Por: Juan Torres Velázquez| Escritor Mexicano con formación en la UNAM | @yotencatl

El arte es prueba misma de ese anhelo permanente por trascendernos, habitar el clímax, una plenitud cuya concreción lo mismo ocurre en la iluminación mística que el orgasmo o la experiencia enteógena.

Todos los seres humanos persiguen el mayor deleite de sentidos y pensamientos, romper límites y sobre todo en lo que da gusto y placer; afirmarse a sí mismos con el éxtasis, un estado consolidado del ser en su entorno, iluminación budista y satori zen encerrados en un instante, aleph emocional que integra todo en si mismo, plenitud exacta e implosión del alma donde todo lo real se percibe ideal. Sentirnos y pensarnos son al mismo tiempo condenas de nuestro individualismo, el sedimento de concebirnos así y vistos hoy como rasgos innatos: los viejos y la experiencia dictan que la felicidad no es un estado nirvánico en el cual podamos instalarnos sino acaso momentos de máxima plenitud, instantáneas del paraíso de los sentidos del cual somos proscritos para volver pronto a lo cotidiano, con lo fatal que pueda parecer.

El arte es prueba misma de ese anhelo permanente por trascendernos, habitar el clímax, una plenitud cuya concreción lo mismo ocurre en la iluminación mística que el orgasmo o la experiencia enteógena. Desde el siglo I de nuestra era Longino, autor clásico de la retórica afirmaba que “las cosas extraordinarias no convencen al auditorio sino que lo conducen al éxtasis” y es que más allá, mucho más allá de su técnica y status las obras tienen entre sus atributos el de trascender opiniones, transgredir corrientes e imponerse ante la conciencia cuando parecen crear universos discursivos enteros y al mismo tiempo tan sólo están dando rostro a lo posible.

Apropiaciones y referencias estéticas o antropológicas aparte existe el consenso en llamar arte a diversas expresiones del México antiguo que hasta hoy se conservan, a pesar que su intención esté más ligada a la invocación de fuerzas que a la búsqueda de lo bello, similar a los poetas místicos cuyos altos vuelos estilísticos eran consecuencia de un elevado estado espiritual; estas piezas y vestigios también son arte al representar emociones, buscar el perfeccionamiento de las formas, emplean técnicas y depuran códigos para embellecer la expresión humana.

En la Sala Mexica del Museo de Antropología permanece una escultura de piedra volcánica que representa a Xochipilli, príncipe de las flores, divinidad relacionada con la poesía, los cantos y danzas pero además de la embriaguez espiritual; también llamado Macuilxóchitl, se han hallado otras piezas que representan de manera similar a este patrono del placer y el amor con rasgos bien definidos como los brazos descansados sobre piernas cruzadas o flexionadas, el estado contemplativo e hierático en su rostro así como una postura onírica pero no de reposo sino máxima contemplación.

La escultura va ataviada con pectoral y tocado así como una máscara tras la cual puede notarse el evidente estado extático, la conciencia alterada de la divinidad representada, y reforzada por la múltiple presencia de flores, hongos y plantas consideradas enteógenas, es decir que proporcionan una experiencia divina en quien les ingiere, tales como tabaco, ololiuhqui, datura o psilocybe.

Xochipilli, el Dionisos de los nahuas encarnaba al igual que Baco al éxtasis en una experiencia sensual, sin dejar de lado su carácter profundamente espiritual; siglos posteriores este concepto es adoptado por el cristianismo, sustituyendo el placer corporal por la revelación mística, estado lumínico donde ocurre el encuentro personal con la divinidad, mas señalando al fin la misma experiencia regocijante que los antiguos mexicanos y clásicos también describieron.

Desde el siglo XIX en el arte pero generalizado a partir de la segunda mitad del siglo pasado tras los estudios y descubrimientos botánicos, químicos y micológicos de científicos como Roger Heim, Albert Hofmann, Gordon Wasson o Richard Schultes y otros más humanistas y literarios como Timothy Leary o Aldous Huxley el éxtasis fue de nuevo considerado, intuido, nombrado y y relacionado nuevamente a la trepidante experiencia de los enteógenos.

La escultura de Xochipilli que nos ocupa es una más de estas representaciones acerca de la búsqueda del ser humano por el arrojo extático – místico: esa grandeza, emoción elevada, plenitud de los sentidos que pareciera trascenderlos, clímax vital que lleva a la inmovilidad, límites del pensamiento que habitan el silencio e intuyen una conciencia totalizadora a la cual se integra el ser trascendiendo su experiencia a lo material, fundiendo cuerpo y pensamiento para generar energía vital e ir creando así razones a su manera de percibir la realidad y ocupar un sitio dentro de ella.

• La escultura de Xochipilli, el Príncipe de las Flores, puede apreciarse de manera casi permanente en la sala mexica del Museo de Antropología. Avenida de la Reforma y Calzada Gandhi en Chapultepec, CDMX.

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