Mío

Por: Juan Torres Velázquez | @yotencatl

Esta historia pertenece al libro de relatos Place a pequeñas dosis el veneno (México, Carne de Dios Ediciones, 2016). Algunos ejemplares disponibles en la editorial.

 Temporadas completas saboreando la frase en la punta de la lengua: a través del viento, la lluvia o el frío desasosiego. En silencio, un pensamiento dicho dentro de la cabeza por lo bajo, un susurro mental, tres palabras dichas sin respiro entre una y otra y ninguna significa lo que quisiera decir. Tomando el sol de la tarde otoñal, en una tarde fría y escandalosa, por debajo del ruidillo del viento leve y pesado, con sus garritas sobre la dura piel de corteza y no decirlo

  • Tú eres mío.
  • Ajá – responde sin interés el árbol, acostumbrado a las altanerías de la joven lagartija.
  • No, en serio viejo: tú eres mío. Me perteneces, yo decido si somos o aquí permaneces, quién es bienvenido y el indeseable – bravuconeaba el pequeño y flacucho reptil con los ojos negros y avivados, el cuerpo escamoso, brillante y ágil como liga, mientras mordisqueaba uno de los brotes de hoja de las pocas ramas verdes que aún le quedaban al triste árbol a finales de noviembre.
  • Nadie pertenece a nadie o todos pertenecemos a todos, lo cual no te gustará aceptar. Si la amistad es manifestación del amor, acaso menos filial y orgánica, poco lasciva pero igual de intensa, posesiva, amargada por la ausencia y jubilosa dueña. . . digo que si la amistad es en cierto modo lo mismo que el amor y por tanto posesión, vaya amigo, soy tuyo y tú eres mío.
  • Jajaja, naaaah viejo payaso. No me quieras confundir con tus palabrerías. Eres mío, tú me perteneces y yo a ti no, ¿me entiendes? Mira, la cuestión es así de sencilla.

La pequeña lagartija da un brinco de lo bajo del árbol hacia la tierra y luego de la tierra al tronco, sujetándose con sus uñas a la corteza de manera sutil. Así una y otra vez. Estando en la tierra hace flexiones y menea la cabeza en un baile hipnótico sin ruido, se ríe del árbol, da un brinco y en la corteza hace más flexiones.

 

  • ¡Mira! Soy “tuya”. Ahora no. Tuya ¡No! Tú eres mío y yo decido qué hacer, si estoy o no contigo: me he alimentado de ti, eres mi sanitario y comedor, la oficina y el taller, la casa de campo y también si quiero puedes ser un barrio extraño. Yo decido qué hacer contigo, cuando quiera te abandono o regreso, no llego a dormir en tres días o invito a desconocidos y hacemos fiestas sobre tus ramas ¿sabes por qué? Porque tú eres mío, como la casa de uno. Un lugar.

El árbol parece desesperarse. Soporta al animal pues no le gusta estar solo y ahí clavado entre calles no cuenta alguien de su especie cerca. Pero ya es demasiado, todas las mañanas es la misma tontería y la misma presunción: como si ser animal y estar en movimiento todo el tiempo fuera un placer y no una penitencia, piensa el árbol para sus adentros. Frío e indiferente, le enseña algunas cosas.

  • No creo ser tuyo, lagartija. Tengo miles de veces más días en esta tierra que tú, soy más grande y más fuerte. Ni siquiera me conoces por completo: has habitado una parte de mi tronco creyendo que soy tu reino, si ni siquiera conoces mis propios límites, tonta monarca imaginaria.
  • Mío, viejo arrugado e inmóvil. Eres sólo mío. Puedo comer tus hojas o romper tu piel de corteza, arrancar los hongos que después de lluvias te brotan en los tobillos o rascar la tierra y hacer un tiradero; dormir en una u otra parte de ti, y para demostrarlo subiré a lo más alto de ti para conquistarte y repetírtelo desde allá arriba: eres mío.
  • ¿Y para qué quisiera un reptil tener de posesión a un árbol viejo y lastimado, perdido y olvidado entre el cemento y los autos, la basura y los pasos apresurados de la gente?-, dijo el árbol provocando socarronamente, mirando de reojo y con una sonrisa silenciosa al reptil, que aún no ponía en marcha sus palabras y seguía tumbado en la orilla de una rama con la panza hacia arriba y las patas levantadas y tiesas.

Tras un escandaloso bostezo donde exhibió una lengua larga húmeda y viscosa agitada alegremente, estiró los bracitos y las patas traseras, suspiró y alzó la mirada al cielo con cierta conmiseración, la pequeña lagartija se incorpora de un brinco y comienza a subir ágilmente, entre ramas y corteza brincando hacia algunas ramas, reptando por la corteza, subiendo rápidamente.

  • ¿Lo ves, viejo? ¡Tú ni siquiera puedes moverte! Al llegar a tu cima orinaré tanto que escurrirá hasta tus raíces y será una prueba más que eres solamente mío.

Después de un largo rato, mientras el reptil sube resoplando por las ramas y cortezas del viejo árbol, mientras éste canturrea una suave melodía con sonido del viento, sobre sus ramas secas de la parte baja de la copa llega a su destino, un poco cansada, es cierto, pero aún le restan fuerzas suficientes para disimular el cansancio y sonreír dueña de la circunstancia.

Lanza un grito apagado por sus pulmones cansados, y en el momento en que levanta sus bracitos hacia el cielo, en señal de júbilo y triunfo, el momento en que relaja su pequeña vejiga para orinar orgullosa sobre la copa del árbol de su pertenencia, en ese justo momento pasa un ave negra de gran pico y del pescuezo sujeta al animalillo, quien ya no alcanza a decir ni una sola palabra al árbol de su pertenencia.

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