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NO TE LEVANTAS PENSANDO EN CÓMO JODER A MÉXICO…

ColumnasNO TE LEVANTAS PENSANDO EN CÓMO JODER A MÉXICO...

Por: Leonel Serrato Sánchez

Es por demás con el Presidente Enrique Peña Nieto, no hay manera de que alguien le ayude, porque si por él fuera viviría en el medio del escándalo por sus escasas luces, y su peor manejo de las situaciones.

El 25 de octubre pasado, en una intervención que Peña tuvo en el Foro Impulsando a México, soltó varias parrafadas dignas del epitafio de un pirata, o del léxico de un carretonero del porfiriato.

Ese foro, organizado por el Grupo Financiero Interacciones en coordinación con El Financiero|Bloomberg,  tuvo por objeto el escuchar las voces de los sectores implicados en el desarrollo nacional y especialmente en lo relativo a las oportunidades de inversión.

En lo que presentaron como un “diálogo” con el presidente, se cuestionó al mexiquense y éste, para justificar el desastre económico nacional, la imparable deuda y el deterioro progresivo e irreversible de la calificación de riesgo para el país, dijo, como para “entrar en onda”, como para sentirse parte de la generación millennial, que ningún presidente se levanta por la mañana pensando en “cómo joder a México”.

Lo primero, que ya es costumbre, fue que instantáneamente se convirtió en el protagonista de una avalancha imparable de “memes”, comentarios en las redes sociales, y críticas de políticos, empresarios y periodistas.

Una de las preguntas más recurrentes, y la que tiene más sentido, sobre la nueva frase célebre del Titular del Ejecutivo Federal fue “¿Qué pasaría si se levantara con la intención de joder a México?”

Y si, la necesaria reflexión a que orilla la afirmación presidencial parte del hecho de ahora saber que todo lo hecho por el Presidente contra la estabilidad nacional y la figura presidencial fue sin intención, demoliendo a esta última hasta parecer imposible restaurarla, resulta obvio que queriendo destruye lo poco que de rescatable tiene el sistema político mexicano, y de paso hunde en una ciénaga de alquitrán a su partido, a su familia, a sus aliados, y a sus amigos.

Ese tipo de deslices, en los que parece evidente que sus asesores lo dejan improvisar, refleja la pobreza del inquilino de Los Pinos, y las aviesas intenciones de quienes lo encumbraron.

Afirmar que Peña es torpe como en su oportunidad lo fue el Presidente George W. Bush es inexacto, mire Usted: Bush era un tontarrón, pero tremendamente divertido, porque él no sabía que lo era, y sus desfiguros eran como los de una criatura pequeña en un baile de gran gala, incluso sus peores incidentes en lugar de desatar crisis diplomáticas –como sí ha ocurrido con los de Enrique Peña– generaban la risa sincera de los líderes y políticos del mundo.

Vaya, hasta las tragedias personales del texano eran vistas con compasión, como cuando se cayó en el baño y se hirió la frente, o cuando debió ser atendido de emergencia por habérsele atorado un pretzel en la garganta al engullirlo con rapidez en medio de una borrachera apocalíptica.

No, no podemos compararlo con la ingenuidad del exocupante de la Casa Blanca, pues si aquel era un idiota, era un idiota tierno, entrañable y simpático. Peña no lo es, él piensa que sí hace las cosas bien, él incluso se prepara para no cometer errores, se le nota que ensaya, que se preocupa por no lucir como un asno de caricatura, se toma muy en serio, y sufre terriblemente cuando mete la pata.

El establishment de cada país cuida esmeradamente a sus líderes torpes, porque saben que el prestigio nacional y el respeto a las instituciones del Estado van aparejadas con ellos, no pueden sufrir menoscabo porque el personaje, en tanto que líder, será el hazmerreir y todo el país con él.

A quienes rodean al Presidente Peña parece no importarles la figura presidencial, deje usted a sus encargados de protocolo o a su ayudantía, ellos obedecen instrucciones, sino a sus asesores, secretarios de despacho, amigos y colaboradores cercanos. Todos se encogen de hombros y alzan las cejas dejándolo seguir deslizándose por el tobogán del ridículo en el que se empeña en meterse.

Algunos de los pocos defensores que aún le quedan son capaces de afirmar que todos cometemos errores, y que las redes sociales y los medios de comunicación los magnifican porque ya lo agarraron de su puerquito, pero eso es falso, quien se desbarranca cada que puede, quien comete un traspiés tras otro, y quien desdeña la institución presidencial no son los usuarios de las redes sociales, ni los periodistas, es él mismo.

Para muestra basta un botón, pero Peña parece convencido de pasar a la historia, incluso como un comediante imposible, si no lo logra como estadista, entonces como un histrión.

Eso no tendría nada de malo, a no ser porque en su locuacidad no sólo resulta hilarante, sino peligroso, y cuando debiera de ser el más lanzado y echador, se queda callado, como cuando lo atropelló el bocón de Donald J. Trump.

La estampa lastimosa de un Ejecutivo mexicano débil hasta la risa, caricaturizado permanentemente, acosado por sus yerros, es responsabilidad de él, y de sus cercanos; los que pudieran aconsejarlo ya no quieren hacerlo para evitar hundirse con él.

¿Nosotros qué podemos hacer? Yo creo que bien, ya cuando haya otro presidente quizás podamos volver a empezar con ese asunto de respetar a las instituciones.

Entre tanto toleremos sin gracia esos excesos, señalándolos, dejándolos en la memoria, porque lejos de ser chistes, son expresiones trágicas, que no pocas veces generan muchos problemas, y creáme que no pequeños o instrascedentes.

Enorme la tarea ciudadana en esta maltrecha república para rehabilitar las instituciones a las que diariamente golpea la corrupción, la impunidad y la improvización, y ahora, para colmo, la torpeza presidencial, tan desgraciada que ni sonrisas saca ya.

Le dejo con una imagen que pinta de cuerpo entero a nuestro desmañado presidente: En la víspera de su tercer informe de gobierno Peña transmite por Periscope un previo, muy campechano, con ganas de mostrar que la tecnología se le da naturalmente, y al mostrar la Banda Presidencial que por ley debe llevar al pecho, se le resbala lentamente, puesto que está hecha de seda, y él manotea mortificado para evitar que caiga al suelo… así de presidencial.

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