La Habana es una ciudad increíble, con contrastes muy marcados, tanto a favor como en contra. La primera vez que la visité, en enero de 2015, apenas saliendo del aeropuerto, me quedé petrificado: lo primero que vi pasar frente a mí fue un Chevrolet Impala, modelo 1957 en excelentes condiciones.

¨¡Dios mío!” -dije para mis adentros-, ¡ése fue el primer auto de mi Papá! ¡En uno de esos me paseaba cuando yo era niño! Si mi padre lo viera…se me hizo un nudo en la garganta. Se lo juro amigo lector. Pero esa sola imagen me levantó una gran expectativa. Ya en el recorrido hacia el hotel tuve oportunidad de ver edificios magníficos. De un lujo y esplendor pasados, impresionante. Una delicia. Se notaba, era obvio, evidente, que hasta la época del Dictador Batista, antes de la revolución, se trataba de un país próspero. Pero después vendría el balde de agua fría…

Adentrándose en sus calles, conforme uno se aleja de la zona turística, la miseria, el hambre, la necesidad, son cada vez más palpables. Edificios en ruinas, literalmente deshaciéndose. Hasta parecía que habían bombardeado esa zona. Y la experiencia más deprimente para mí: afuera de una carnicería, larga fila de cubanos humildes, con su tarjeta de racionamiento en la mano, pero al pasar justo enfrente del establecimiento, alcancé a percibir un hedor que me pareció como de carne echada a perder. Insoportable.

También conocí a una actriz cubana, muy atractiva por cierto, que fue contratada por el Estado para trabajar como protagonista principal para una película. Largas jornadas de trabajo, de 12 a 14 horas diarias, de lunes a sábado, durante aproximadamente tres meses. Recibió como pago el equivalente a $1,500 pesos. Estaba feliz porque se sentía privilegiada al recibir un “jugoso” ingreso como ella lo llamaba. ¡Quinientos pesos al mes! Imagínese…

Y la desesperación. Uno de los taxistas que contaba con Doctorado en Matemáticas, muy culto, nos dijo a los turistas que transportaba que su hija de 17 años se moría por probar un chocolate occidental. Que era su sueño, su gran ilusión. Al siguiente día, uno de mis compañeros de viaje le dio la sorpresa: una barra de chocolate Hershey que había traído desde México.

El pobre hombre no daba crédito cuando pusieron el chocolate en sus manos. A sus cuarenta y tantos años, jamás había visto uno. Pero para sorpresa de todos los que estábamos ahí presentes, le quitó la envoltura muy rápido y literalmente se lo devoró en 30 segundos. No más. Acto seguido se soltó a llorar. Nos dijo con voz entrecortada y mucho sentimiento que se sentía culpable porque el chocolate no era para él, sino para su niña, pero que no pudo aguantar la tentación. Quería pedirle perdón a su hija. Estaba inconsolable.

Cuando regresé, un año después, en enero de 2016 para cubrir la llegada de la primera misión diplomática de los EU en décadas, algunas cosas ya habían cambiado. Grande fue mi sorpresa al salir del aeropuerto, pues en vez de ver pasar viejos pero hermosos autos clásicos, ahora vi estacionada justo enfrente una flota de taxis Honda, nuevecitos. Eran último modelo. A un lado varios camiones Pullman de lujo para transportar a los turistas.

Ya había disponible Internet de mala calidad, muy caro y no para todos, pero sí al menos para los cubanos que trabajan en la zona turística. Vi algunos jóvenes guías de turistas con IPhone y otros celulares de marca. Estaba de moda entre ellos traer una imagen de la bandera de Estados Unidos ondeando como fondo de pantalla. Nadie me lo platicó, lo vi. Síntoma de que la apertura, la llegada paulatina de inversiones y turistas estadounidenses, se estaba haciendo notar, poco a poco, en la isla.

¡Si hubiera visto eso el Che Guevara! ¡Qué hubieras dicho Camarada! ¡Seguramente vos habéis caído muerto otra vez! Por eso, durante un recorrido, en un tour en un autobús sentado en su segundo piso al descubierto, al pasar por una barda en una calle que lucía la leyenda: “la Revolución es invencible”, me dieron ganas de bajarme con una brocha y un bote de pintura para hacerle una pequeña corrección y poner: “la Revolución era invencible”.

 Como quiera que sea, al menos en la zona hotelera, estaba empezando a emerger una clase de pequeños burgueses.

En algunas personas nació y empezó a crecer la esperanza de prosperar aunque fuera un poco. De tener la posibilidad de hacer tres comidas al día. Y con la expectativa de que la ciudad de La Habana se convirtiera, a la larga, en otro Miami. De que sus hijos no padecieran la espantosa miseria que a ellos les tocó vivir…hasta que llegó Donald Trump.

En la mañana del 16 de junio de 2017, el Frankenstein de la ultraderecha republicana, como le dice nuestro corresponsal de Círculo Rojo en Washington, Armando Guzmán, canceló de un plumazo, por sus pistolas, el acuerdo de Obama con Cuba. Dio marcha atrás, por el momento, a la apertura. Un retroceso que perjudicará a la isla, pero no tanto a las élites políticas y militares comandadas por aquella mafia conocida como los Castro, sino sobretodo al hombre de la calle, a sus humildes habitantes con el freno de inversiones, menor consumo de turistas estadounidenses y fuga de capitales.

Una decisión que traerá frustración y desesperanza. Que echará por la borda, al menos en un tiempo, el sueño de miles de familias. Por eso, por desgracia, no puedo dejar de exclamar: “pobre Cuba…tan lejos de Dios y tan cerca de Donald Trump”.

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