Juan Torres Velázquez

@yotencatl

Corría 2003, nosotros teníamos veinticuatro años y Leonora rondaba ya por los ochenta y seis. Ayadlin y yo rentábamos un sótano cerca de Ciudad Universitaria, mientras preparaba mi tesis de licenciatura sobre elementos surrealistas en la narrativa de Cortázar ella buscaba motivos e ideas para sus pinturas; acudíamos con regularidad a exposiciones y eventos culturales para completar, no sólo lo aprendido en lecturas, clases y conversaciones, sino además la dieta y esa sed que acerca a las personas y nos ayuda a soportar las vicisitudes de la vida.

 

Se anunció la inauguración de una exposición con trabajos recientes de Leonora Carrington, la gran pintora inglesa radicada en México desde hacía décadas y denominada desde entonces como “uno de los últimos surrealistas vivos”, algún sábado a mediodía en una galería de Polanco; no sabíamos mucho de su vida y obra (con Leonora es una sensación que permanece a pesar de años), pero de alguna manera sabíamos de quién se trataba y habíamos visto su trabajo que nos hacía pensar en El Bosco o Brueghel, dos de nuestros santos patronos de la pintura de toda la vida. Acudimos, y aunque era un tanto lógico para sorpresa vimos ahí a la artista cerca de nosotros, casi a nuestro alcance, y con una mezcla de arrojo juvenil y querer ser parte de esa historia, Ayadlin decidió acercarse y solicitarle una entrevista para una supuesta revista estudiantil de la Universidad. Para nuestro asombro Leonora accedió a recibirnos tres días después, por la tarde, en el mismo lugar.

 

Llegado el día y compilados la mayor parte de datos sobre ella que de algunos cuantos ejemplares de bibliotecas pudimos obtener (hace sólo quince años aún no existía un acceso generalizado a la información digital y las miles de fuentes que hoy uno encuentra en la red), preparamos un cuestionario sobre asuntos generales del arte, el Surrealismo y su manera personal de concebir la creación. Acudimos al encuentro mi hermano Eliud como fotógrafo, Ayadlin y una vieja grabadora manipulada por quien esto escribe, nerviosos y confundidos, al intuir apenas lo que hoy vemos como un privilegio al estar de frente y poder conversar con una artífice de la historia moderna del arte, fundamental para entender la presencia en México de toda un generación europea después de la segunda gran guerra y fuerte influencia en el arte mexicano del siglo XX.

 

El encuentro fue un tanto atropellado. Leonora nos atendió en una pequeña sala, de la cual nunca salieron las encargadas de la galería y su secretaria particular, que para nuestro desconcierto hacía en ocasiones las de traductora no de una lengua extraña para la artista sino de lo que ella misma no quería escuchar o entender; a los pocos minutos se incorporaron un par de personas más que hoy dudamos si eran su esposo e hijo, a esperar sentados detrás de la escena.

Leonora llegó enfundada en un suéter y calcetas grises, zapatos negros, blusa y falda de color fiusha. Desde el principio su presencia nos pareció impresionante, a pesar de su pequeño cuerpo y esa mirada inquieta como de niña enmarcada por un rostro apacible y agrietado de mil arrugas que la hacían ver aún más hermosa; de inmediato nos pareció una mujer mágica, de una conciencia privilegiada con múltiples conocimientos a cuestas y una gran historia detrás; en su fragilidad y voz como venida muy desde dentro no del cuerpo sino del alma, podría intuirse una gran fuerza y determinación. Su aroma era característico, como si viviera en un sitio rodeado de pinos y flores y tierra mojada o el humus que le desprenden los rayos del sol a la mañana; sus ojos pequeños, muy expresivos, y su aliento como el té de la tarde bebido con paciencia. El tono de sus palabras era pausado y el volumen bajo pero no por ello débil, y resoplaba a cada rato por extrañeza, hastío o nuestra incapacidad para darnos a entender.

 

El cuestionario de quince preguntas pronto se agotó ante las respuestas cortas, un tanto hoscas y monosilábicas de la autora, en parte pienso por nuestra falta de claridad en los planteamientos, el nerviosismo e ignorancia de muchos detalles hoy conocidos gracias a los comentarios de otros autores, como la reiterada hostilidad de la autora a dar entrevistas o tener que explicar los motivos e intenciones de los personajes y situaciones de sus obras.

 

De las cuestiones que recuerdo le soltamos con cierta candidez una fue sobre qué le inspiraba al momento de crear y ella nos respondió que el pastel de chocolate que se había merendado, en una manera lacónica de decirnos que todo era posible y nada en especial; respuestas cortas a la presencia fundamental de los animales y temas de culturas antiguas en sus pinturas, y cuando Leonora vio la portada del libro que llevábamos con una obra de Wolfgang Paalen en la portada, ella se interesó, tomó el ejemplar entre sus manos, de largos y suaves dedos, lo miró y evocando con tristeza sólo alcanzó a decir “pobre Paalen” sin esperar respuesta o comentario de nuestra parte, según nosotros en alusión al trágico fin de sus días, hace muchos años, en una zona boscosa de la ciudad de México.

 

Al momento de preguntarle sobre la influencia de Max Ernst (experiencia de la cual después nos enteramos tampoco gustaba comentar) y la decalcomanía en su propia obra surgió una confusión: Leonora no escuchó bien o no quiso entender, yo no supe explicar la técnica que consiste en aplicar pintura líquida entre dos hojas que ejercen presión una sobre otra y luego se separan para crear formas imprevistas y armónicas, la traductora tradujo el concepto por calcomanía y la confusión se hizo aún mayor, en un breve diálogo sin sentido, que durante años me atormentó y hoy recuerdo divertido como un acto dadaísta o la más pura expresión de la imposibilidad de cualquier diálogo humano.

 

Leonora Carrington volvió a resoplar y dijo en inglés algo a sus acompañantes, miró por encima del hombro a los dos hombres que se sentaron a esperar detrás de ella y se dirigió a ellos con unas frases en otro idioma que no entendimos pero notamos su intención, y para salvar el encuentro dimos pronto por terminada la entrevista, emocionados y un tanto frustrados con la inaprehensibilidad de Leonora.

 

Al salir del sitio caí en la cuenta que no quité el seguro de la grabadora y por lo tanto no hubo audio registro de ello; en mi tesis no cupieron referencias ni fue pertinente emitir comentario al respecto, nunca realizamos artículo para revista universitaria alguna, las fotos se perdieron en alguna laguna mental o mudanza, y desde entonces sólo mantenemos el recuerdo como una grata experiencia, una más donde caemos en la cuenta que los conceptos y el tiempo no explican la realidad sino la limitan aún más. Y el recuerdo va desapareciendo, como la vida misma, como agua que se escapa entre las manos: cada día es más difícil cerrar los ojos y mirar la imagen de su rostro, a veces pienso que un día desaparecerá por completo.

 

Leonora Carrington Cuentos Mágicos, retrospectiva de la vida y obra de la autora se expone en el Museo de Arte Moderno hasta el mes de septiembre. Avenida de la Reforma, Ciudad de México.

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