Por: Leonel Serrato Sánchez | |Analísta Político

Tras el primero de julio de este año muchas cosas han pasado en el país, ciertamente paradigmáticas, pero al mismo tiempo no han pasado, mire Usted:

Ciertamente que el resultado electoral trajo una diferencia gigantesca entre el número de votos del ganador sobre sus competidores; con el 100% de las actas computadas, los registros del Instituto Nacional Electoral dan cuenta que Andrés Manuel López Obrador, AMLO obtuvo 30 millones 113,483 sufragios; Ricardo Anaya, candidato de la coalición Por México al Frente, registró a su favor 12 millones 610,120 votos; José Antonio Meade, candidato de la coalición Todos por México, obtuvo un total de 9 millones 289,853 votos; y por Jaime Rodríguez Calderón, “El Bronco”, el único candidato independiente en la contienda presidencial, votaron 2 millones 961,732 ciudadanos.

Si tenemos la precaución de revisar esas cifras el primer dato que salta a la vista, es que ni todos los participantes sumados vencen a AMLO, es decir que tuvo una mayoría absoluta del sufragio popular.

La euforia por el triunfo del candidato de MORENA dio la vuelta al país en segundos, y alimentó de emoción a millones de personas que llevaban toda su vida siendo aplastados políticamente por los herederos de la Revolución, los que la “institucionalizaron” y, en mi concepto, pervirtieron.

Hubo, sí, un renacimiento de la esperanza en propios y extraños, más en esa enorme cantidad de votantes que hicieron mayoría electoral, y al mismo tiempo empezaron los problemas.

El periodo que va desde el primero de julio, día de la elección presidencial, hasta el en que toma posesión del cargo e inicia a ejercer el poder máximo es, también, gigantesco, sobre todo si lo comparamos con lo que sucede en otros países del mundo.

Han de transcurrir cinco meses de un limpo político que no se había tenido la necesidad de vivir, porque en las pasadas elecciones, incluidas en las del “cambio” con Vicente Fox Quesada, hubo bastante jaleo en ese lapso de tiempo, por lo que a todos nos pareció que el tiempo literalmente se fue volando, y hoy, en 2018, eso fue diferente.

La misma noche electoral, primero el candidato del PRI y sus aliados, y luego el del PAN y los propios, aparecieron en cadena nacional aceptando la victoria de AMLO y felicitándolo casi con calidez, el Presidente Enrique Peña Nieto hizo lo propio, y después sólo vino bullicio en las plazas de todo México.

La calificación electoral versó más bien sobre los votos que les correspondía a cada partido de cada coalición, puesto que las reglas son confusas y se prestan a toda clase de especulaciones; aún hoy los aliados de MORENA parecen no tener suficiente con sus magros resultados, que de todos modos fueron muy superiores a sus más fantásticas ensoñaciones y continúan impugnando para rebañar y obtener mejores números.

Así llegamos al día 8 de agosto en el que una ansiosa Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación llevó a cabo la sesión solemne que declaraba la validez de las elecciones, la elegibilidad del ganador, y se ordenaba entregarle la constancia de mayoría.

Todo solemnidad transcurrió el día, y aunque Usted no lo crea tuvo lugar cinco semanas después de las votaciones, pero lo único que resolvió es la formalización del triunfo, lo que por otro lado le significó un tremendo alivio a todos los medios de comunicaciones, columnistas, comentaristas, politólogos, críticos y detractores para dejar atrás los enredos verbales sobre cómo llamar a AMLO, ahora ya se le podía llamar Presidente Electo de la República.

Pero sabe Usted que para la mayoría de las personas en todo el país desde el día siguiente al de la elección, AMLO ya es presidente, de golpe desapareció de la mente de toda la gente que hasta el día último de noviembre el que toma las decisiones y es responsable de la conducción nacional es Enrique Peña Nieto.

AMLO no ha tomado posesión y ya es el depositario de un alud de quejas, lamentos, reclamos, proyectos, planes, y cientos de miles de suspiros para lograr conseguir “participar” de la Cuarta Transformación de México, obviamente no con desprendido patriotismo, sino con harta necesidad de engrosar la nómina.

Este fenómeno se ha desatado a todos los niveles de la pequeñísima burocracia de MORENA, incluso dio rienda suelta al desamor de sus circunstanciales aliados políticos, el desaparecido Partido Encuentro Social y el longevo, pero sempiterno Partido del Trabajo, que quieren más de lo que obtuvieron.

Campea por toda la república un sentimiento de ansiedad, de febril anticipación, de desesperación, llegando literalmente a la crispación y al enojo, pero no todas son buenas razones, hay muchísimas ambiciones vulgares, y desatadas pasiones.

Estoy seguro que ni en su peor pesadilla el licenciado Andrés Manuel López Obrador imaginó cómo se desbordaría la ambición personal entre sus seguidores, pugnando el que más por un espacio en el nuevo gobierno, y el que menos hasta por una foto con el de Macuspana.

Esta febrilidad es el resultado de décadas de no tomar en cuenta a la gente, muchísimos años de abusar de los más desprotegidos, y aún más tiempo de un Estado Nacional inútil, incapaz de responder a las más elementales necesidades de los gobernados.

Es también la mucha rabia contenida, la desesperación porque no vayan a traicionar los nuevos ungidos del poder público, no AMLO, a él toda la población le tiene fe, le cree absolutamente, pero en los que le rodean no.

No carece de razón la población mexicana para desconfiar, porque la batalla librada y finalmente ganada por AMLO implicó ceder territorios, perdonar y acoger guerreros de ejércitos y guerras ajenas, y tragar sapos con más de una o un impresentable.

En estos días en que aún falta tiempo para el inicio formal del gobierno por el que votamos en julio, lo que nos concierne es no fomentar la ansiedad, tener confianza en que el timón lo lleva el votado, y que la cauda de suspirantes persecutores no logrará pervertir los ideales y anhelos de la mayoría.

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