Por: Leonel Serrato Sánchez | |Analísta Político

Hace algún tiempo, no tanto, el término que sirve de título a la presente colaboración no era ni medianamente conocido, precisamente porque era prácticamente inexistente la incidencia; se trata de un delito muy grave, el de robo de combustibles, y todas las conductas que le están relacionadas, señaladamente las que se cometen desde el propio gobierno.

En nuestro país el monopolio energético había sido del Estado Mexicano, desde su propiedad originaria hasta su comercialización final; así, poco antes del arribo exitoso del modelo neoliberal al poder público, es decir del triunfo de las administraciones emanadas del Partido Acción Nacional, el robo de gasolina, diesel, gas, petróleo crudo y demás energéticos procesados o en materia prima no significaban “nicho de negocio” para los particulares, pero su liberalización aguzó los sentidos de una nueva clase de criminales, de cuello blanco, de mayor nivel social, la mayoría encumbrados en las altas esferas del poder político.

La liberalización de los combustibles lanzó un modelo de negocio perverso y tremendamente provechoso, mediante el cual la clase política pulió sus niveles de corrupción, y los privados los de su voracidad.

Fueron lentos hacia la cima de máximas ganancias con poca o nula inversión, porque se dedicaron a lucrar con el patrimonio público, primero robando combustibles cuando nadie los veía, y luego a la vista de todo el mundo.

A lo largo de 18 años convirtieron la ordeña de ductos de combustibles en lugares remotos, a la plena disposición de las instalaciones de la petrolera estatal, sus libros contables, sus balances de pérdidas y ganancias.

En el diseño criminal de ese robo de combustibles, los perpetradores hicieron lo suyo literalmente por nota, como si de un concierto se tratara; encarecieron los productos, dejaron derruir las instalaciones, cancelaron las inversiones que permitirían la seguridad industrial de Petróleos Mexicanos, corrompieron a los pobladores por donde pasan los ductos, les dejaron robar poquito con válvulas hechizas en los oleoductos, mientras ellos saqueaban desde los escritorios directivos, gubernamentales, sindicales, y de proveedores, la gasolina, el diesel, el crudo, y los derivados propiedad de la Nación.

Al final, con total desmesura, despreciando el llamado del nuevo gobierno federal a la honradez, asestaron monumentales y descarados robos del equivalente a más de 800 pipas de hidrocarburos al día.

El Presidente Andrés Manuel López Obrador, AMLO, reaccionó ante la burla, ante la soberbia, la expresión de omnipotencia de los delincuentes, y les cerró las llaves.

65 mil millones de pesos al año robaron durante los últimos años los huachicoleros de cuello blanco, poco menos de 5 mil los pequeños que ordeñaban los ductos; sólo los últimos aparecían en los reportes y salían en los medios dóciles al régimen.

El crimen perfecto, pues un pueblo hambriento fue la mejor pantalla frente a los corruptísimos empresarios, políticos y sindicalistas.

Frente a los criminales, la más absoluta complacencia de los gobernantes de todos los niveles; no les importó la depredación de los bienes nacionales, la cancelación de toda viabilidad para PEMEX, el asesinato de la gallina de los huevos de oro; y no les importó, sobre todo en los últimos meses, porque sabían que el régimen de corrupción estaba terminando, como finalmente ocurrió.

Por la inminencia de la decisión a favor del cambio por parte del electorado, los huachicoleros olvidaron hasta hacer la limpieza elemental, revelaron la naturaleza de un régimen entrenado para el latrocinio, con instituciones omisas, cómplices incluso, de los actos de maldad.

El Estado Mexicano que fue administrado bajo Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña, ni duda cabe, no sólo se trató de un estado fallido en cuanto a la Justicia y al respeto de los derechos humanos, sino de un estado huachicolero, en el que cada engranaje se movía justo lo indispensable para simular la existencia de un estado derecho, pero ni siquiera lo suficiente para que lo fuera en sus cotas mínimas.

Así como Usted hoy escucha y va sabiendo que se encuentra PEMEX, así estarán muchas otras empresas y entidades del Gobierno Federal, incluso peor; tenemos que esperar la reacción de AMLO frente a la Comisión Federal de Electricidad, por ejemplo, para irnos dando cuenta de la dimensión del huachicol, y de la tragedia para el erario nacional.

Hoy, la nota es dada a conocer con estridencia, y no es el saqueo, los medios afines al régimen que terminó no están hablando de los miles de millones de pesos perdidos a manos de criminales, sino de las filas para conseguir gasolina en algunas ciudades de la República; apuestan a generar una enorme irritación social en contra de las medidas adoptadas por AMLO frente al robo de combustibles, y pese a la intensidad con que han atacado no sólo a la estrategia, sino a los funcionarios en lo individual y al Presidente en lo particular, el balance es ampliamente positivo a favor del combate al robo de hidrocarburos.

El Pueblo de México, ese pueblo bueno al que se refiere muy seguido el Presidente López Obrador, ha respaldado amplia y sonoramente al cambio, y proclamado una honestidad y civismo que el viejo régimen creía inexistentes.

Las continuas aseveraciones de que la gente en México es irremediablemente corrupta, son insostenibles, es una realidad sorprendente para todo el mundo, la integridad y la dignidad con la que las personas, incluso las más pobres y necesitadas, prefieren no tener bienes y servicios, o tenerlos a cuentagotas, en lugar de permitir el deterioro del tesoro público de México.

Si embargo cerrar los ductos es sólo un paso, evitar el saqueo es una medida, útil y hoy por hoy paradigmática, pero no es, ni será todo.

Deben ponerse frente a la Justicia a los autores, a los beneficiarios, sus bienes mal habidos deben ser devueltos al patrimonio nacional; los que han estado usufructuando a PEMEX deben ser castigados, y no cualquier castigo, deben ser castigados ejemplarmente.

Lo ha dicho el propio Presidente de México, los “traviesos” están jugando a las vencidas con el Gobierno, y van a perder; en ese juego no puede salir sin daño alguno la credibilidad del Presidente y de su gobierno; AMLO ha decidido gastarse una parte importante, muy grande, de su bono democrático contra el huachicoleo, si gana, como parece será, su popularidad será mayor, y su poder gigantesco; y si pierde, el cambio, la Cuarta Transformación, habrá terminado apenas al empezar.

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