Por: Leonel Serrato

Se volverá a usar de la pobreza, de la ignorancia, y ahora de la tragedia, para garantizarse rentas políticas y electorales, para medrar con todo ello y para justificar el seguro saqueo que ya reportaban las haciendas públicas de esos estados de la República.

El pasado 7 de septiembre la tierra se sacudió con una intensidad nunca antes vista en la historia de nuestro país, 8.2 grados Richter, el epicentro del terremoto se localizó en las cercanías de Pijijiapan, frente a las costas del estado de Chiapas, más propiamente en el istmo de Tehuantepec.

 

El sismo se sintió fuerte en todo el sureste mexicano, haciendo que la Ciudad de México reviviera el terror de 1985, pero tras poco tiempo se fue reportando que la capital de la República estaba indemne, con apenas daños menores, y sólo el susto, enorme susto.

 

Los informes tranquilizaron a todo el país que estaba al pendiente del movimiento telúrico, sobre todo por su impresionante fuerza liberada, finalmente la Ciudad de los Palacios pasaba la prueba de sus estrictos reglamentos de construcción, protección civil y mecanismos de evacuación y salvamento.

 

Fue lentamente que fluyó la información de que el sismo constituyó una tragedia enorme, pero que no fue visible de inmediato, y aún hoy no está del todo cuantificada, y es que el terremoto se cebó en los estados más pobres del país, ahí donde todo falta siempre, incluso la manera de pedir auxilio inmediato.

 

El temblor más fuerte de nuestra historia destruyó las casas más humildes, las de nuestra gente más pobre y más desprotegida de por sí.

 

En Chiapas, Oaxaca y Tabasco la tranquilidad que invadió a todos los capitalinos no existió desde el minuto uno del movimiento de la tierra, y se convirtió en uno de los más grandes cataclismos a que hayan estado afectos en esa zona de nuestro país.

 

Las consecuencias fueron trágicas, pues cerca de un centenar de personas perdieron la vida y cientos de miles resultaron damnificadas.

 

Sume Usted las lluvias, propias de esta época y que siempre han lastimado a esos mismos estados, añada la falta de infraestructura para atender la emergencia y la parálisis gubernamental ante la falta de información, y la receta es dantesca.

 

Este temblor pasará a la historia como el más dañino para nuestro país, porque golpeó a los más pequeños, a los más desprotegidos y a los siempre abusados, los más pobres de México, los olvidados de siempre, los marginados de todo y por todos.

 

Los conflictos políticos entre las autoridades de un partido y otro sembró además la discordia, permitió más dolor y dejó que la muerte llegara con más rapidez, sin necesidad apenas de sigilo.

 

La Secretaría de la Defensa Nacional y la de Marina activaron de inmediato sus planes de defensa y socorro de la población civil para casos de desastre, y si no ha sido por estas instituciones –por eso tan admiradas por el Pueblo de México– la tragedia hubiera alcanzado dimensiones impensables, porque como puede Usted imaginar los políticos estaban ya enzarzados en una descarnada lucha para ganar el favor de la gente con la ayuda, culpándose unos a otros de no prestar atención al dolor de la población, y en algunos casos buscando sacar tajada de popularidad en medio de la necesidad.

 

Mezquinos, infames, no faltaron los que lucraron en lo inmediato, los que lucraron enseguida y los que en este momento pretenden todavía obtener ganancias materiales y políticas.

 

Ahí tiene al presidenciable, el Secretario de Educación, Aurelio Nuño clamando en contra de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación porque según él no les permitían evaluar los daños a la infraestructura educativa, siendo que la especie era falsa.

 

Andrés Manuel López Obrador arrastrado por la vorágine proponiendo que se destinara a los damnificados un porcentaje del dinero que se les da a los partidos políticos para las campañas, como si eso fuera posible.

 

La ayuda que no llegaba a Juchitán, Oaxaca, porque estaban esperando el banderazo de salida de parte del gobernador Murat, pero sobre todo porque la alcaldesa de esa ciudad es de extracción panista-perredista.

 

Los insensibles legisladores federales apoyando por Twitter y vanagloriándose al abrir una cuenta bancaria para que la ciudadanía de todo el país cooperara para ayudar a nuestros compatriotas, aportando despensas, declarando en los medios, haciéndose pasar por solidarios.

 

Políticos de todo color y signo posando para las fotos, publicando en redes sociales la manera en que estaban ayudando, haciendo cadenas humanas de unos metros para mostrar lo generosos que se portaron, a pie firmes con caras serias y adustas junto a lonas que anunciaban sus buenos oficios, actuando todos en una de esas febriles pantomimas que tan bien les salen.

 

La tragedia no tiene precedentes, no sólo por su magnitud, por el número de personas afectadas en su salud y en su patrimonio, o por el número de fallecidos en el sismo, sino sobre todo porque le ocurrió a una parte de la población de por sí flagelada por la enfermedad, la pobreza, la opresión y el olvido.

 

Miles de millones de pesos fluirán más tarde a esas zonas devastadas del país, y en nombre de la mucha gente lastimada se gastarán carretadas de dinero, serán muchos los nuevos ricos que se generen en los programas de atención que seguramente se lanzarán a partir de ahora.

 

Se volverá a usar de la pobreza, de la ignorancia, y ahora de la tragedia, para garantizarse rentas políticas y electorales, para medrar con todo ello y para justificar el seguro saqueo que ya reportaban las haciendas públicas de esos estados de la República.

 

El terremoto dañará aún más a los pobres cuando los políticos acudan a socorrerlos. Entre tanto, ellos observando impávidos, Usted no dude en apoyar con lo que pueda, porque allá todo hace falta, hoy día incluso esperanza.

 

 

 

Leonel Serrato Sánchez

14 de septiembre de 2017

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