Por: Juan Torres Velázquez | @yotencatl

Gracias a los adelantos tecnológicos actuales, y mediante estudios espectroscópicos no invasivos con los materiales y el estado general de las pinturas, hoy podemos saber con gran certeza los componentes de los colores empleados en las obras, y gracias a estas pruebas hoy sabemos que grandes artistas de América y Europa empleaban el rojo de la cochinilla con regularidad.

Desde hace algunos días y hasta febrero de 2018 se expone en el Museo de Bellas Artes “Rojo Mexicano: la grana cochinilla en el arte”, muestra que reúne grandes obras, algunas seminales de la historia moderna del arte que nunca habían estado en nuestro país, de artistas tan importantes y populares como Tiziano, Tintoretto, el Greco, Rubens, Anton van Dyck, Velázquez, Delacroix, Cezanne, Renoir y Van Gogh, todas ellas con el empleo en común, en mayor o menor medida, del rojo grana, pigmento versátil e intenso extraído de la cochinilla, el insecto Dactylopius coccus originario del continente americano, que se desarrolla como parásito en las nopaleras y posee grandes cantidades de ácido carmínico.

 

El uso de la cochinilla como pigmento para textiles y pinturas se remonta hasta la época prehispánica, donde fue empleada para la elaboración de documentos de gran valor histórico como algunos de los códices del grupo Borgia o el Mendoza, además de estar presente en diversas cerámicas y textiles de las culturas asentadas en el centro del país.

 

Posteriormente, y debido a su gran calidad como colorante, durante los siglos XVI y XVII la grana mexicana se convirtió en una mercancía suntuaria en toda Europa, al grado que se convirtió en el producto más comercializado y con más ganancias para la corona española, sólo después de la plata, símbolo de poder y riqueza; desde entonces, y hasta bien entrado el XIX cuando fue sustituida por colorantes sintéticos y tinturas vegetales como la anilina, el empleo de la grana mexicana se generalizó en las paletas cromáticas de varios de los artistas más importantes y como tintura de los textileros de todo el mundo, llegando a popularizar su empleo incluso en naciones como Japón.

 

Aun así, pintores del diecinueve como Delacroix, Van Gogh, Monet, Renoir y Seurat, entre muchos otros, mantuvieron por algunos años más entre impresionistas y nuevas corrientes expresivas de las artes plásticas el prestigio de la grana mexicana para dar vida e intensidad a los rojos de sus obras.

 

Gracias a los adelantos tecnológicos actuales, y mediante estudios espectroscópicos no invasivos con los materiales y el estado general de las pinturas, hoy podemos saber con gran certeza los componentes de los colores empleados en las obras, y gracias a estas pruebas hoy sabemos que grandes artistas de América y Europa empleaban el rojo de la cochinilla con regularidad.

 

En el caso de Vincent Van Gogh hoy se sabe con seguridad que el carmín adquirido a través de su hermano era hecho a base de cochinilla, en un caso único de preferencia y uso de este material del arte decimonónico, pues los análisis realizados en el museo dedicado a la memoria del artista en la ciudad de Ámsterdam han arrojado una presencia importante: en más de medio centenar de las obras más reconocidas del artista holandés que ahí se encuentran, está presente este pigmento proveniente de tierras americanas.

 

En múltiples obras del último periodo de vida del pintor holandés, sobre todo de los años 1888 y 1889, la cochinilla está presente en paisajes, diversos retratos y autorretratos, así como algunos de sus girasoles y naturalezas muertas más celebres; obras como Boulevard de Clichy, El Sotobosque, Dos Girasoles Secos, Ciruelo en Flor y La Cortesana, tienen esta característica en común.

 

De esa época, en la exposición de Bellas Artes, en el corazón de la Ciudad de México, permanece la tercera versión que Van Gogh hiciera a El Dormitorio en Arlés; de hecho se encontraron rastros de la grana en las tres versiones de esta obra, muy reconocida entre los amantes del arte y aficionados por ejemplificar las perspectivas y teoría de colores que manejaba Van Gogh, sobre todo el empleo del contraste cromático para causar efectos sensoriales directamente relacionados a emociones particulares. Asimismo, esta obra se caracteriza por la ausencia de sombras y volumen, influencia clara del arte japonés que por entonces frecuentaba el afamado artista.

 

Van Gogh fue un entusiasta del color y decía que, por sí mismo, ya expresa algo. En la obra a la cual hacemos referencia fueron hallados rastros de laca de cochinilla con base de calcio y aluminio, mezclada con azul cobalto y blanco del zinc para obtener un morado pálido.

 

  1. Dos años antes de su muerte, a su regreso de París Van Gogh se instala en Arlés, un poblado al sur de Francia, con el objetivo de fundar una escuela de color, como él la llamaba. Ahí, viviendo en la miseria, creó algunas de sus obras más emblemáticas; ahí pintó las tres versiones de la recámara, recibió a su amigo Gauguin y peleó con él, motivo de su primera crisis dos años antes de morir.

 

Al inicio de las Cartas a Theo, Van Gogh escribe, al calce de un boceto: “En esta ocasión es simplemente mi habitación; sólo que el color debe predominar aquí, dando con su estilización un tamaño más grande a las cosas, para lograr sugerir el descanso o el sueño en general. Con la sola vista del cuadro debe descansar la cabeza, o mejor dicho, la imaginación”.

 

Los estudios realizados develan que, precisamente, el uso de laca de cochinilla, que en su momento le parecía más estable al artista para su manejo, ha sido culpable de los cambios de color en ésta y otras obras con el paso del tiempo; como resultado del deterioro de los pigmentos, algunos colores ya no aparecen como originalmente fueron concebidos como ocurre con las paredes de su habitación, aunque en sus cartas se conservan enumerados los colores originales. Consciente de este proceso, el propio Van Gogh afirmó alguna vez que “las pinturas se marchitan como flores”.

 

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