

Se habrían acabado las mafias sindicales; la de transportistas en todas sus manifestaciones; la de los poderosos grupos financieros y banqueros; las de los laboratorios farmacéuticos que mantuvieron cautivos eternamente a una población que tratando de mantener su salud, consumía medicamentos que sanaban unas enfermedades a costa de provocar otras; la delincuencia organizada habría perdido el motivo de su riqueza al abrir el mercado del consumo a la libre oferta; los jóvenes dotados de herramientas desde las escuelas primarias, se blindaron contra el consumo de estupefacientes lo que provocaría el bajo consumo hasta acabar con el negocio.

Habrían logrado las bacterias que comen plástico, acabar con la contaminación marítima. En fin, le invito querido lector, a aprovechar el tiempo, e imaginar cómo sería este país y este mundo en el 2058.

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