Por: Javier Díaz Brassetti | @Javierexpresion | FB/Javier Díaz Brassetti

Los contenidos de televisión y de radio influyen de manera central en el pensamiento y la conducta humanos. El científico, figura mundial, Manuel Castells, lo afirma en su obra “La Era de la Información”, y no es la única autoridad que lo sostiene.

En 2014 una acción de TELEVISA alcanzó hasta los $117.83 pesos; hoy en día, la misma acción cuesta $34.27 pesos. Los directivos, en menos de un mes, han vendido sus acciones de radio -el emblema de la corona- y sus acciones en OCESA, y no dudamos que muy pronto venderán su grupo editorial.

Ellos dicen que, por estrategia, puede ser, pero los radioyentes, los televidentes, hemos ido descubriendo otra versión: los programas, los artistas, los conductores, cada vez están peor.

Desde que sustituyeron a López Dóriga -que nunca pudo llegarle a Jacobo Zabludowsky- por Denise Maerker -una persona que hace un noticiero de nota roja tendenciosamente matizado con juicios sin sustento-, el consorcio demostró que la idea era poner a alguien, quien fuera, pero que tratara de llenar el espacio.

A este estelar, que se nota no tiene director, se suman un enorme porcentaje de programas noticiosos y de variedad cuyos conductores y reporteros aparecen ante las cámaras, sucios, mal vestidos, más de alguno diciendo groserías pomposas y barbaridades inconexas.

Telenovelas repetidas, algunas ponderando conductas que parece ser, quieren introducir no respeto, sino aprecio por algo que debe corresponder a lo personal e íntimo de cada individuo.

Por eso estamos cambiando de canal, buscando Netflix, HBO, FOX, CNN, porque la tele y el radio -oídos o vistos en teléfono, ordenador o tableta- son para oír y ver a personajes agradables, simpáticos, bellos, brillantes; para eso prendemos la tele, para eso oímos el radio, buscamos en internet. Aspiramos a sus vidas, buscamos identificarnos con ellos, admiramos sus actuaciones, nos involucramos en las historias que representan.

Alguna vez, no hace mucho, a alguien se le ocurrió que si el conductor, el artista, se parecía más al público, era como el público, se podía dar una imagen más real, más incluyente, más social y se obtendría una mejor y mayor audiencia. Pues miren el resultado, ya ven que no

Pues no. Y con su mal gusto, con su holgazanería disfrazada de inclusión, han arrastrado no sólo las acciones de la bolsa, sino también a que un pueblo entero crea que una guarrada, una grosería, el no usar corbata, el hacer chiste de pastelazo, el improvisar, el hablar torpe, con pobreza insultante, diciendo sandeces, tonterías, puede ser lo correcto o es lo correcto.

Pues no, y con el debido respeto, están acorrientando a la nación. Sus pretextos de crisis corren a la gente, contratan resabios o vestigios, o muy, muy futuras promesas; con esto se alejan de los analistas que opinan que el entretenimiento y la información son los únicos que se benefician en una etapa crítica.

No se necesita que le bajen, censurarlos, no, el público sabio los censura; les está faltando entender el innegable valor de dar un ejemplo edificante, usar su tiempo para estimular y motivar a otros, mediante el empleo de personas y personalidades capaces de atraer, interesar, convencer, seres de verdad de tele y de radio, que puedan hacer reír o llorar sin obviedades vulgares.

La devastación del gusto se refleja en la búsqueda de infinidad de youtubers -muchos prosaicos- que hacen evidente que eso es lo que quedó de fábricas de sueños. Se han vuelto muy populares, pero no por ser los más brillantes, ni los más ocurrentes, ni los más sabios, no, sino porque es lo que hay.

Eso sí, se quejan de la Secretaria de Economía que aparece con el cierre del pantalón a media asta; se molestan con el asistente que entró a una junta de Estado mascando cacahuates, se lamentan de la falta de piezas dentales del Secretario de Hacienda y del Gobernador de Michoacán.

Eso sí, critican las fachas y la imprecisa y poco fina manera de hablar del Coordinador de Comunicación Social de la Presidencia, pero cada vez buscan con su contenido que aceptemos y que nos acerquemos a dar el aplauso a improvisados.

Gente poco elegante, vulgar, soez y directivos incapaces de conseguir que todas sus voces e imágenes vayan acordes a una vocación: conseguir que tengamos aspiraciones.

No ingenio, no creatividad, no momentos oportunos, no suspenso, mal final, series sosas, aburridas, largas, inoportunas, y luego, y luego se quejan de Noroña o del Mijis; se quejan de discursos trillados, de decisiones irreflexivas.

Los medios, estratégicos para hacer creer y crecer a un pueblo -como lo hiciera Disney durante la guerra, como lo busca la BBC-, hoy dan ejemplo de muy pocos personajes que puedan representar valor, humor, interés, respeto, aprecio. Nos inducen a dar por bueno, a identificarnos, a estar de acuerdo… Que no se quejen del reflejo de su propia imagen. Si mejoran, subirán sus acciones y mejoraremos todos.

 

 

 

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